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Colaboració a "L'ofici de Viure"

Mi participación en “Violencias invisibles” El FOC

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27.3.26

Envejecer

 
La semana pasada me paré a saludar a unos conocidos que no veía hacía años,  y a la pregunta ¿Cómo te va?, respondí sin pensarlo: Pues mira, envejeciendo…. Antes de que pudiera pronunciar la palabra bien, me miraron con reproche y me respondieron: Mujer, ¡qué negativa! ¡No te lo tomes así! Me sorprendió su reacción porque, en mi caso, envejecer está siendo una experiencia increíblemente rica.
Sin duda, como todo lo que tiene que ver con la existencia humana, el proceso de envejecer tiene aspectos mejores y peores.
Pero, de ninguna manera lo estoy viviendo como algo negativo, por inexorable que sea. Existe – es cierto- ese deterioro físico que se materializa de múltiples maneras, la pérdida  de aptitudes cognitivas, una merma indiscutible de la energía disponible. Pero aparece la posibilidad de compensar la pérdida de aptitudes con una transformación de la actitud, basada fundamentalmente en la aceptación. Aceptar que la pérdida de aptitudes no es el fin del mundo, sino la puerta a otro mundo en el que rigen coordenadas diferentes a las que han regido tu existencia hasta este momento.

Aceptación, Gratitud, Lentitud y Conciencia son las nuevas coordenadas que me sostienen y por lo tanto son la estructura que determina como conjugo el verbo envejecer. Aceptar la  nueva situación, que en realidad no es una foto fija, sino que sigue evolucionando. Es un proceso que me permite poner en marcha nuevas estrategias que no había necesitado hasta el momento y por eso no se me habían ocurrido. Estoy en un periodo en el que me fallan antiguos recursos y mi tarea es encontrar otros nuevos para vivir plenamente esta etapa. Plenamente significa para mí, encontrándole un sentido, suceda lo que suceda.

Esto me resultaba prácticamente imposible cuando era joven. Funcionaba así: De buena mañana mi cabecita decidía como tenía que ser mi jornada y si se desarrollaba de otra manera, generaba en mi enfado, resistencia, contrariedad, frustración, a veces incluso culpa. A estas alturas ya he comprobado que la Vida tiene su propia dinámica y que mi agenda es algo diminuto, imperceptible, comparada con los planes que el universo –Dios o llámale como quieras-, tiene para mí.  Esto no significa que renuncie de entrada a mis sueños, objetivos o aspiraciones. Significa que me recuerdo a mí misma que están sujetos a unas leyes sobre las que no tengo control alguno y que la clave está en no rechazar lo que viene, solo porque yo había previsto otra realidad diferente. Si lo pienso bien, mi previsión está basada en un esquema mental muy pequeñito –el mío- inserto como el de todo ser humano en una trama mucho mayor a la que todos aportamos a la vez que de la cual todos dependemos. 
Envejecer es aprender a llevarme bien con TODO lo que llega a mi vida, encontrándole un sentido.
Y cuando el sentido se me escapa decirme al oído: “Esto que ahora mismo rechazarías, seguro que hay otra manera de verlo. Reconozco y asumo que -de momento- no soy capaz de adoptar esa perspectiva que me permitiría aceptarlo con PAZ.
Paz es la gran conquista del envejecer, gracias a la aceptación, al agradecimiento y a la lentitud.
La lentitud la abordaremos más adelante en otro post, pero si vas deprisa, te quedas en la superficie, es muy posible que no llegues a profundizar o de ir más allá de lo evidente.
La sociedad actual nos hace ir deprisa e imposibilita que conectemos con la verdad.
Lo esencial es invisible a los ojos, decía El pequeño príncipe de Saint-Exupéry.
Vaya por delante que no me siento “vieja” en el sentido negativo que se le da de sentirse acabado, perdido o inútil. 67 años. La cifra me impresiona, sí, pero todos estos años me han servido para llegar hasta aquí más sabia, más paciente, más flexible, más abierta y eligiendo muy bien dónde invierto mis energías. Más arraigada en mi misma. Más consciente de todo lo que me queda por aprender. Se cuidarme mejor. Cuando me visto, no me preocupa tanto la apariencia como la comodidad, cuando como, no busco tanto el sabor como lo que necesita mi organismo, cuando me muevo tengo en cuenta cómo está mi esqueleto y mi musculatura. 
Uno de los hitos del aspecto positivo de envejecer es el hecho de tomar conciencia.
Tomar conciencia no es pensar, sino tratar de asimilar la cantidad de riqueza que nos presenta cada día la vida y darnos cuenta de que todo lo que llega –nos resulte agradable o no- está al servicio de nuestra plenitud como seres humanos. Darnos cuenta es lo contrario de quedarse en la superficie. En lugar de pasar de puntillas sin enterarnos de la cantidad de mensajes que recibimos a diario con la única finalidad de ayudarnos a cumplir nuestro propósito en la vida. 
La inconciencia es una característica que atribuimos a la infancia. Tendemos a pensar que el niño y la niña son inocentes y no se enteran de muchas cosas. Pero yo recuerdo ser consciente desde muy pequeña y he encontrado a muchas personas que tienen ese mismo recuerdo de “enterarse” de lo que sucedía a su alrededor, en el mundo de los adultos, aunque no lo entendiesen o no supieran formularlo con palabras. El caso es que lo percibían y su percepción era muy pura, poco contaminada por los prejuicios y creencias circundantes que todavía no habían tenido tiempo de absorber. Dedicamos una parte de la vida a aprender esos condicionamientos, y la otra parte a desaprender unos cuantos. El proceso de envejecer invita a liberarnos de ellos para vivir libres y habiendo elegido cuáles queremos conservar porque favorecen nuestra plenitud y cuáles descartar porque nos impiden desplegar  nuestra esencia. Aunque nos liberemos de muchos prejuicios, la percepción no es pura como la de la criatura, pero ha decantado porque ha ido soltando todo aquello que no le era propio, había sido legado por generaciones anteriores, pero no había conseguido alinearse con nuestra esencia.
Envejece bien aquel que se alinea cada vez más con su esencia.
Su percepción ha sido pulida como un diamante al que se eliminan las impurezas. Una percepción cada vez más libre de lo que la podía condicionar. ¿Cómo se da esta limpieza mental? Cuando te percatas de la incoherencia de mantener ciertas ideas o prejuicios, abres la mente y el corazón y te flexibilizas, los juicios te parecen absurdos y amplias el espacio de tu tienda interior que cada día es capaz de acoger a más personas e ideas, sin necesidad de estar de acuerdo con ellos, sino gracias a un respeto forjado en la convicción de que todos somos lo mismo, aunque nos manifestemos de formas tan distintas. Cuando conseguimos eso, volvemos a ser como niños, que no hacen acepción de personas a menos que los padres hayan plantado en su corazón semillas discriminatorias.

