Por si prefieres escuchar en lugar de leer

Colaboració a "L'ofici de Viure"

Mi participación en “Violencias invisibles” El FOC

Mostrando entradas con la etiqueta asertividad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta asertividad. Mostrar todas las entradas

16.9.26

MIRADAS QUE CONSTRUYEN

 He tenido la suerte de poder viajar y hacer amistades en el extranjero y durante años, antes de que existieran las redes, mantuve estas relaciones de forma epistolar; me ha encantado siempre escribir cartas y recibirlas. Ir a correos o comprar sellos era una actividad casi cotidiana para mí y realizaba con devoción el ritual de doblar la carta una vez escrita, meterla en el sobre, cerrarlo humedeciendo los bordes de la lengüeta posterior y estampando el sello tras escribir  la dirección con tota la claridad que mi mala letra me permitía. Testigo del entusiasmo con que siempre he recibido el correo, mi marido, unos meses antes de mi 50 cumpleaños, envió un mensaje a todas las personas cuya dirección tenía pidiéndoles que me escribieran una carta con motivo de mi cincuenta aniversario y se la enviaran a su email o a su dirección postal profesional. Así pues, aquel 4 de febrero por la mañana, sin que yo me lo esperase, me entregó un saco de cartas y tuve una de las experiencias emocionales más intensas de mi vida: Las cartas venían cargadas de afecto y una no está acostumbrada a recibir tanto amor de golpe. 

Una de ellas era anónima. Su autora se había enterado por casualidad de aquella propuesta de mi marido y decidió escribirme sin darse a conocer.  Me contaba que era una compañera de los primeros años de colegio, que se sentaba unas filas más atrás. Hablaba de mí como una niña con gran personalidad, conciliadora, muy responsable y a la vez divertida, valiente y sobre todo asertiva y daba ejemplos concretos que avalaban aquellas afirmaciones. No me reconocí en absoluto y no tengo memoria de mi infancia así que las anécdotas también me sonaron ajenas. Acabé de leer la carta completamente convencida de que se había equivocado de persona, es decir,  que hablaba de otra compañera. Mi recuerdo de mi misma era de una niña tímida, insegura, que se empequeñecía frente a otras más audaces o cuando le preguntaban en clase, que se ponía colorada como un tomate cuando oía pronunciar su nombre, vergonzosa, hipersensible y, eso sí, muy aplicada. Releí la carta varias veces escudriñando cada detalle en busca de algún rasgo que delatase a la autora para poder ponerme en contacto con ella, pero no hubo manera. Contenta por lo bonito de la historia, pero con cierta pena por no haber podido reconocerme en aquella niña que el texto describía, archivé la carta con todas las demás, haciendo caso a la misteriosa autora que me venía a decir: “No te preocupes por averiguar mi identidad, si tenemos que encontrarnos algún día, nos encontraremos.” De esto hace 17 años y a lo largo de este tiempo he vuelto a leer la carta en varias ocasiones. En algún momento de crisis me obligué a creer en esa esa colegiala fuerte, determinada y justa y en otros momentos de mayor confianza en mí me permití identificarme con la esencia de aquella niña que, en un primer momento, me había parecido una auténtica desconocida. Su imagen fue haciéndoseme cada vez más cercana, más familiar, hasta que reconocí en aquella niña a la mujer que, muchísimos años después,  disfrutaría acompañando a personas en sus procesos de crecimiento.

Lo que quiero subrayar con esta historia es la importancia de que alguien nos mire con buenos ojos para descubrir aquellas cualidades nuestras que somos incapaces de ver. Y viceversa: la esponsabilidad de cada uno, de mirar con ojos limpios a los demás para que nuestras heridas y condicionamientos no nos impidan ver sus aspectos luminosos, su luz.

Es responsabilidad de cada uno mirar con ojos limpios a los demás.

Eran mis propias heridas las que no me permitían verme íntegramente. De niña, yo me había hecho una imagen muy pobre de mí misma,  y descubrir que alguien me había visto con otros ojos, me desveló el inmenso desfase que puede haber entre la percepción  propia y la percepción que tienen otras personas, o entre cualquier percepción, propia o ajena y la realidad. 

El mes de septiembre se presta a inaugurar etapa, hayas o no hayas hecho las vacaciones que necesitabas. Es un buen  momento para dilucidar qué percepción tengo de mi misma y cotejarla con la imagen que me devuelven otras personas. 

Porque según cómo te percibas, vas a emprender tu camino con una actitud o con otra. 

Y ya sabemos cuán importante es la actitud para llegar a destino. 

