19.6.26

DETALLES


Veo  el autobús señalando con sus luces intermitentes que va a incorporarse a la circulación, a punto de cerrar sus puertas.

La última persona que está subiendo se detiene al verme correr para no perderlo. Tiene un pie en la escalerilla y otro en la calzada y me sonríe. Llego acalorada de haber corrido para alcanzarlo. Le doy las gracias. En otras ocasiones es el conductor el que me ha visto correr por el espejo retrovisor y me ha esperado. No he tenido que pedirlo. Estas personas simplemente se han puesto en mi lugar y han hecho lo que les habría gustado que hicieran con ellas. Detalles insignificantes, que pueden cambiar tu estado de ánimo para el resto del día.

En la cola para pagar en el supermercado tengo delante una mujer con un carro a rebosar. Yo llevo solo un artículo, tengo prisa, pero me parece que esta persona también está apresurada. Me mira y me dice: “Pasa si quieres.” Se lo agradezco. Salgo del supermercado con una sensación de ligereza, más blanda por dentro. Alguien que ni siquiera conozco ha pensado por un instante en mí y me ha evitado esperar un buen rato, de forma gratuita. Estaba en su derecho de no dejarme pasar, pues había llegado a la caja del supermercado antes que yo. El no hacerme ese favor, no la convierte en una mala persona, ni mucho menos. Pero al hacerlo, crea una pequeña conexión entre ambas, y una vibración distinta en mí y en ella. Es la vibración de la conciencia del otro.

Es vivir presente no sólo en ti, sino también en tu entorno, no metido en tu propia cueva y ajeno a todo lo demás, sino consciente de los que te rodean, como una red de la que formas parte y en la que unos y otros nos influimos.  Lo interesante es que la influencia puede ser positiva o negativa. Eso lo decides tú. ¿Cómo? Teniendo detalles que aligeran, alegran, facilitan las vidas ajenas, y no reaccionando negativamente cuando la actuación del otro no es la que me esperaba o me perjudica.

En la oficina, voy a la máquina de bebidas calientes a media mañana. Encuentro a un compañero que acaba de apretar el botón del café.  Una vez lleno el vaso, aparece una señal luminosa indicando que se ha acabado el café. Chasqueo la lengua, mostrando mi disgusto y él me tiende su vaso. “Toma, a mí me gusta también el chocolate caliente.” Y se pide un chocolate. No tiene por qué hacerlo, pero lo hace. 

Si estamos atentos, hay innumerables ejemplos de detalles que no cuestan ningún esfuerzo, y cuyo impacto en la persona que los ofrece y en la que los recibe es enorme.

Solo hay que estar atentos y abiertos en lugar de ir por la vida ensimismados y atrincherados en nuestras defensas.

Las personas que se comportan teniendo en cuenta al que está a su lado, demostrándole que les importa su bienestar, encuentran gratificación en ser así.

El secreto está, pues, en encontrar gozo en el hecho de tener detalles con el prójimo, en que no sea un sacrificio renunciar a tu café, sino un gusto poder ofrecérselo a otra persona. Alegrarse con la alegría del otro, sea quien sea ese otro.

Cuando se trata de un ser querido, es fácil sentir placer cuando le haces feliz. En parte porque un ser querido es como si fueras tú mismo o parte de ti. ¿Cómo hacer para que el gozo de cualquier persona sea también mi gozo? Pararme a sentir y a percibir que nos une el hilo de nuestra propia humanidad que nos hermana y nos iguala. El otro es parte de ti. El otro es un ser humano igual que tú. Tiene deseos y necesidades que lo configuran como a ti. 

Básicamente todos queremos ser felices. La plenitud es un anhelo irrenunciable de todo ser humano.

No está fuera de nosotros sino dentro, no como algo que podamos obtener sino como algo que activamos cuando amamos, pues eso es lo que somos.

Si somos expresiones de Dios, hijos de Dios, somos plenitud.

Cuando no lo vemos, es porque estamos identificados con nuestro yo pequeñito, el que está ocupado únicamente en subir al autobús, pagar cuanto antes  en el supermercado y tomarse su café. Independientemente de lo que ocurra a su alrededor. Esta identificación con el yo pequeño es la fuente de nuestra ignorancia que junto con las experiencias de dolor, hace que nuestra vida gire exclusivamente en tono a nuestras necesidades. Y perdemos de vista al prójimo. Si logramos acallar al yo pequeño, instalado en nuestra mente, nos damos cuenta que hay Alguien que vela por nosotros través de otras personas y a través de uno mismo.

¿Puedo colaborar en la consecución de ese deseo común a cualquier ser humano?  
¿Puedo vivir de manera que hacerlo me haga feliz también a mi?

Es una decisión que ha de tomar cada uno. Y solo podemos convencernos probándolo.  Atrevernos a experimentarlo y comprobar qué pasa con nuestra vida y con la de los otros.