Hay un miedo que nos acecha en cualquier periodo vital pero que se asocia más a la vejez, que es el miedo a la soledad.

En esta labor de toma de conciencia, uno de los hallazgos más gratos ha sido darme cuenta de que no estoy sola. Cuando llevas la atención a tu interior, descubres que estas habitada por tu mejor aliada, que dentro de ti hay “alguien” con quien puedes hablar, intercambiar opiniones, a quien puedes escuchar, cuidar y pedir, que está incondicionalmente a tu lado…cuando descubres a ese ser nunca estás sola.

Experimenta soledad aquella persona que no aprende a estar consigo misma.

Cuando estás con un buen amigo, no acabarías nunca la cita, vas concatenando anécdotas, temas que os interesan a ambos,  y siempre queda algo por compartir. Eduardo Galeano lo plasma de maravilla en uno de sus cuentos de El libro de los abrazos. Cuenta que dos amigos se encuentran después de mucho tiempo y empiezan a conversar emocionados. Cuando cae la noche, se dan cuenta de que es hora de regresar a casa y uno le dice al otro, “Va, te acompaño caminando hasta tu casa” porque no quieren interrumpir la conversación ni separarse. Cuando llegan a su destino, el que tendría que entrar le  dice a su amigo : “Va te acompaño hasta tu casa y allí nos despedimos”. Y la noche transcurre caminando por la calle hasta el amanecer, de una portería a la otra, porque ninguno de los dos se resigna a poner fin al encuentro, de tan a gusto que están juntos. 

¿Estás a gusto contigo?

La relación que establezcas contigo determina en gran parte  cómo vives tu vida y por lo tanto cómo llevas el proceso de envejecer.

¿Te tratas como un buen amigo o eres tu peor juez?

Un buen amigo no juzga. Disculpa, respeta, acompaña, está presente.

 

Cuando está contigo, puede darte conversación o respetar tu necesidad de silencio. Animarte cuando necesitas un empujón o hacer que te lo pienses dos veces antes de responder a un impulso cuyas consecuencias no eres capaz de prever. Te ayuda a tomar decisiones porque te conoce como nadie. Comprende tus reacciones más allá de las explicaciones que puedas darle. Todos deberíamos cultivar esa amistad interior, buscando y reservando tiempos para estar “solos”, es decir, con nosotros mismos.

Estar siempre en compañía de otras personas nos impide descubrir esta dimensión individual.

Envejecer es agradecer el camino recorrido, el punto al que has llegado y el camino incierto que te queda por recorrer.

Aprender a recibir y a sentir gratitud por lo recibido. Reconocer tu vulnerabilidad y descubrir cuánto te acerca a los demás seres humanos.

Envejecer es pillarle el truco a la vida. Hay que ponerse a ello sin tregua. Los más jóvenes: ¡empezad ya! El tiempo que me queda, cuya duración ignoro,  es precioso.

Envejecer es pillarle el gusto a la vida en estado puro, sin necesidad de efectos especiales para que nos resulte atractiva.

Libres de condicionamientos. Puede que envejecer conlleve menos salud y  limite nuestra libertad de movimientos, pero si  conseguimos liberarnos de nuestras cárceles mentales, las pérdidas valdrán la pena y disfrutaremos de sentirnos internamente cada vez más ligeros…para salir volando sin dificultad alguna, el día que nos toque. Que así sea.

Marita Osés

18 marzo 2026


22.1.26

¿AVANZAMOS O RETROCEDEMOS?