Dice Eckhart Tolle en su libro Un mundo nuevo ahora:

“Tienes una imagen mental no sólo de quién es la otra persona, sino también de quién eres tú, (...). Así que TU no te estás relacionando  con esa persona, sino que QUIEN TU PIENSAS QUE ERES se está relacionando con QUIEN TU PIENSAS QUE ES la otra persona y viceversa. La imagen conceptual de ti que tu mente ha creado, se está relacionando con OTRA CREACION DE TU MENTE, que es la imagen que se ha hecho de la otra persona.”

Todo este lío en el que se enreda nuestra mente, va en detrimento de la autenticidad en las relaciones, que es lo que todos necesitamos y valoramos. 

Por eso, propongo que este septiembre, hagamos limpieza de la imagen mental que tenemos de nosotros mismos y dejemos entrar rasgos que están ahí pero  que, por la razón que sea, no somos capaces de reconocer.

Que estemos atentos  y logremos tener una percepción de nosotros (y de los otros) en la que no haya juicio, sino búsqueda de la luz que está presente en todo ser humano.

Marita Osés

Septiembre 2026





19.6.26

DETALLES


Veo  el autobús señalando con sus luces intermitentes que va a incorporarse a la circulación, a punto de cerrar sus puertas.

La última persona que está subiendo se detiene al verme correr para no perderlo. Tiene un pie en la escalerilla y otro en la calzada y me sonríe. Llego acalorada de haber corrido para alcanzarlo. Le doy las gracias. En otras ocasiones es el conductor el que me ha visto correr por el espejo retrovisor y me ha esperado. No he tenido que pedirlo. Estas personas simplemente se han puesto en mi lugar y han hecho lo que les habría gustado que hicieran con ellas. Detalles insignificantes, que pueden cambiar tu estado de ánimo para el resto del día.

En la cola para pagar en el supermercado tengo delante una mujer con un carro a rebosar. Yo llevo solo un artículo, tengo prisa, pero me parece que esta persona también está apresurada. Me mira y me dice: “Pasa si quieres.” Se lo agradezco. Salgo del supermercado con una sensación de ligereza, más blanda por dentro. Alguien que ni siquiera conozco ha pensado por un instante en mí y me ha evitado esperar un buen rato, de forma gratuita. Estaba en su derecho de no dejarme pasar, pues había llegado a la caja del supermercado antes que yo. El no hacerme ese favor, no la convierte en una mala persona, ni mucho menos. Pero al hacerlo, crea una pequeña conexión entre ambas, y una vibración distinta en mí y en ella. Es la vibración de la conciencia del otro.

Es vivir presente no sólo en ti, sino también en tu entorno, no metido en tu propia cueva y ajeno a todo lo demás, sino consciente de los que te rodean, como una red de la que formas parte y en la que unos y otros nos influimos.  Lo interesante es que la influencia puede ser positiva o negativa. Eso lo decides tú. ¿Cómo? Teniendo detalles que aligeran, alegran, facilitan las vidas ajenas, y no reaccionando negativamente cuando la actuación del otro no es la que me esperaba o me perjudica.

En la oficina, voy a la máquina de bebidas calientes a media mañana. Encuentro a un compañero que acaba de apretar el botón del café.  Una vez lleno el vaso, aparece una señal luminosa indicando que se ha acabado el café. Chasqueo la lengua, mostrando mi disgusto y él me tiende su vaso. “Toma, a mí me gusta también el chocolate caliente.” Y se pide un chocolate. No tiene por qué hacerlo, pero lo hace. 

Si estamos atentos, hay innumerables ejemplos de detalles que no cuestan ningún esfuerzo, y cuyo impacto en la persona que los ofrece y en la que los recibe es enorme.

Solo hay que estar atentos y abiertos en lugar de ir por la vida ensimismados y atrincherados en nuestras defensas.

Las personas que se comportan teniendo en cuenta al que está a su lado, demostrándole que les importa su bienestar, encuentran gratificación en ser así.

El secreto está, pues, en encontrar gozo en el hecho de tener detalles con el prójimo, en que no sea un sacrificio renunciar a tu café, sino un gusto poder ofrecérselo a otra persona. Alegrarse con la alegría del otro, sea quien sea ese otro.

Cuando se trata de un ser querido, es fácil sentir placer cuando le haces feliz. En parte porque un ser querido es como si fueras tú mismo o parte de ti. ¿Cómo hacer para que el gozo de cualquier persona sea también mi gozo? Pararme a sentir y a percibir que nos une el hilo de nuestra propia humanidad que nos hermana y nos iguala. El otro es parte de ti. El otro es un ser humano igual que tú. Tiene deseos y necesidades que lo configuran como a ti. 