Me encontré con este texto hace poco: “Se me mostró una gran puerta muy pesada y difícil de abrir porque sus goznes estaban muy duros. Entonces vi cómo se ponían unas gotitas de aceite en los goznes y la puerta se fue abriendo poco a poco, hasta que al final, el más ligero toque con un solo dedo bastaba para abrirla. Oí estas palabras: “Utiliza cada vez más el aceite del amor, porque el amor es lo que hace ceder. El amor siempre se abre paso. Abre tu corazón y que el amor fluya con libertad.”

Me llevó a reflexionar: ¿En qué partes de mi vida puedo poner más amor? ¿Qué puertas son difíciles de abrir y necesitan esas gotitas de aceite –esos pequeños detalles- en las bisagras?

AHORA puede ser el momento de poner más amor en tu relación de pareja, con tu hijo, tu hermano, tu amigo. Puede ser el momento de poner más amor en tus propias heridas, sin esperar a que otros vengan a salvarte o a sanarlas.

El amor no necesita grandes gestos ni proezas. El amor está en los detalles.

💫En el contexto de un curso de pareja que estoy siguiendo, el reto del mes es escribir a diario una nota en algún lugar sorpresa, en la cual agradecemos algo, expresamos lo que nos gusta o hacemos un comentario cuyo centro sea la otra persona, su forma de ser o actuar. Es una nota muy corta, cabe en un post it, pero su contenido puede ser muy poderoso y abrirte el corazón. Nos hemos dicho cosas bonitas, profundas, alegres, cotidianas, divertidas… Hacerlo a diario y no como algo espontáneo que te surge en un momento de intensidad emocional nos ha dado mucha solidez y lo ha convertido en una responsabilidad que cumples con gusto porque sabes el impacto tan positivo que tiene en ambos. Me hace bien escribir la nota y me hace bien recibirla. Escribirla te obliga a parar, tomar conciencia, interiorizar lo que has vivido o estás viviendo, observar lo que el otro ES y HACE, sin juicio, y rescatar lo que más te gusta o agradecer eso que te has parado a observar y que quizás durante mucho tiempo habías dado por sentado. Crea conexión, complicidad, presencia. Encontrarte la nota en la cartera, debajo del móvil o de la almohada o pegada en el espejo del baño o en la mesita de noche te hace detenerte para leerla y conectar con quien la envía.

🤔Me ha llevado a pensar si somos capaces de ver la cantidad de “notas” que nuestro Dios nos manda a diario. SI  nos paramos a identificar todas las señales que muestran que vela por nosotros, que está pendiente y orienta nuestras vidas a través de lo que nos ocurre en el día a día. Los hechos son el lenguaje de Dios. Muchas veces, hasta que no me recluyo en el silencio de la oración no tomo conciencia de ellos, ni reconozco su presencia constante en mi vida. ¿Qué me está ocurriendo ahora? ¿Cómo lo interpreto si me creo que es una nota de Dios, una forma de hablarme, de hacerse presente para que me sienta acompañada? ¿Confío en que está interesado en mantener viva la conexión conmigo y que hace todo lo posible para lograrlo?

¿Dónde pongo mi atención a lo largo del día para descubrir las “notas” de Dios? Para hacerme consciente de su presencia, de su atención, de su intención, de su Espíritu actuando en mi vida.

🙏Si me creo que él es el origen de todo y que de Él procede todo, cuando me siento por ejemplo a la mesa a comer, puedo detenerme un instante antes de empezar y sentir la gratitud por todo lo que ha tenido que suceder para que el alimento llegue hasta mi plato. Si recibo una sonrisa, un abrazo, una mano tendida, puedo interiormente remontarme hasta Él y agradecérselo, si de verdad creo que de  Él proceden todas las cosas.  Incluso cuando recibo una adversidad que me obliga a poner los pies en la tierra o a darle la vuelta a mi perspectiva inicial , confiar en que eso es para mi bien y ver una ventana abierta donde se me  había cerrado una puerta.  Se trata de no quedarse ahí, en los hechos, sino de ir más allá y preguntar: “ ¿Qué quieres decirme con esto?” Y a continuación,  actuar en consecuencia. No perderme en los “por qués”, sino confiando en que hay un  “para qué” de lo que esta sucediéndome y eso me encaminará a la acción adecuada.

Que es siempre una acción alimentada por el amor: 
amor al prójimo, amor a mí misma, que son las maneras concretas y humanas de amar a Dios.

 

Marita Osés

Junio 2026


22.5.26

Una amistad para siempre

Imagínate que estás en una fiesta o en una reunión de gente en la que no conoces a nadie. No te sientes muy segura y escaneas el espacio buscando un rincón en el que puedas estar cómoda.

Estás un poco nerviosa. Alguien se te acerca y te saluda. Se presenta y te dice lo que está haciendo allí y te confiesa cómo se siente.

Que alguien te hable, te hace sentir menos sola.