A veces tengo que recordarme a mí misma lo siguiente:
Creo en la capacidad del ser humano para evolucionar, en sus aspectos materiales y espirituales, para aprender de la experiencia y  mejorar.
Aunque en ocasiones, a la vista de mi realidad personal y de la realidad del mundo, sienta el desánimo de comprobar que o no nos movemos de sitio o incluso retrocedemos. Es indudable que nos hallamos en un nivel de conciencia superior al que estábamos en la Edad Media, por elegir una época de hace unos cientos de años, que, históricamente hablando, es prácticamente anteayer. Hemos aprendido no pocas lecciones. Muchas, me atrevería a decir. Hemos conquistado, al menos en algunas latitudes del planeta, un puñado de libertades. La tecnología nos ha liberado de arduas tareas, aunque nos ha esclavizado de otras maneras.
El caminar de la humanidad parece que sigue el compás de “un paso adelante, dos atrás”. A veces no sabemos si avanzamos o retrocedemos.
Hoy nos llevamos (algunos) las manos a la cabeza cuando vemos las intenciones de Trump de invadir territorios, más propias del espíritu depredador del viejo paradigma y del modo supervivencia, que de una civilización que parecía haber aprendido que en las guerras todos pierden. Se cree con derecho a tomar lo que le plazca de los países que se le antojan, sin tener en cuenta lo que habíamos aprendido sobre el respeto a la soberanía de sus habitantes. En realidad , esto es lo que hacíamos los europeos con el oro de México, la plata de Perú, las especias y  piedras preciosas de la India… con todas las materias primas que contenían aquellas tierras y de las que nosotros carecíamos. Íbamos y las tomábamos por la fuerza, autoconvenciéndonos de que a  cambio les dábamos civilización y religión, o aún más “salvación”. Con el tiempo, hemos reconocido la soberanía de aquellos pueblos e incluso hemos llegado a pedir perdón a sus habitantes por haber pisoteado su dignidad.
Parecía que habíamos integrado en nuestra concepción del mundo que la Tierra no es un pastel a repartir entre los más poderosos, sino un hogar común del que todos dependemos para la supervivencia de nuestra especie.
Pues no. La realidad nos muestra que no. Hay un instinto depredador que hace que en 2026 hayamos retrocedido en el tiempo y tiremos por la borda las lecciones aprendidas, disfrazándolo con los argumentos más hipócritas, como la salvaguarda de las democracias y de la seguridad nacional. No hemos dejado atrás el antiguo paradigma en virtud del cual el hombre se creía dueño de cualquier territorio que conquistase por la fuerza  y creía que podía hacer con ello lo que se le antojase. No hemos abrazado la concepción de que la persona humana es  uno más de este planeta, como cualquier otro ser vivo y necesitamos cuidarlo y cuidarnos los unos a otros para generar una armonía que haga posible la convivencia, el disfrute y el bienestar de todos. Algo parecido nos ocurre a nivel individual.
Reflexionamos, tomamos conciencia de nuestras carencias, nos esforzamos en subsanarlas, avanzamos en nuestro desarrollo personal, tenemos la sensación de crecer y nos felicitamos por ello, pero de repente nos damos de narices con unos hábitos que creíamos haber dejado atrás, repetimos una reacción contra la que habíamos luchado y estábamos seguros de haber vencido, nos limitan creencias que nos habían inculcado (o que habíamos elegido) y que pensábamos haber superado.  Experimentamos un momento de desánimo, la sensación de no progresar, de estar en la rueda del hámster. Es una sensación falsa.
En realidad no estamos en un bucle, estamos en una espiral ascendente de la que con el tiempo saldremos, aunque nos parezca que estamos pasando por el mismo lugar que estábamos convencidos de haber abandonado.
Los progresos fueron ciertos, pero también lo son los pasos hacia atrás.

El inicio del año es tiempo de propósitos y de dejar atrás hábitos, creencias, personas que lastran nuestra existencia. Es fácil decir: “Suelto esto para ir más ligero en 2026”. Pero ¿qué pasa cuando esto que deseas soltar lo tienes tan enganchado que no hay manera? ¿Cómo lo manejas? ACEPTANDO QUE ESO ESTÁ AHÍ. Sabiendo que te acompaña –aunque sea a tu pesar- y te recuerda quién fuiste y por qué, pero diciéndote a ti misma “Ya no soy esa, ni quiero volver a serlo”. Viéndolo como la cicatriz de una herida, no como algo vivo. Y recordándote que tú eres mucho más que esa cicatriz que habla de tu pasado, no de tu presente. Con el foco puesto en tu presente, sigues caminando consciente de que, si prestas demasiada atención a aquello que se empeña en permanecer ahí, te enganchas más. Por otro lado, si no pones conciencia, eso se agarra a ti sin que te des cuenta. Como siempre, la gracia está en el equilibrio: no me olvido de que está ahí, pero no le dedico mi energía. Pregúntate: ¿Qué es lo que se resiste a quedarse atrás para siempre? ¿Un miedo, un hábito, una manía, un pensamiento, una historia que te has contado, un enfado, un proyecto? Vale. Dile:

Sé que estás ahí. Supongo que fui yo quien te di el derecho a estar. Que ocupes este espacio no significa que condiciones mi vida. Sé cómo funcionas porque te conozco desde hace tiempo. Aunque en otros momentos de mi vida probablemente me fuiste útil, te libero ahora de protegerme o ayudarme de la manera que sea. Puedes irte, cuando tú quieras.”
Eso que te lastra forma parte de tu historia y hallará su destino cuando en tu día a día no encuentre un lugar donde sentirse vivo y útil porque tu estas centrado en lo que ahora reclama tu presente.
En el horóscopo chino, 2025 fue el año de la serpiente. Para poder seguir viviendo, tiene que mudar la piel porque si no la piel antigua no le permitiría crecer y la asfixiaría. Tuvo su utilidad durante un tiempo, pero ahora puede y necesita dejarla al borde el camino para avanzar. Lo mismo nosotros,
no podemos seguir funcionando con estrategias que se han quedado obsoletas, aunque en su día resultaron operativas.
2026 es el año del caballo a galope. Si nos liberamos de lo que nos pesa en la mochila pero ya no es útil, podremos avanzar al galope hacia donde sea que desee ir cada uno.

Así pues, en este primer mes de 2026, te invito a mirar con comprensión y si es posible con compasión, todo aquello que no logras sacudirte con la confianza de que, si tienes consciencia de que está ahí pero no le dedicas tu atención, caerá por sí solo.
Guarda tu atención y tu intención para aquello que te importa realmente poner en marcha ya. Ojalá lo consigas.

Marita Osés

Enero 2026

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A partir del 1 de Enero 2026, dejaré la consulta de Provenza, 214 en Barcelona y haré únicamente coachings -online o presenciales- en mi domicilio de Sant Joan Despí. La razón principal es que deseo dedicar más tiempo a la escritura, cosa que no he podido hacer en estos últimos años. Para ello, ganar las horas que actualmente dedico a los traslados entre mi casa y la oficina será un primer paso. Además, reduciré mi jornada laboral.
Agradezco la confianza que has depositado en mí y espero encontrar la manera de seguir respondiendo a tus necesidades en esta nueva etapa de mi vida profesional.
  🔎Si necesitas información, quieres reprogramar sesiones o simplemente compartir cómo recibes este cambio, puedes escribirme por mensaje privado. Estaré encantada de leerte. Si necesitas información, quieres reprogramar sesiones o simplemente compartir cómo recibes este cambio, puedes escribirme a mos@mentor.es. Estaré encantada de leerte.💗

                      

25.7.25

Prioridad clara, decisión fácil

Algunas personas acuden al coaching queriendo entender por qué les cuesta tanto tomar decisiones. Buscan herramientas para no dar tantas vueltas a las cosas o a las situaciones y para atreverse a tomar un camino determinado, sin perder tanto tiempo evaluando las consecuencias.


Uno de los obstáculos con los que se encuentran es que analizan en exceso la situación, la miran desde todas las perspectivas posibles y valoran tantos escenarios que se quedan sin energías ni claridad para decidir. Deberían recordar que análisis rima con parálisis. El  análisis se hace desde la cabeza y la energía para dar pasos en la vida viene de otro lugar, como veremos después, viene de desear profundamente algo. Cuando damos vueltas y más vueltas con los pros y los contras, y las implicaciones de tomar una decisión u otra acabamos mareados y entramos en bucle.

Si la persona es además perfeccionista, querrá tomar la mejor decisión, y eso le hará descartar alguna alternativa perfectamente válida que le ayudaría a salir del atolladero, aunque tal vez no fuera la solución óptima. Al final, no hay decisiones perfectas, sino decisiones que nos ayudan a avanzar, que es lo que importa.
Todo resulta mucho más fácil cuando hay una prioridad clara.
Cuando estás embarazada, o superando una enfermedad grave, o cuando quieres aprobar una oposición o una carrera de la que depende tu sustento, cuando necesitas superar un obstáculo con el que no contabas para llevar a cabo tu sueño, es mucho más fácil tomar decisiones. De hecho, no hay que tomarlas en sentido literal, sino que las acciones surgen de manera natural en coherencia con esa prioridad que hay ahora en tu vida. Por eso es importante formular las prioridades.  Cuando hay una prioridad, todo lo demás está sujeto a ella, no hay duda. No hay vacaciones que valgan, ni costumbres arraigadas que no puedan modificarse, ni plazos que no puedan moverse porque existe un motivo claro, una razón de peso que actúa como brújula de todo lo demás. Un reto deportivo, por ejemplo, hace que tus horas de descanso y de entrenamiento sean sagradas, tu alimentación muy cuidada, tu vida social más reducida. 
Muchas cosas que antes te parecían importantes o incluso imprescindibles, se caen. En otras circunstancias, ni te plantearías renunciar a ellas o te costaría muchísimo hacerlo, pero cuando has decidido que aquello es tu prioridad, cualquier argumento  se disuelve hasta desaparecer. Y es porque ha aparecido algo que da sentido a todo y por lo tanto, no tienes que tomar la decisión de renunciar por ejemplo a algo que antes formaba parte de tu cotidianidad, sino que  hay una acción que se desprende de manera natural de una decisión anterior, que es tu prioridad. 