Básicamente todos queremos ser felices. La plenitud es un anhelo irrenunciable de todo ser humano.

No está fuera de nosotros sino dentro, no como algo que podamos obtener sino como algo que activamos cuando amamos, pues eso es lo que somos.

Si somos expresiones de Dios, hijos de Dios, somos plenitud.

Cuando no lo vemos, es porque estamos identificados con nuestro yo pequeñito, el que está ocupado únicamente en subir al autobús, pagar cuanto antes  en el supermercado y tomarse su café. Independientemente de lo que ocurra a su alrededor. Esta identificación con el yo pequeño es la fuente de nuestra ignorancia que junto con las experiencias de dolor, hace que nuestra vida gire exclusivamente en tono a nuestras necesidades. Y perdemos de vista al prójimo. Si logramos acallar al yo pequeño, instalado en nuestra mente, nos damos cuenta que hay Alguien que vela por nosotros través de otras personas y a través de uno mismo.

¿Puedo colaborar en la consecución de ese deseo común a cualquier ser humano?  
¿Puedo vivir de manera que hacerlo me haga feliz también a mi?

Es una decisión que ha de tomar cada uno. Y solo podemos convencernos probándolo.  Atrevernos a experimentarlo y comprobar qué pasa con nuestra vida y con la de los otros.

Me encontré con este texto hace poco: “Se me mostró una gran puerta muy pesada y difícil de abrir porque sus goznes estaban muy duros. Entonces vi cómo se ponían unas gotitas de aceite en los goznes y la puerta se fue abriendo poco a poco, hasta que al final, el más ligero toque con un solo dedo bastaba para abrirla. Oí estas palabras: “Utiliza cada vez más el aceite del amor, porque el amor es lo que hace ceder. El amor siempre se abre paso. Abre tu corazón y que el amor fluya con libertad.”

Me llevó a reflexionar: ¿En qué partes de mi vida puedo poner más amor? ¿Qué puertas son difíciles de abrir y necesitan esas gotitas de aceite –esos pequeños detalles- en las bisagras?

AHORA puede ser el momento de poner más amor en tu relación de pareja, con tu hijo, tu hermano, tu amigo. Puede ser el momento de poner más amor en tus propias heridas, sin esperar a que otros vengan a salvarte o a sanarlas.

El amor no necesita grandes gestos ni proezas. El amor está en los detalles.

💫En el contexto de un curso de pareja que estoy siguiendo, el reto del mes es escribir a diario una nota en algún lugar sorpresa, en la cual agradecemos algo, expresamos lo que nos gusta o hacemos un comentario cuyo centro sea la otra persona, su forma de ser o actuar. Es una nota muy corta, cabe en un post it, pero su contenido puede ser muy poderoso y abrirte el corazón. Nos hemos dicho cosas bonitas, profundas, alegres, cotidianas, divertidas… Hacerlo a diario y no como algo espontáneo que te surge en un momento de intensidad emocional nos ha dado mucha solidez y lo ha convertido en una responsabilidad que cumples con gusto porque sabes el impacto tan positivo que tiene en ambos. Me hace bien escribir la nota y me hace bien recibirla. Escribirla te obliga a parar, tomar conciencia, interiorizar lo que has vivido o estás viviendo, observar lo que el otro ES y HACE, sin juicio, y rescatar lo que más te gusta o agradecer eso que te has parado a observar y que quizás durante mucho tiempo habías dado por sentado. Crea conexión, complicidad, presencia. Encontrarte la nota en la cartera, debajo del móvil o de la almohada o pegada en el espejo del baño o en la mesita de noche te hace detenerte para leerla y conectar con quien la envía.

🤔Me ha llevado a pensar si somos capaces de ver la cantidad de “notas” que nuestro Dios nos manda a diario. SI  nos paramos a identificar todas las señales que muestran que vela por nosotros, que está pendiente y orienta nuestras vidas a través de lo que nos ocurre en el día a día. Los hechos son el lenguaje de Dios. Muchas veces, hasta que no me recluyo en el silencio de la oración no tomo conciencia de ellos, ni reconozco su presencia constante en mi vida. ¿Qué me está ocurriendo ahora? ¿Cómo lo interpreto si me creo que es una nota de Dios, una forma de hablarme, de hacerse presente para que me sienta acompañada? ¿Confío en que está interesado en mantener viva la conexión conmigo y que hace todo lo posible para lograrlo?

