Por si prefieres escuchar en lugar de leer

Colaboració a "L'ofici de Viure"

Mi participación en “Violencias invisibles” El FOC

16.10.26

¿Debilitamos la relación cuando queremos tener la razón?

EL 3 de octubre pasado participé en el programa L’Ofici de Viure en torno al tema Imposar la raó, afeblir el vincle, en el que conversamos sobre cómo  imponer la razón debilita los vínculos con las personas. Gracias a él, recordé la importancia de tener presentes las pautas de la Comunicación No Violenta que tan acertadamente  formuló Marshall B. Rosenberg pues son una herramienta de oro para comunicarnos, sobre todo si la conversación es con alguien que nos importa. 

¿Qué ocurre para que, deseando la conexión con la persona que tengo delante, el resultado de la conversación sea alejarme de ella?

Ocurre que se nos cuela el ego. Como el ego  es una ficción que hemos creado, necesita tener la razón para autoafirmarse, para perpetuarse, para existir  y por ello  está siempre a la defensiva, en modo supervivencia. En este modo impera la regla:  “o ganas tú, o gano yo”, no hay un win-win ( es decir, una manera de llegar a un encuentro en el que los dos ganamos). En ese modo,  la persona no está emocionalmente disponible, sino únicamente en condiciones de conectar con sus estrategias de protección.

Cuando nos protegemos levantamos muros.

Si la conversación se convierte en: voy a ver cómo puedo derrumbar tu muro de protección, manteniendo el mío intacto, la conexión es imposible.  Creyendo que estamos conversando, en realidad hemos entrado en guerra. 

En cambio, cuando quien habla no es mi ego sino mi esencia, mi ser profundo  estoy comunicándome desde mí, desde mi perspectiva, pero no contra nadie.

En ese estado, reconozco que mi verdad es únicamente mi percepción particular, mi experiencia, entonces dejo espacio para la percepción y la experiencia del otro, aunque contradiga la mía. No se trata de que el otro esté equivocado, sino de que ve o vive lo mismo de otra manera. Con los datos o las experiencias de vida que ha tenido,  ha llegado a una conclusión determinada y comprendo que con mis datos y experiencias de vida, he llegado a conclusiones/ razones distintas a las suyas. Al final, el otro (o yo) no cambiará su opinión porque mis argumentos le ganen o sean más poderosos sino porque se siente lo suficientemente seguro  conmigo como para reconsiderar su posición, sin que ello afecte a nuestra relación, ni a su vulnerabilidad, ni por supuesto, a su dignidad.

El ser humano tiende a humillar al vencido.

Y aquí no se trata de vencedores y vencidos, sino de perspectivas diferentes que no tienen por qué ser excluyentes, sino que pueden llegar a enriquecerse entre sí. Con frecuencia, la rigidez, el mantenernos en nuestra posición a toda costa es un signo de inseguridad. De aquí no me muevo, no sea que me tumben. Y eso suele ocurrir cuando estamos tan identificados con nuestra opinión (nuestros pensamientos) que cuando alguien nos demonta nuestra opinión nos parece que nos han derrotado a nosotros.

Eres mucho más que tu opinión, y cambiar de opinión es de sabios, entre otras cosas, porque en muchas ocasiones, implica ampliar tu visión, enriquecerla con perspectivas o aspectos que no habías sido capaz de ver hasta ese momento.

Un pensamiento diferente al mío no tiene por qué excluirlo. Es el ego el que necesita aniquilarlo para asegurarse la “victoria”. Y ¿qué victoria consigues, si implica romper la relación con esta persona?

¿Qué quieres? ¿Tener razón o ser feliz?

Lo que más daño hace a la hora de conversar es creer que mi forma de ver/vivir las cosas es la correcta, “lo normal”. Esa creencia hace que no entendamos cómo el otro no puede ver las cosas como yo. Que sea la mejor alternativa desde tu punto de vista, no significa que tenga que serlo para otras personas. Y ¿qué hace nuestro ego?  El ego habla desde arriba, desde la superioridad moral, restando importancia e interés a todo lo que no sea su perspectiva, desautoriza las otras opciones, intenta derrotarlas y puede llegar a ridiculizarlas , haciendo que la persona que no  piensa como él se sienta pequeña, ignorada o vencida, solo porque él ha sabido argumentar sus razones mejor que ella. Esto es lo que debilita el vínculo. Piensa. ¿Qué es lo que fortalece una relación? Sentirme segura con esta persona, sentir que le importo, que puedo ser yo y expresarme sin sentirme juzgada o entrar en una competición por quien tiene la razón y que me ve y que no intenta invisibilizarme rechazando mi percepción con sus razones.

Cuando queremos imponer nuestra razón estamos haciendo lo contrario.