Por eso, sería bueno preguntarnos: En este momento de mi vida, ¿cuál es mi prioridad? ¿Hay en mi realidad actual algo lo suficientemente importante como para vertebrar mi día a día sin tener que tomar decisiones a cada paso pues solo se trataría de ser coherente con esa primera decisión?
Igual ya la sabes pero no te la has tomado en serio, no eres plenamente consciente de ella y por eso no actúas de acuerdo con ella. 
 
¿Qué te importa de verdad ahora mismo? ¿Tu salud, tu relación con tal persona, tu físico, tu carrera, tu familia? 
Tomar conciencia de lo que te importa ayuda a que tus acciones estén alineadas con tus decisiones.
Te ahorra además muchas quejas, porque te da claridad respecto de lo que quieres de verdad. A veces nos lamentamos por tener que hacer cosas que no nos apetecen, sin darnos cuenta o sin querer reconocer que eso es necesario para conseguir lo que queremos. La queja no sirve para nada más que para instalarnos en la pasividad. Las prioridades son lo que quiero de verdad y es el deseo profundo el que nos impulsa a la acción, no la mente que te dice lo que debes hacer. Lo que quieres hacer no es lo mismo que lo que te apetece. Si lo que quieres es ganar esta competición o quedar en buen puesto en la maratón de mañana, está claro lo que harás o no simplemente siendo coherente con ese deseo.  Si lo que quieres es tener un bebe sano ya sabes qué cosas pueden perjudicarte y has de evitar.  Las quieres evitar. Si lo que quieres es una relación armoniosa con tu pareja, y para ello necesitas poner una situación dolorosa sobre la mesa, eso es lo que quieres, por poco que te apetezca.

Por eso, cuando no estés segura de qué decisión tomar, mira primero qué prioridades hay en tu vida en este momento y comprueba si lo que sea que decidas está respetando o no esa prioridad. Si eres coherente con tus prioridades, verás que las decisiones se desprenden de manera natural de ellas.

Marita Osés
Julio 2025


Sea cual sea el momento de tu vida en el que te encuentras, si necesitas un espejo en el que mirarte y mayor confianza para dar un paso más, cuenta conmigo.

📧mos@mentor.es 📲+34 661 631 972 🗺️ C/Provenza 214 8º 2ª Barcelona (Presenciales Martes, jueves y viernes)

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21.4.25

No somos fotos fijas


Cuando llevamos un tiempo prolongado de relación con alguien (puede ser la pareja, el padre, la madre, el hermano, un compañero de trabajo o un amigo), nos da la sensación de que ya lo conocemos.

Nos hacemos una idea de esta persona y corremos el peligro de encasillarla. Decimos que esta persona es así o asá. Tan convencidos estamos de ello que acabamos relacionándonos con el cliché que tenemos de ella, no con la persona en sí. Y claro, con el tiempo la persona se nos escapa, no la reconocemos.

Puede darse el caso de que esta persona intente trabajarse algunos aspectos de su carácter, evolucione en su forma de ser a partir de lo que le va trayendo la vida o incluso de lo que le sugieren sus congéneres. Y puede suceder que como yo me he quedado con la idea que tengo de ella, no sea capaz de apreciar los pasos que esta persona está dando en otra dirección. Todo lo que no se ajusta a la idea que me he hecho de ella, lo descarto sin más. 

La situación puede resultar muy frustrante para el hijo que intenta mejorar aspectos que le ha comentado su progenitor, o para la persona que intenta modular su conducta en aras a mejorar su relación  de pareja o para el amigo que se esfuerza en desbloquear una amistad y no consigue que el otro salga del modo de relacionarse que arrastran hace tiempo. Cuando nos relacionamos con la idea que tenemos del otro, estamos ciegos a los pasos que el otro da en cualquier dirección que no sea la que nosotros creemos. Y la frustración que provocamos se va traduciendo en desmotivación.

El caso es que nadie es así o asá, porque todos estamos en proceso de crecimiento y de cambio. Si estamos vivos, cambiamos. Puede que nos resulte más fácil relacionarnos con la idea que tenemos de una persona, pero eso despoja a la relación de vida y de novedad. Desde mi idea fija, todo es previsible y puedo adivinar prácticamente todas las reacciones que va a tener. Y al predisponerme a esas reacciones, de alguna manera las propicio. Leí en algún lado: “No hay ley más invariable que aquella que dice que como pago de nuestras sospechas encontramos aquello que sospechábamos.” Si me acerco a una persona pensando de antemano cuál va a ser su respuesta, no le dejo margen de maniobra, ni le permito salirse de la etiqueta en la que la he clasificado. ¿Para qué nos sirven las etiquetas? Para manejarnos mejor. Nos dan seguridad. Para ir preparados y no tener que improvisar. Pero la vida es cambio y nos sorprende, ha de sorprendernos a cada paso y nosotros aprendemos a improvisar dando respuesta a lo que tenemos delante materialmente y no a lo que habíamos previsto mentalmente. ESO es vivir.