¿Dónde pongo mi atención a lo largo del día para descubrir las “notas” de Dios? Para hacerme consciente de su presencia, de su atención, de su intención, de su Espíritu actuando en mi vida.

🙏Si me creo que él es el origen de todo y que de Él procede todo, cuando me siento por ejemplo a la mesa a comer, puedo detenerme un instante antes de empezar y sentir la gratitud por todo lo que ha tenido que suceder para que el alimento llegue hasta mi plato. Si recibo una sonrisa, un abrazo, una mano tendida, puedo interiormente remontarme hasta Él y agradecérselo, si de verdad creo que de  Él proceden todas las cosas.  Incluso cuando recibo una adversidad que me obliga a poner los pies en la tierra o a darle la vuelta a mi perspectiva inicial , confiar en que eso es para mi bien y ver una ventana abierta donde se me  había cerrado una puerta.  Se trata de no quedarse ahí, en los hechos, sino de ir más allá y preguntar: “ ¿Qué quieres decirme con esto?” Y a continuación,  actuar en consecuencia. No perderme en los “por qués”, sino confiando en que hay un  “para qué” de lo que esta sucediéndome y eso me encaminará a la acción adecuada.

Que es siempre una acción alimentada por el amor: 
amor al prójimo, amor a mí misma, que son las maneras concretas y humanas de amar a Dios.

 

Marita Osés

Junio 2026


6.3.25

Tengo un pitbull dentro

El cliente entra en la consulta y cuando le pregunto qué trae hoy a la sesión, responde: “Tengo un pitbull dentro. ¿Cómo lo ato?” Y relata varias situaciones en los quince días anteriores en las que una persona o situación le sacaron de quicio y, más tarde se sintió mal por no haber podido reaccionar desde la serenidad, o por lo menos, sin violencia verbal.

“El problema del pitbull es cómo te sientes después y cómo haces sentir al otro”
concluye. (Para los que no saben lo que es un pitbull, es una raza de perro con fama de ser muy agresivo, pero cuya agresividad depende del entreno que reciba. De naturaleza son valientes, inteligentes y con una energía inagotable, leales, cariñosos y muy sociables. Pero si lo entrenan para la lucha, será muy agresivo. Esa energía se convertirá en agresividad y tomará la fama de agresivo).

“¿De dónde sale este fuego que no soy capaz de controlar y que deja chamuscado a mi interlocutor, cuando no reducido a cenizas?”, se pregunta esta persona.    El caso es que también él queda muy afectado por haber actuado de esa manera. “¿Cómo es que la rabia se adueña de mi de modo que acabo haciendo y diciendo lo que no quiero hacer ni decir?”

Vamos a ver dónde puede  estar el origen de eso que hace y dice y de lo cual se arrepiente casi de inmediato.
Cuando la reacción es desproporcionada en relación al detonante que te ha llevado a saltar y se repite en el tiempo, es decir, es una reacción recurrente, suele tener que ver con nuestras heridas de infancia.

Son situaciones que nos hacen entrar en contacto con una emoción que en su día experimentamos y etiquetamos como dolorosa o desagradable (negativa, para entendernos) y nuestra mente nos traslada sin que nos demos cuenta a nuestro pasado alejándonos del hecho real que estoy viviendo en este momento.

💬Puede ser un sentimiento de que me ignoraban porque no tenían en cuenta mi opinión, de rabia porque se me trataba de manera diferente que a algún hermano o compañero de clase, de humillación porque se me comparaba con otros y yo nunca daba la talla…lo que sea. En algunos casos, puede que  ya en tu infancia reaccionaras  con violencia a esa sensación incómoda o dolorosa que te invadía y entonces te etiquetaran  de “rabioso”, “tiene muy mal carácter” o si te encerrabas en ti mismo “es un lobo solitario”, “es más raro que un perro verde”.
💬En otros, tal vez no te permitiste expresar esa emoción y la fuiste acumulando hasta tu edad adulta. El adulto ya no está en situación de inferioridad como el niño y se permite ventilar su fuego, soltar al pitbull y dejarle ladrar todo lo que no ladró en su momento.

¿Qué pretendes conseguir con ladrar de esta manera?
  • Mantenerte a salvo.
  • Proteger tu vulnerabilidad.
Pero ¿qué consigues en realidad? Sentirte alterado, fuera de control, tal vez arrepentido, y en algún caso avergonzado y miserable, especialmente si la persona que se ha visto afectada es una persona a la que quieres y sabes que no solo no se merece este trato sino que puedes dañar o incluso romper un vínculo que valoras mucho. La confianza se ve afectada y rompes la sensación de seguridad que toda relación afectiva necesita para mantenerse viva. En adelante, es posible que esta persona esté a la defensiva y no puedas acceder a ella como querrías o como habías hecho en otros momentos. Es un precio muy elevado el que pagas por no controlar a tu pitbull.

