16.9.26

MIRADAS QUE CONSTRUYEN

 He tenido la suerte de poder viajar y hacer amistades en el extranjero y durante años, antes de que existieran las redes, mantuve estas relaciones de forma epistolar; me ha encantado siempre escribir cartas y recibirlas. Ir a correos o comprar sellos era una actividad casi cotidiana para mí y realizaba con devoción el ritual de doblar la carta una vez escrita, meterla en el sobre, cerrarlo humedeciendo los bordes de la lengüeta posterior y estampando el sello tras escribir  la dirección con tota la claridad que mi mala letra me permitía. Testigo del entusiasmo con que siempre he recibido el correo, mi marido, unos meses antes de mi 50 cumpleaños, envió un mensaje a todas las personas cuya dirección tenía pidiéndoles que me escribieran una carta con motivo de mi cincuenta aniversario y se la enviaran a su email o a su dirección postal profesional. Así pues, aquel 4 de febrero por la mañana, sin que yo me lo esperase, me entregó un saco de cartas y tuve una de las experiencias emocionales más intensas de mi vida: Las cartas venían cargadas de afecto y una no está acostumbrada a recibir tanto amor de golpe. 

Una de ellas era anónima. Su autora se había enterado por casualidad de aquella propuesta de mi marido y decidió escribirme sin darse a conocer.  Me contaba que era una compañera de los primeros años de colegio, que se sentaba unas filas más atrás. Hablaba de mí como una niña con gran personalidad, conciliadora, muy responsable y a la vez divertida, valiente y sobre todo asertiva y daba ejemplos concretos que avalaban aquellas afirmaciones. No me reconocí en absoluto y no tengo memoria de mi infancia así que las anécdotas también me sonaron ajenas. Acabé de leer la carta completamente convencida de que se había equivocado de persona, es decir,  que hablaba de otra compañera. Mi recuerdo de mi misma era de una niña tímida, insegura, que se empequeñecía frente a otras más audaces o cuando le preguntaban en clase, que se ponía colorada como un tomate cuando oía pronunciar su nombre, vergonzosa, hipersensible y, eso sí, muy aplicada. Releí la carta varias veces escudriñando cada detalle en busca de algún rasgo que delatase a la autora para poder ponerme en contacto con ella, pero no hubo manera. Contenta por lo bonito de la historia, pero con cierta pena por no haber podido reconocerme en aquella niña que el texto describía, archivé la carta con todas las demás, haciendo caso a la misteriosa autora que me venía a decir: “No te preocupes por averiguar mi identidad, si tenemos que encontrarnos algún día, nos encontraremos.” De esto hace 17 años y a lo largo de este tiempo he vuelto a leer la carta en varias ocasiones. En algún momento de crisis me obligué a creer en esa esa colegiala fuerte, determinada y justa y en otros momentos de mayor confianza en mí me permití identificarme con la esencia de aquella niña que, en un primer momento, me había parecido una auténtica desconocida. Su imagen fue haciéndoseme cada vez más cercana, más familiar, hasta que reconocí en aquella niña a la mujer que, muchísimos años después,  disfrutaría acompañando a personas en sus procesos de crecimiento.

Lo que quiero subrayar con esta historia es la importancia de que alguien nos mire con buenos ojos para descubrir aquellas cualidades nuestras que somos incapaces de ver. Y viceversa: la esponsabilidad de cada uno, de mirar con ojos limpios a los demás para que nuestras heridas y condicionamientos no nos impidan ver sus aspectos luminosos, su luz.

Es responsabilidad de cada uno mirar con ojos limpios a los demás.

Eran mis propias heridas las que no me permitían verme íntegramente. De niña, yo me había hecho una imagen muy pobre de mí misma,  y descubrir que alguien me había visto con otros ojos, me desveló el inmenso desfase que puede haber entre la percepción  propia y la percepción que tienen otras personas, o entre cualquier percepción, propia o ajena y la realidad. 

El mes de septiembre se presta a inaugurar etapa, hayas o no hayas hecho las vacaciones que necesitabas. Es un buen  momento para dilucidar qué percepción tengo de mi misma y cotejarla con la imagen que me devuelven otras personas. 

Porque según cómo te percibas, vas a emprender tu camino con una actitud o con otra. 

Y ya sabemos cuán importante es la actitud para llegar a destino. 

Dice Eckhart Tolle en su libro Un mundo nuevo ahora:

“Tienes una imagen mental no sólo de quién es la otra persona, sino también de quién eres tú, (...). Así que TU no te estás relacionando  con esa persona, sino que QUIEN TU PIENSAS QUE ERES se está relacionando con QUIEN TU PIENSAS QUE ES la otra persona y viceversa. La imagen conceptual de ti que tu mente ha creado, se está relacionando con OTRA CREACION DE TU MENTE, que es la imagen que se ha hecho de la otra persona.”