Cuando me relaciono con la idea que tengo del otro no salgo de mí. Todo se cuece en mi mente. Y las relaciones auténticas se ventilan a otro nivel. Si un día, por las circunstancias que sea, abro mi corazón y entro en lo que el otro es, no en lo que pienso que es, entonces descubro infinidad de posibilidades y de respuestas, y nada es previsible ni controlable. Me  abro a la incertidumbre, pero también a una riqueza inusitada. No lo encasillo en una idea, sino que permito que sea cualquiera de las miles posibilidades que tiene de ser, se ajuste o no al concepto que yo pueda tener de antemano.

Cuando alguien no tiene una idea prefijada de mí, sino que está abierto a lo que yo vaya manifestándole en mi proceso de crecimiento, se convierte en mi aliado, en mi mejor compañero/a de camino. Esa persona, deja a un lado sus expectativas, y va validando aquello que yo decido ser, por el simple hecho de respetar mi opción. Y con ello me ayuda en la labor de construirme personalmente.

Muchas veces somos nosotros mismos los que nos relacionamos con la idea que nos hemos hecho de nuestra persona, y no con lo que realmente somos. Nos hemos identificado tanto con el personaje que hemos creado para abrirnos paso en las circunstancias que nos ha tocado vivir, que al final nos creemos que somos eso. “Soy controladora y obsesiva”, me comenta una persona. Y yo le recuerdo las características que ella había enumerado cuando le pedí que me describiera su esencia: noble, alegre, cariñosa, comprensiva creativa, adaptable, paciente, constructiva, optimista, luchadora, detallista, con sentido del humor. ¿Dónde está pues la controladora y la obsesiva? Es la conducta que adopta cuando siente una agresión. La sensación de indefensión le hace acudir al control y a la obsesión como mecanismos de defensa. ¿Es ella eso esencialmente? NO LO ES. Pero a base de identificarse con esas conductas y desconectar de su esencia acaba creyendo que la obsesión y el control forman parte de su núcleo.

Es cierto que hubo un momento de indefensión y de desamparo brutal en su biografía. Y que luego cada situación que le recordara aquella circunstancia ahondaba dolorosamente en una primera herida. Es cierto que esa herida hizo que desconectase de su alegría, de su confianza básica en la vida, de sus ganas de jugar, de su motivación. Pero está en su mano elegir si conecta de una vez por todas con la mujer que verdaderamente es, o queda atrapada en su fidelidad  al ser reactivo al que detesta y que llega a confundir con su ser verdadero.

Para ello hay que trasladar la atención de los hechos o las situaciones concretas a los procesos. Hacer memoria de quien soy y tomar conciencia de que estoy en proceso en evolución. No soy una foto fija, sino una secuencia en permanente evolución. Se trata  de ver a las personas en su proceso, no como realidades estáticas. Si una persona está en un momento negativo y la miro como si ella fuera solo eso, me deprimo y no le doy esperanza. Si por el contrario, lo considero un proceso por el que está pasando, del que saldrá, le doy energías para salir. Relativizo. Lo mismo funciona para un momento positivo. Si lo veo como algo estático, tengo muchas posibilidades de aletargarme, de anestesiarme con el buen momento. Si consigo percibirlo como algo fugaz que va a pasar porque está dentro de un proceso, lo vivo intensamente antes de perdérmelo por inconsciente o por idiota. Esta actitud me ayuda a vivir concentrada en lo esencial y en los detalles al mismo tiempo. Atenta y dispuesta a captar al vuelo para poder disfrutar y reflexionar acerca de lo que capto.

Nadie está terminado de hacer hasta que ha exhalado su último suspiro. Nadie es tan pequeño como para caber en la idea que me he hecho de él o de ella. La persona es su biografía y esta tiene infinitas posibilidades siempre que  no permita que nada ni nadie las recorte. Una vez tomada una foto, ya no somos la persona que el objetivo captó. Proseguimos el camino de nuestra autoconstrucción, quiero pensar que independientemente de la idea que se hayan hecho de cada uno las personas que nos rodean.

Marita Osés 

21.10.24

Te escucho para que te veas

Este verano fui a Rocaviva, un “museo” al aire libre que ocupa la ladera de una montaña junto al pueblo de Mussa en el Pirineo leridano.

El autor de las más de 600 obras esculpidas en las rocas graníticas en plena naturaleza es una persona que vivió como ermitaño allí durante 30 años. Explica que se sentaba en silencio frente a una roca que le llamaba la atención y la contemplaba un buen rato. En realidad la escuchaba. Hasta que se iniciaba espontáneamente un diálogo entre ambos. El entendía que la roca tenía un mensaje que comunicar, lo captaba  y con un cincel y un martillo empezaba a eliminar todo aquello que obstaculizaba la transmisión de ese mensaje, y así aparecía la escultura. Me recordó aquello que decía el escultor renacentista Miguel Ángel:
“En cada bloque de mármol, veo una estatua tan clara como si se colocase delante de mí, perfectamente acabada en su forma y actitud. Solo tengo que arrancar las paredes rugosas que aprisionan esa preciosa aparición para revelar a los ojos de los demás lo que yo veo con los míos.”
Si es posible entrar en diálogo con un bloque de granito o de mármol, y desvelar la maravilla que contienen ¿qué no será posible con nuestros semejantes?  ¿Cómo tiene que ser un diálogo para que nos lleve a desvelar lo mejor del otro? ¿Cómo sería aspirar únicamente al descubrimiento de la esencia de quien tengo delante en cada relación? ¿Me planteo abrir mi corazón para recibir lo que sea que el otro quiera compartir o para dar lo que sea que yo pueda ofrecerle?
El ser humano  desarrolla su potencial en relación con otros seres. 
¿Qué  sentido tiene el acompañamiento de las personas en su recorrido vital? Ver en ellas aquello que no ven de sí mismas.
En diálogo con el otro, lo descubrimos y nos descubrimos.
Hacer de espejo, ayudar a desentrañar el misterio que cada uno lleva dentro. Contribuir a averiguar quién es. Conocer su ser verdadero. Ser cómplices de su yo más auténtico.