Por eso vale la pena pararse y preguntarse:
¿De qué me quiero proteger cuando suelto a mi pitbull? ¿De qué tengo miedo?
Si reviso las distintas ocasiones en las que ha saltado mi pitbull ¿Qué tienen en común?
¿Qué indicadores tengo que me pongan sobre aviso de que el pitbull va a saltar?
El cuerpo es un gran aliado en estas circunstancias. Puede ser una sudoración repentina, o la nuca agarrotada, una bola en la garganta, una presión en el pecho, una aceleración del corazón, un temblor… Conviene estar atentos para no dejar que se nos dispare el automático y cuando aparecen estos indicadores físicos, respirar hondo varias veces y recordarnos qué es lo que queremos de verdad y qué no.

Otra pregunta que nos puede acercar al origen de nuestra reacción agresiva es:

¿Qué es lo que no soporto❓❓❓
Que me contradigan? Que me mientan?
Que me ignoren? Que me tomen el pelo?
Que no me obedezcan? Que no me escuchen?
Que me impongan cosas?
Si identificas aquello que activa tu reacción, te dará una idea de por dónde va tu herida. Todos tenemos una o varias heridas de infancia y conocerlas es un paso imprescindible para entender nuestras reacciones. Por poner un ejemplo, Clara conecta con la sensación de “no pintar nada” cuando su pareja toma decisiones sin consultarle. Puede ser algo tan irrelevante como tomar una calle en lugar de otra durante un paseo a pie. Esta sensación de “no decidir nada” procede de su infancia en la que iba a remolque de sus hermanas, mucho mayores que ella, quienes no solo no la tenían en cuenta para decidir sus planes sino que se aprovechaban de su buena fe y de sus ganas de ser útil. Eso generaba en ella una impotencia que ahora se despierta en situaciones que aparentemente no tienen nada que ver y generan conflictos con su pareja.

¿Qué hacer entonces con el pitbull?
Al pitbull no hay que atarlo, hay que amansarlo. ¿Qué es lo que le hace agresivo? La agresividad. ¿Qué es lo que le hace manso? La mansedumbre, la ternura, la amabilidad.
El primer paso para apaciguarlo es dejar de identificarnos con él y de tenerle miedo. Agradecerle que nos haya querido proteger pero despedirlo porque ya no lo necesitamos. Y hablarle con amabilidad. No es más que una estrategia defensiva que nuestra mente construyó para protegernos del dolor en un momento en que nos sentíamos indefensos frente a las personas y situaciones que nos lo provocaban. Ahora tenemos más recursos que en nuestra infancia y probablemente nos hayamos fortalecido o en el mejor de los casos, hemos empezado a sanar las heridas que nos hacían ser tan reactivos. Si ya no necesitamos el pitbull, la siguiente pregunta es ¿De qué otra manera puedo conseguir lo que deseo sin enseñar los dientes, ladrar o lanzarme a la yugular de mi interlocutor? Si el pitbull viene azuzado por el miedo a sufrir y lo contrario del miedo es la confianza, tendría que ver qué necesito para actuar desde la confianza y no desde el miedo.
Las personas que tienen un pitbull dentro necesitan más ratos a solas para hablar con él e imaginar con antelación situaciones en las que prevén que el pitbull va a activarse.

En espacios de tranquilidad, hacerse las preguntas que hemos ido mencionando para sentirse dueñas seguras de su perro en lugar de dejar que el perro se adueñe de ellas.

Tengas o no tengas un pitbull dentro, reservar espacios a solas contigo para ver qué es lo que duele y qué es lo que da vida a tu existencia es una práctica muy recomendable si queremos vivir en paz. Ojalá los encuentres y los disfrutes.

Marita Osés
Abril 2025

Sea cual sea el momento de tu vida en el que te encuentras, si necesitas un espejo en el que mirarte y mayor confianza para dar un paso más, cuenta conmigo.
 

📧mos@mentor.es 📲+34 661 631 972 🗺️ C/Provenza 214 8º 2ª Barcelona (Presenciales Martes, jueves y viernes)

Puedes seguirme y contactar conmigo en mis RRSS: Instagram, Facebook o LinkedIn  🔗 y en mi canal de YouTube


15.6.22

Una cosa es empatizar con alguien y otra responsabilizarse de sus emociones

Elisa solo se va a montar a caballo si sabe con certeza que su novio tiene un plan ese día. Si no, ni se lo plantea, a pesar de que es una de sus aficiones favoritas y le sienta muy bien.