Dirigir la palabra a alguien es una manera de incluir a esta persona, de decirle Te veo, Te tengo en cuenta, Reconozco tu presencia en este espacio.
Yo viví muchos años sin dirigirme al palabra.
Sin decirme: te veo, te tengo en cuenta, reconozco tu presencia y todo lo que representas. Al menos conscientemente. Inconscientemente sí que oía una voz en mi cabeza, pero ahora sé que no era mía. Era como si se me hubieran colado dentro de mi cerebro las palabras de mi madre, de las profes del colegio, del entorno en el que me movía y yo me sometía a esas demandas, esos juicios y esas amenazas. Esta voz que yo identifiqué conmigo, me exigía ser perfecta en mis acciones y complaciente en mis relaciones. ¿Para qué? me pregunté cuando empecé a cansarme de sus efectos sobre mi estado de ánimo. Y comprendí que la finalidad de esa voz era apaciguar mi miedo a ser rechazada y mi creencia de que si me ajustaba a las expectativas de los demás tenía asegurado un lugar entre ellos. Y todavía más, si demostraba ser tan  útil que me convertía en imprescindible, no me abandonarían nunca. Me costó muchos años descubrir que mi herida  de rechazo (es decir, mi miedo a ser rechazada) había condicionado todas mis relaciones sin que yo me enterase y había multiplicado por diez mi carácter ya de por sí  servicial y complaciente.  No había nada malo en tener estas características, pero al ponerlas al servicio de mi herida,  me olvidé de mí.  Ahora, con la perspectiva que me da el tiempo que ha transcurrido, he comprendido que aquella sensación de desamparo, de agotamiento y aquellos ataques de tristeza inusitados eran  consecuencia de vivir ignorándome. Y entiendo también por qué cualquier gesto o situación en la que me sintiese ignorada, me afectaba profundamente. Entonces mi disgusto era muy hondo, desproporcionadamente  doloroso, porque el supuesto desinterés de esta persona se añadía al mío propio.
Me llevó un tiempo entender que había ahí un rincón de mi ser que necesitaba atención y cuidados. Cuando empecé a ser conmigo  tan empática y atenta como lo era con los demás, desapareció el miedo al rechazo y al abandono, y ese cambio de actitud conmigo fue suficiente. No tuve que hacer nada más que hacerme caso, para dejar de atender patológicamente a todos olvidando mis propias necesidades.
Fue darme espacio , tiempo y atención y recuperé mi paz interna
Aquel desasosiego, aquella angustia que me habían acompañado durante años no eran más que la forma que tenía mi cuerpo de avisarme de que no estaba viviendo como deseaba. Como necesitaba y como merecía. Ahora veo que mis problemas de salud, que tanto me fastidiaban, eran mis aliados, pero no supe entender su idioma hasta que tuve una situación grave. Ahí la vida me paró en seco y me obligó a recapacitar: ¿Qué está pasando aquí? Mis creencias sobre el universo y sobre Dios hacían imposible que interpretara aquella enfermedad como un castigo.  Después de llorar la noticia del cáncer, respirarla y caminarla durante tres días seguidos, entendí que no solo no era un castigo sino todo lo contrario. Era un mensajero y tenía que escuchar su aviso, por angustiante que fuera la forma en que había elegido presentarse ante mí. Lo cierto es que si no se hubiese presentado de esa forma, no le habría prestado la atención que le presté y no habría iniciado un proceso de cuestionamiento de mi forma de vida en aquel momento. De hecho, me di cuenta de que ya había recibido ese mensaje con anterioridad, pero de formas más suaves y no les hice ni caso. O si vislumbré algo en algún momento, me duró pocos días el cambio de actitud. 
Así que el mensajero desagradable se convirtió en mi aliado. Hizo que me sintiese tan vulnerable, tan frágil, que me estrené en hablarme con amabilidad, ternura, comprensión, con un tono carente por completo de exigencia y cargado de empatía. Empecé a decirme cosas como Tienes derecho a estar como estás. Has recorrido un gran trecho para haber llegado hasta aquí y vivirlo como lo estás viviendo. Lo has hecho lo mejor que has podido con las herramientas que tenías en aquel momento y en el grado de conciencia en el que te hallabas.
Es decir, empecé a validar un pasado con el que nunca me había sentido del todo satisfecha. Inicié una amistad que sé que durará toda mi vida.
Así comienza cualquier amistad. Dirigiendo la mirada y la palabra al alguien.
No importa tanto lo que le digas, sino que le transmites: Te veo, te reconozco, tu presencia me importa, enriquece mi vida.
Hacerlo contigo te cambia la vida. 
A veces cuesta. Puede que la primera vez necesites un espejo en el que mirarte. Puede que te sientas cortada o incómoda, o que no sepas qué decirte. No importa.
Dentro de ti hay alguien esperando ser reconocida. Dale tiempo, dale paciencia si no te lo pone fácil.
Puede que lleve años esperándote y esté un poco enfadada. Puede que no se fíe de ti al principio. No te achiques. Tu sigue ahí, hasta que te sonría y te dé permiso para amarla como necesita. Para amarte como necesitas.
Será el principio de una amistad que durará toda la vida.
Y cada conversación honesta con ella te acercará más a tu verdad. Pues eso, dale cita pronto.

Marita Osés
13 mayo 2026