🧏Primer requisito para que el intercambio cumpla con esa misión: que mi espejo esté lo más limpio posible para reflejar de manera fidedigna la  realidad de la persona a la que escucho, no la mía. El ego del que escucha desaparece y se convierte en un espejo  en el que el interlocutor se ve.
Al aparcar mi ego, dejo de interpretar lo que escucho en base a mi historia personal, mis valores, mis expectativas.
No permito que mi mente emita juicios y me limito a observar/ escuchar, comprender y aceptar. La mente tiende a juzgar según sus categorías, condenar y castigar. De todo lo que interfiere en la escucha lo peor son los juicios, conclusiones sobre la otra persona o su situación que tienen que ver más conmigo y mi percepción que con ella. Le son útiles a mi mente para clasificar la realidad y entenderla, muchas veces haciendo que encaje a la fuerza en mis esquemas mentales. Y desechando todo lo que no encaja. Entonces mi interlocutor se siente excluido.

Cuando la mente asume el protagonismo, pasa por encima de lo que necesita aquel o aquella a la que pretendo acompañar. Si mi espejo no está limpio proyectaré mis sentimientos o pensamientos en lugar de acompañar a mi interlocutor a bucear por sus aguas. Por eso es importante repetir en voz alta lo que la persona ha dicho para confirmar que es eso lo que quería decir y no estoy interpretando o poniendo de mi cosecha. Aunque yo tenga más edad o más experiencia en un área determinada que la persona a la que escucho, 🧏el segundo requisito para que la escucha sea limpia y provechosa es mantener la actitud del aprendiz. Todo ser que se cruza en mi camino, aunque sea él o ella quien acuda a mí,  tiene algo que enseñarme siempre, incluso desde su inexperiencia o desde sus errores, si soy lo suficientemente humilde como para aceptarlo. La vida no lo ha puesto ahí por casualidad. Eso implica también estar convencida de que quien más información tiene sobre sí mismo es quien acude a mí, aunque no sepa que lo sabe. Ese conocimiento, o esa información puede estar enterrada bajo muchas capas de dolor que hacen que la persona se haya alejado de su esencia y se sienta perdida, pero la esencia está ahí, intacta, como un tesoro bien guardado en la tranquilidad del fondo marino, aunque las aguas de la superficie están muy revueltas por la tormenta. Si mi escucha le ayuda a confiar en que todo lo que necesita saber sobre sí está en su interior, mi acompañamiento habrá sido útil. Yo puedo ayudarle a desenredar la madeja si es que se ha liado, a reconocer los obstáculos que no le permiten acceder a su ser profundo, pero la sabiduría está en su corazón. Acogiendo todo lo que me comparte, sin juzgarlo  y comprendiendo que cada situación tiene su historia y su motivación le ayudamos a darse un espacio que se negaba. Es entonces cuando puede hacer las paces con aquella parte de su historia  que no podía integrar por haberla juzgado y condenado, a veces durante años. 
Gabor Maté, un psiquiatra especializado en sanar el trauma, defiende que la eficacia de una terapia no reside en la técnica empleada, ni en el nivel  académico del terapeuta sino en la calidad del vínculo entre éste y su paciente. Es ahí donde empieza la sanación. Un estudio realizado midiendo las ondas electromagnéticas que emitían los cerebros y corazones de ambos, ratificó que los momentos más efectivos se producían cuando las radiaciones de ambos estaban sincronizadas y eso ocurría cuando el terapeuta simplemente escuchaba y estaba presente. No eran sus comentarios, basados en su experiencia, sino su capacidad de escucha empática y profunda lo que creaba un espacio único que desvelaba el potencial de cambio y de crecimiento del cliente y le permitía sanar.
🧏Este sería el tercer gran elemento de la escucha: la presencia ¿Qué significa estar presente? Entregarte por completo a acoger, sostener lo que tu interlocutor comunica sin perderte en sus sentimientos ni en sus pensamientos, pero haciéndote permeable a ellos. Se trata de decirle con tu actitud, con tu postura, con tu forma de mirarle: TE VEO Y TE RECONOZCO y devolverle generosamente la imagen que tienes de esta persona. Escuchar así  a alguien es una forma de ayudarle a conocerse a través de sus propias palabras escuchadas sin los filtros que a ella le impiden reconocer su grandeza. No hace falta ser terapeuta para eso.
Cada vez que no sepas como ayudar a alguien que se siente pequeño, perdido o solo, simplemente ESCÚCHALE para que pueda VERSE.