Le pregunto por qué y ni siquiera es porque prefiera estar con él, sino porque, si lo hace, teme que él piense que no es una prioridad para ella.

En sentido inverso no ocurre lo mismo. Él hace sus planes y se los comenta, sin que se le pase por la cabeza que ella va a sentirse poco importante para él por el hecho de que se vaya a jugar a fútbol.

El temor de Elisa la hace responsabilizarse de lo que su novio pueda sentir. Mejor dicho, de lo que “ella imagina” que sentirá él, y es esa creencia lo que determina su acción. Su brújula para hacer una cosa u otra está fuera de ella, no dentro. 

Cada vez que me responsabilizo de las emociones de la persona que tengo a mi lado sea pareja, amiga, familiar (o incluso un desconocido… “qué va a pensar esa persona si me ve haciendo esto”) y me comporto en función de ellas, en lugar de actuar conforme a lo que siento y quiero de verdad me alejo de mí y, si lo hago continuamente…me pierdo.  Y dejo de dar elementos a las personas que se relacionan conmigo para que me conozcan, puesto que me defino teniéndolas en cuenta a ellas, no a mí. Es posible que acaben teniendo una idea equivocada de quien soy. Y aun peor, puede que yo misma acabe no sabiendo lo que realmente quiero, a fuerza de renunciar a empatizar conmigo. Al mismo tiempo, cuando me responsabilizo de las emociones ajenas, me parece que tengo que hacer algo con ellas, como si yo fuera su dueña, y lo único que puedo hacer es aceptar que son como son y que el único que puede y debe hacer algo con ellas es la persona en cuyo interior se originan. Cuando más me cargue yo con ellas, menos se responsabilizará la persona que las experimenta.

El colmo del hábito de responsabilizarse de las emociones ajenas es creer que soy responsable de la felicidad de alguien.

Significa atribuirse un protagonismo desproporcionado en la vida del otro e ignorar una serie de elementos internos que tienen un peso decisivo en su sentimiento de felicidad o infelicidad. Aunque se trate de tu pareja, no solo es injusto cargarte con esta responsabilidad, es poco realista. Porque antes de encontrarse contigo esta persona ya ha construido una estructura interna y unas creencias que filtran su forma de percibir la vida y es precisamente esa percepción de la realidad lo que nos hace felices o infelices. Entre responsabilizarse y culparse hay una línea muy fina. 

Que la actuación o las palabras de alguien desencadenen una reacción en mí, no significa que esa persona sea responsable de mi reacción. En todo caso es el detonante, pero la responsable de mis actos soy yo. Yo elijo entre un abanico de posibilidades, aunque no me dé cuenta. Puedo haber actuado condicionada por mi inconsciente o por mis patrones adquiridos, pero eso no me da derecho a culpar al otro. Cada vez que culpo al otro, pierdo una oportunidad de conocer qué patrones he ido construyendo dentro de mí que no me dejan ser libre y me hacen reaccionar en lugar de responder.

Abandonar la creencia de que soy responsable de lo que siente el otro (o que el otro es responsable de lo que yo siento) no es fácil porque implica renunciar al protagonismo que creemos (y necesitamos) tener en la vida de las personas y, a sensu contrario, renunciar también a culpar a nadie de nuestras reacciones. Implica reconocer que no somos ni tan importantes ni tan decisivos, y aceptar que ellos tampoco lo son. El máximo responsable es cada uno y si no lo asumimos nos pasaremos la vida buscando afuera culpables de algo que tiene su principio y su fin en nuestro interior. Cuando sintamos la tentación de responsabilizarnos de la reacción del otro o de responsabilizar al otro de la nuestra, vale la pena respirar hondo para darnos tiempo de frenar ese impulso y poner distancia momentáneamente entre ambos. En un acto de honestidad con un@ mism@, detenerse a preguntarnos:

“¿Tiene esto que ver conmigo o con la otra persona?”

Es más fácil pensar “me ha puesto nervios@”, que “como venía nerviosa@, he saltado a lo que me ha parecido una provocación”.  No es lo mismo: “me apunto a este plan porque si no, se enfadarán” que “no voy porque estoy cansada”. En el primer caso me hago responsable de su enfado. En el segundo, si se enfadan es cosa suya, no mía. Tiene que ver con cómo perciben o interpretan mi ausencia, no con lo que siento hacia estas personas. Empatizar con ellas será comprender que puedan hacer una interpretación errónea de mi acción. Responsabilizarme sería sentirme culpable de su enfado. Una cosa es que me sepa mal, otra que me cargue con la culpa por esa reacción.