Me pregunto dónde se originó esta necesidad de imponer nuestra razón. ¿Puede ser que se generase durante nuestra infancia? Fue una etapa en la que, con mayor o menor intensidad,  los adultos nos impusieron su voluntad y su opinión, desde su situación de superioridad. Su experiencia, su edad, el lugar jerárquico que ocupan dentro del  sistema familiar legitima a los adultos a imponer su razón, por encima de las razones que el niño o la niña puedan alegar. Y podría ser que ese patrón quede en grabado en nosotros y lo repetimos luego en nuestra edad adulta, resarciéndonos de aquella época en la que no teníamos ninguna autoridad.

Imponer nuestra razón es un acto de fuerza. Utilizar la fuerza implica que el otro se sienta inseguro, poco respetado, incluso agredido. Y es ahí donde el vínculo se ve debilitado.

Para que esto no ocurra la regla más básica es escuchar sin estar pensando en lo que vas a contestar. SOLO escuchar. Eso es imprescindible para 1) comprender y 2) para ir más allá de las palabras que estás escuchando y desvelar los sentimientos que están intentando transmitir.

Prestar toda tu atención a lo que el otro está diciendo evita que se cuele el ego en la conversación. 

Lo que propone la CNV es hacer un esfuerzo de objetividad, es decir, que nuestra actitud sea de alguien que observa la situación sin implicarse. Eso nos ayuda a describir los hechos de manera objetiva, sin juicios, evaluaciones, críticas o etiquetas. (“Habíamos quedado a las 7 y has llegado a las 8 menos cuarto”). Luego identificar y expresar qué emoción o estado de ánimo nos ha provocado esa situación hablando en primera persona (“Me siento ofendida, frustrada, enfadada por haber tenido que esperarte ¾ de hora, porque he corrido mucho para llegar puntual…”). A continuación reconocer las necesidades o valores que se han visto insatisfechos  o que están detrás de esas emociones (“ Siento que no valoras mi tiempo”, “no te importo”, “no me valoras”). Y finalmente hacer una petición clara, concreta, realizable y en un lenguaje positivo  orientada a enriquecer la vida o resolver el conflicto sin exigencias (“Cuando quedes conmigo calcula que vendrás ½ más tarde y dímelo desde el principio”. O bien “Te aviso de que vendré media hora más tarde de lo que quedemos”). La empatía ha de estar presente en uno mismo (reconociendo deseos y necesidades propios) y con el otro prestándole toda la atención para captar cuales son las emociones y necesidades que hay detrás de sus palabras y sin formular reproches ni adoptar una postura defensiva. Ceñirse al momento y no generalizar con expresiones como “tú siempre” o “tú nunca” que desacreditan la totalidad de las conductas del interlocutor y no se centran en la que ha provocado el conflicto. 

Releo el párrafo anterior y me doy cuenta de que es imposible tener en cuenta todo esto cuando vamos con prisas. Necesitamos parar, resituarnos, bajar revoluciones. Cada uno bajará revoluciones a su manera. Unos  se irán a caminar o a correr, otros bailarán, harán deporte o cantarán... Lo que está al alcance de todos es respirar hasta que nuestro sistema nervioso se regule. Respirar conscientemente nos ayuda a conectar con nosotros mismos y a desconectar con el ruido exterior. Seamos conscientes o no de ello, el ritmo que llevamos, por lo menos en las grandes ciudades, es muy estresante y eso tiene su impacto directo en nuestro sistema nervioso.

Si tu sistema nervioso está acelerado (eso es muy fácil que suceda) es mucho más probable que estés a la defensiva y que, por lo tanto, intentes imponer tu razón, sin tomarte tu tiempo ya no para plantearte  el punto de vista de tu interlocutor, sino ni siquiera para escucharlo.

Por lo tanto, y para cerrar esta reflexión, mi propuesta para este otoño es la lentitud: ir despacio, bajar el ritmo, darnos tiempo para estar emocionalmente disponibles antes de las conversaciones, sobre todo con las personas con las que tenemos un vinculo afectivo importante.

Porque esos vínculos afectivos son los que sostienen nuestra existencia, y sería una lástima que estuviésemos debilitándolos, sin ser conscientes de ello.

Marita Osés

16 octubre 2026


16.9.26

MIRADAS QUE CONSTRUYEN

 He tenido la suerte de poder viajar y hacer amistades en el extranjero y durante años, antes de que existieran las redes, mantuve estas relaciones de forma epistolar; me ha encantado siempre escribir cartas y recibirlas. Ir a correos o comprar sellos era una actividad casi cotidiana para mí y realizaba con devoción el ritual de doblar la carta una vez escrita, meterla en el sobre, cerrarlo humedeciendo los bordes de la lengüeta posterior y estampando el sello tras escribir  la dirección con tota la claridad que mi mala letra me permitía. Testigo del entusiasmo con que siempre he recibido el correo, mi marido, unos meses antes de mi 50 cumpleaños, envió un mensaje a todas las personas cuya dirección tenía pidiéndoles que me escribieran una carta con motivo de mi cincuenta aniversario y se la enviaran a su email o a su dirección postal profesional. Así pues, aquel 4 de febrero por la mañana, sin que yo me lo esperase, me entregó un saco de cartas y tuve una de las experiencias emocionales más intensas de mi vida: Las cartas venían cargadas de afecto y una no está acostumbrada a recibir tanto amor de golpe. 