Marita Osés

Octubre 2024


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27.4.22

La necesidad de sentir intensamente para compensar la falta de sentido




N. ha finalizado una relación de más de 5 años con su pareja. Al renunciar a un proyecto de vida largamente deseado, se siente como perdida, sin sentido. Una noche se lía con un desconocido. Al día siguiente se siente vacía y frustrada.

¿Por qué no te fuiste a casa si estabas tan cansada? , le pregunto. Es que me hacía vibrar mucho, me responde. Había una voz que me decía, “no tienes nada que hacer con este individuo”, pero el contacto con él me hacía sentir otra vez muy viva y no pude resistirme.  La conozco y no me explico qué podía tener en común con el hombre que me describe. Su alma buscaba sentido y ella le dio una dosis intensa de sentir. Ahogamos anhelos profundos, sin permitir siquiera que acaben de expresarse para no experimentar el vacío, y los llenamos de personas, actividades que nos hacen vibrar, pero que no nos ayudan a encontrar sentido. 

¿Qué es lo que te hace sentir viv@?  
Se ha sofisticado tanto la vida que hemos olvidado el placer de las cosas sencillas. Ya no somos capaces de saborear un vaso de agua fresca o un zumo recién exprimido para sentir en el cuerpo la gratitud de recibir ese regalo. Tenemos que preparar bebidas cada vez más exóticas para sentir que vale la pena pagar por ellas.  Existen no sé cuántas clases de tónicas, ginebras y complementos para preparar algo tan sencillo como un gin-tonic. Rizamos tanto el rizo que nos alejamos de lo esencial, cuando es precisamente la esencia lo que da sentido. Cuando solo logramos sentirnos vivos haciendo cosas especiales sin parar, es que la vida que llevamos no está cubriendo esta necesidad. 

¿Qué diferencia hay entre vivir con sentido y sentirse vivo? 
Ninguna, según se mire. O toda, si nos fijamos en los valores que sostienen cada afirmación. Hay personas cuyo criterio para hacer algo o dejar de hacerlo es si les divierte o no. No me refiero al ámbito del ocio, sino también al ámbito laboral. Olvidan que muchas cosas necesarias en la vida son positivas, y no necesariamente divertidas.  Lavarse los dientes,  tener paciencia con un amigo que atraviesa una época difícil, hacer rehabilitación después de una lesión o hacer la comida todos los días, te guste o no cocinar. Ninguna de ellas es divertida, pero todas tienen sentido. Las personas que necesitan diversión permanente, puede que simplemente necesiten sentirse vivas y solo lo consigan con emociones intensas. Puede que estén huyendo de la apatía, del aburrimiento. ¿Y si el aburrimiento fuera señal de falta de sentido?

Cuando las cosas tienen un propósito, nos guste o no el acto mismo o el proceso de realizarlas, lejos de aburrirnos, nos producen satisfacción. Si cubrimos superficialmente la necesidad de divertirnos o de sentirnos viv@s nunca acabaremos de llenarla, porque las sensaciones son pasajeras. Por el contrario, la paz que experimentas cuando algo te satisface no es una sensación sino un estado profundo del alma y nos construye por dentro, porque nos da estabilidad, fortaleciéndonos.

Divertirse viene del latín, “divertere” apartarse, desviarse de algo penoso y pesado, dar un giro en dirección opuesta, alejarse”. La diversión es, por lo tanto, necesaria para descansar de momentos más duros pesados. Pero permanecer ahí siempre, puede implicar que has etiquetado de duros, aburridos o insoportables algunos aspectos de la vida que tal vez no lo son. Simplemente no les has encontrado su razón de ser, su sentido. O los experimentes como deberes o imposiciones. A este respecto, Marshall B. Rosenberg, en su libro sobre la comunicación no violenta cuenta el caso de una profesora de instituto que se quejaba de tener que poner notas, porque no creía que ayudasen y generaban mucha ansiedad en los estudiantes. Pero tengo que ponerlas, concluía, porque es la política de la escuela. Marshall le pidió que formulase la frase empezando “Elijo poner notas porque quiero…” y ella la completó sin vacilar: Elijo poner notas porque quiero conservar mi puesto de trabajo. Con esta simple formulación, se dio cuenta de que al poner notas no estaba obedeciendo ciegamente a un mandato de la escuela, sino que respondía a un deseo o necesidad suya. Eso es lo que daba sentido a lo que estaba haciendo. Todos necesitamos un propósito. Encontrarlo nos ancla a la realidad y no necesitamos entonces distraernos de ella con tanta urgencia o frecuencia. La hiperestimulación de los sentidos que promueve nuestra sociedad, y a la que podemos hacernos adictos, puede ser una señal de que vivimos sin rumbo.
Una cosa es el sentido y otra muy distinta, los sentidos. Ambos contribuyen a nuestra felicidad. Los sentidos nos dan placeres y el sentido…el sentido nos arraiga y nos da paz.


Marita Osés
27 abril 2022

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