Si aprendemos a discernir lo que nos pertenece y lo que no, constataremos que hay patrones que se repiten, y ello nos ayudará a descubrir cuál es nuestra herida básica y cuáles las de otros. Para ello es necesario empatizar en primer lugar con nosotros. Si empezamos por ahí, seremos capaces de empatizar con los demás sin perdemos en ellos. 


Marita Osés

14 junio 2022


Sea cual sea el momento de tu vida en el que te encuentras, si necesitas un espejo en el que mirarte y mayor confianza para dar un paso más, cuenta conmigo.

📧mos@mentor.es 📲+34 661 631 972 🗺️ C/Provenza 214 8º 2ª Barcelona (Presenciales Martes, jueves y viernes)

Puedes seguirme y contactar conmigo en mis redes sociales, Instagram, Facebook o LinkedIn  o escuchar mi nuevo podcast 🎙️ 🙏


14.7.21

Cuando el exceso de responsabilidad te roba tu libertad


¿Son reales tus compromisos o son obligaciones autoimpuestas?

¿Qué se esconde detrás de la lista interminable de “tengo que”?



¿Vives pendiente de las expectativas que tienen los demás respecto de ti y sientes la necesidad ineludible de satisfacerlas, pasando sistemáticamente por encima de las tuyas? 

¿Te obligas a responder a la imagen que los demás (o tú) se han hecho de ti?

La exigencia desmedida o el exceso de responsabilidad pueden tener diversos orígenes:
  • puede que en tu niñez recibieras pocos halagos y necesitaras más reconocimiento del que te dieron.
  • puede que fueras el hermano/a mayor y te lo inculcaran: has de ser responsable.
  • puede que ser responsable fuera tu forma de captar la atención de los adultos o de obtener su aprobación.
  • puede que algún adulto siempre te exigiera más.
  • puede que no te dieran mucho reconocimiento porque, al fin y al cabo, “hacías lo que había que hacer”.
  • puede que te valorasen o recompensasen por lo que hacías y cómo lo hacías, no por ser quien eras. Creciste pensando en que vales por lo que produces, no por lo que ERES, y acabaste sometiéndote internamente a la presión de lograr siempre lo mejor.

Sea cual fuere el motivo que te llevó a adoptar este patrón de conducta, vale la pena plantearse si sigue siendo un patrón útil o si se está volviendo contra ti.

¿Tienes la sensación de que en cada en cada acción te estás jugando la vida o el afecto de las personas y eso te lleva a exigirte hasta el extremo?

La persona autoexigente obtiene recompensa por el hecho de serlo, consigue que la vean,  aunque solo sea por los beneficios que aporta a otros su autoexigencia, pero eso le conlleva una sobrecarga que puede llegar a hacerse demasiado pesada. Habrás de ver si acabas cayendo en un perfeccionismo, que a la larga provoca insatisfacción, ansiedad y desaparición del gozo.
El perfeccionista, cuando no gana, pierde, si no es el mejor se siente el peor, si no llega al final del viaje olvida todas las experiencias del trayecto, que le han configurado como persona. Incluso puede volverse poco productivo, porque acaba paralizándose: exige tal grado de perfección que, como resulta imposible de plasmar,  ni siquiera lo intenta. Acaba siendo un dependiente emocional, puesto que está más atento al qué dirán y a las necesidades ajenas que a las suyas propias, con lo que acabará olvidándolas. 
¿Qué ocurre con tus deseos cuando vives pendiente de los deseos ajenos?

Acaban desapareciendo en tu ansia de complacer y tú acabas desdibujándose, sin saber quién eres, pues nuestros deseos y necesidades nos definen.

¿Qué podemos hacer?

Entrar en contacto con tus necesidades y deseos, formularlos y reconocerlos. Satisfacerlos.

Aceptar la imperfección. ¿Puedes dejar de ser perfecto/a?  ¿Qué ocurre si fallas? ¿Puedes fallar? ¿Qué TE ocurre?