Una de ellas era anónima. Su autora se había enterado por casualidad de aquella propuesta de mi marido y decidió escribirme sin darse a conocer.  Me contaba que era una compañera de los primeros años de colegio, que se sentaba unas filas más atrás. Hablaba de mí como una niña con gran personalidad, conciliadora, muy responsable y a la vez divertida, valiente y sobre todo asertiva y daba ejemplos concretos que avalaban aquellas afirmaciones. No me reconocí en absoluto y no tengo memoria de mi infancia así que las anécdotas también me sonaron ajenas. Acabé de leer la carta completamente convencida de que se había equivocado de persona, es decir,  que hablaba de otra compañera. Mi recuerdo de mi misma era de una niña tímida, insegura, que se empequeñecía frente a otras más audaces o cuando le preguntaban en clase, que se ponía colorada como un tomate cuando oía pronunciar su nombre, vergonzosa, hipersensible y, eso sí, muy aplicada. Releí la carta varias veces escudriñando cada detalle en busca de algún rasgo que delatase a la autora para poder ponerme en contacto con ella, pero no hubo manera. Contenta por lo bonito de la historia, pero con cierta pena por no haber podido reconocerme en aquella niña que el texto describía, archivé la carta con todas las demás, haciendo caso a la misteriosa autora que me venía a decir: “No te preocupes por averiguar mi identidad, si tenemos que encontrarnos algún día, nos encontraremos.” De esto hace 17 años y a lo largo de este tiempo he vuelto a leer la carta en varias ocasiones. En algún momento de crisis me obligué a creer en esa esa colegiala fuerte, determinada y justa y en otros momentos de mayor confianza en mí me permití identificarme con la esencia de aquella niña que, en un primer momento, me había parecido una auténtica desconocida. Su imagen fue haciéndoseme cada vez más cercana, más familiar, hasta que reconocí en aquella niña a la mujer que, muchísimos años después,  disfrutaría acompañando a personas en sus procesos de crecimiento.

Lo que quiero subrayar con esta historia es la importancia de que alguien nos mire con buenos ojos para descubrir aquellas cualidades nuestras que somos incapaces de ver. Y viceversa: la esponsabilidad de cada uno, de mirar con ojos limpios a los demás para que nuestras heridas y condicionamientos no nos impidan ver sus aspectos luminosos, su luz.

Es responsabilidad de cada uno mirar con ojos limpios a los demás.

Eran mis propias heridas las que no me permitían verme íntegramente. De niña, yo me había hecho una imagen muy pobre de mí misma,  y descubrir que alguien me había visto con otros ojos, me desveló el inmenso desfase que puede haber entre la percepción  propia y la percepción que tienen otras personas, o entre cualquier percepción, propia o ajena y la realidad. 

El mes de septiembre se presta a inaugurar etapa, hayas o no hayas hecho las vacaciones que necesitabas. Es un buen  momento para dilucidar qué percepción tengo de mi misma y cotejarla con la imagen que me devuelven otras personas. 

Porque según cómo te percibas, vas a emprender tu camino con una actitud o con otra. 

Y ya sabemos cuán importante es la actitud para llegar a destino. 

Dice Eckhart Tolle en su libro Un mundo nuevo ahora:

“Tienes una imagen mental no sólo de quién es la otra persona, sino también de quién eres tú, (...). Así que TU no te estás relacionando  con esa persona, sino que QUIEN TU PIENSAS QUE ERES se está relacionando con QUIEN TU PIENSAS QUE ES la otra persona y viceversa. La imagen conceptual de ti que tu mente ha creado, se está relacionando con OTRA CREACION DE TU MENTE, que es la imagen que se ha hecho de la otra persona.”

Todo este lío en el que se enreda nuestra mente, va en detrimento de la autenticidad en las relaciones, que es lo que todos necesitamos y valoramos. 

Por eso, propongo que este septiembre, hagamos limpieza de la imagen mental que tenemos de nosotros mismos y dejemos entrar rasgos que están ahí pero  que, por la razón que sea, no somos capaces de reconocer.

Que estemos atentos  y logremos tener una percepción de nosotros (y de los otros) en la que no haya juicio, sino búsqueda de la luz que está presente en todo ser humano.

Marita Osés

Septiembre 2026