Rescatar todo lo que has ido borrando de ti en aras a tu ideal de perfección (o el de los adultos que te criaron). Descartar todo lo que has ido inventando para agradar. Es decir, poner atención en lo que es tu verdadera identidad e ir soltando tu imagen. Aceptarte y valorarte por lo que eres en lugar de buscar valoración, aprobación, reconocimiento. VALOR-ARTE, el arte de recuperar tu valía, y tu confianza en ti.
Practicar el decir NO,  abandonando el miedo a decepcionar a los demás y a ti (más bien, a ese dictador que llevas dentro).
Gestionar las pérdidas que comporta el no, es decir, decidir el precio que estás dispuesto a pagar por ser libre de lo que piensen, sientan o hagan los demás (Si no voy, me perderé esto o lo otro…  Si no hago tal cosa,  pensarán que… Si no estoy presente, no me enteraré de….).  El NO nos fortalece, expresa respeto por uno mismo, no rechazo por la otra persona. Es una forma de afirmarme, de proseguir mi vida como quiero, alineada conmigo misma, no como quieren los demás.
El NO, cuando está al servicio de nuestra autonomía emocional, se convierte en la palabra más positiva.

Se trata pues de conquistar nuestra libertad interna. Esta sí que es una responsabilidad personal e intransferible. No dejemos que otras responsabilidades nos roben la libertad.

Marita Osés
14 julio 2021

Me encanta leer la reacción a mis reflexiones, y me ayuda un montón, por lo que os ruego que si queréis enviar algún comentario lo hagáis a mi correo mos@mentor.es, o los escribáis en la casilla de comentarios y si necesitas acompañamiento aquí me tienes.


7.7.21

Atreverte a ser quién eres, sin pedir disculpas ni permiso




¿Qué te impide expresar sinceramente lo que piensas y sientes?

Muchas veces en la consulta surge el tema de la asertividad. Pocas personas tienen claro qué significa, pero todas ellas tienen alguna experiencia de no haber sabido comunicar con sinceridad o firmeza sus deseos, sus necesidades o su opinión.


La Real Academia define “asertividad” como la capacidad de expresar tu opinión de manera firme. Pero ser asertivo va más allá de tener la habilidad de comunicarse. Es un indicador de algo más que tu don de expresarte. Indica si el respeto hacia a los demás, está equilibrado con el respeto hacia ti mismo. De manera indirecta, nos indica cómo está tu autoestima.

Para ser una persona asertiva conviene tomar conciencia de cuáles son tus derechos, creértelos y respetarlos, ser capaz de afirmarlos y defenderlos sin sentirse egoísta o culpable. Significa alegrarse de ser quien eres y sentirse suficiente. Tiene que ver con darte permiso para ser tú, sin pedir disculpas ni permiso a otros. Mostrarte tal como eres sin miedo al rechazo. En efecto, no es fácil. Pero es fundamental para disfrutar de la vida.

La persona asertiva está convencida de que tiene derecho:

  • a ser tratada con respeto y dignidad
  • a pedir, sin sentirse egoísta o culpable
  • a experimentar sus sentimientos o emociones aunque otros no las compartan
  • a cambiar de opinión
  • a ser independiente
  • a equivocarse y a cometer errores
  • a pedir lo que quiera (sabiendo que la otra persona tiene derecho a decir “no”)
  • a ser escuchado y a ser tomado en serio.
  • a que sus necesidades sean tan importantes como las de los demás
  • a tener derechos y defenderlos
  • a decir NO sin sentir culpa
  • a gozar y disfrutar
  • a pedir información y a ser informado, sin por ello sentirse ignorante
  • a descansar, a estar sola
  • a hacer menos de lo que humanamente es capaz de hacer
  • a pedir aclaraciones sin sentirse idiota
  • a expresar gustos e intereses de forma espontánea
  • a aceptar cumplidos sin sentirse incómoda.
Muchas veces, las personas excesivamente responsables son mucho más conscientes de sus obligaciones que de sus derechos y acaban renunciando inconscientemente a ellos o quedándose sin tiempo para satisfacerlos, pues todo su tiempo se consume en cumplir. Suelen ser personas brillantes, con motivos sobrados para sentirse satisfechas de ser como son, y sin embargo, a base de ignorar sus derechos por querer cumplir de manera tan estricta con sus deberes, acaban perdiendo asertividad. Si eres una de ellas, no te pierdas el post de la semana que viene.
Mientras tanto, intenta formular a diario tus deseos y necesidades y haz lo posible por respetarlos como mínimo una vez al día. Es el primer paso para ser una persona asertiva, para que salga tu verdadero ser.

Marita Osés
7 julio 2021

Me encanta leer la reacción a mis reflexiones, y me ayuda un montón, por lo que te ruego que si quieres enviar algún comentario lo hagas a mi correo mos@mentor.es, o los escribas en la casilla de comentarios. Si necesitas acompañamiento individualizado, te ruego que te pongas en contacto conmigo.