Todo este lío en el que se enreda nuestra mente, va en detrimento de la autenticidad en las relaciones, que es lo que todos necesitamos y valoramos. 

Por eso, propongo que este septiembre, hagamos limpieza de la imagen mental que tenemos de nosotros mismos y dejemos entrar rasgos que están ahí pero  que, por la razón que sea, no somos capaces de reconocer.

Que estemos atentos  y logremos tener una percepción de nosotros (y de los otros) en la que no haya juicio, sino búsqueda de la luz que está presente en todo ser humano.

Marita Osés

Septiembre 2026





19.6.26

DETALLES


Veo  el autobús señalando con sus luces intermitentes que va a incorporarse a la circulación, a punto de cerrar sus puertas.

La última persona que está subiendo se detiene al verme correr para no perderlo. Tiene un pie en la escalerilla y otro en la calzada y me sonríe. Llego acalorada de haber corrido para alcanzarlo. Le doy las gracias. En otras ocasiones es el conductor el que me ha visto correr por el espejo retrovisor y me ha esperado. No he tenido que pedirlo. Estas personas simplemente se han puesto en mi lugar y han hecho lo que les habría gustado que hicieran con ellas. Detalles insignificantes, que pueden cambiar tu estado de ánimo para el resto del día.

En la cola para pagar en el supermercado tengo delante una mujer con un carro a rebosar. Yo llevo solo un artículo, tengo prisa, pero me parece que esta persona también está apresurada. Me mira y me dice: “Pasa si quieres.” Se lo agradezco. Salgo del supermercado con una sensación de ligereza, más blanda por dentro. Alguien que ni siquiera conozco ha pensado por un instante en mí y me ha evitado esperar un buen rato, de forma gratuita. Estaba en su derecho de no dejarme pasar, pues había llegado a la caja del supermercado antes que yo. El no hacerme ese favor, no la convierte en una mala persona, ni mucho menos. Pero al hacerlo, crea una pequeña conexión entre ambas, y una vibración distinta en mí y en ella. Es la vibración de la conciencia del otro.

Es vivir presente no sólo en ti, sino también en tu entorno, no metido en tu propia cueva y ajeno a todo lo demás, sino consciente de los que te rodean, como una red de la que formas parte y en la que unos y otros nos influimos.  Lo interesante es que la influencia puede ser positiva o negativa. Eso lo decides tú. ¿Cómo? Teniendo detalles que aligeran, alegran, facilitan las vidas ajenas, y no reaccionando negativamente cuando la actuación del otro no es la que me esperaba o me perjudica.

En la oficina, voy a la máquina de bebidas calientes a media mañana. Encuentro a un compañero que acaba de apretar el botón del café.  Una vez lleno el vaso, aparece una señal luminosa indicando que se ha acabado el café. Chasqueo la lengua, mostrando mi disgusto y él me tiende su vaso. “Toma, a mí me gusta también el chocolate caliente.” Y se pide un chocolate. No tiene por qué hacerlo, pero lo hace. 

Si estamos atentos, hay innumerables ejemplos de detalles que no cuestan ningún esfuerzo, y cuyo impacto en la persona que los ofrece y en la que los recibe es enorme.

Solo hay que estar atentos y abiertos en lugar de ir por la vida ensimismados y atrincherados en nuestras defensas.

Las personas que se comportan teniendo en cuenta al que está a su lado, demostrándole que les importa su bienestar, encuentran gratificación en ser así.

El secreto está, pues, en encontrar gozo en el hecho de tener detalles con el prójimo, en que no sea un sacrificio renunciar a tu café, sino un gusto poder ofrecérselo a otra persona. Alegrarse con la alegría del otro, sea quien sea ese otro.

Cuando se trata de un ser querido, es fácil sentir placer cuando le haces feliz. En parte porque un ser querido es como si fueras tú mismo o parte de ti. ¿Cómo hacer para que el gozo de cualquier persona sea también mi gozo? Pararme a sentir y a percibir que nos une el hilo de nuestra propia humanidad que nos hermana y nos iguala. El otro es parte de ti. El otro es un ser humano igual que tú. Tiene deseos y necesidades que lo configuran como a ti. 

Básicamente todos queremos ser felices. La plenitud es un anhelo irrenunciable de todo ser humano.

No está fuera de nosotros sino dentro, no como algo que podamos obtener sino como algo que activamos cuando amamos, pues eso es lo que somos.

Si somos expresiones de Dios, hijos de Dios, somos plenitud.

Cuando no lo vemos, es porque estamos identificados con nuestro yo pequeñito, el que está ocupado únicamente en subir al autobús, pagar cuanto antes  en el supermercado y tomarse su café. Independientemente de lo que ocurra a su alrededor. Esta identificación con el yo pequeño es la fuente de nuestra ignorancia que junto con las experiencias de dolor, hace que nuestra vida gire exclusivamente en tono a nuestras necesidades. Y perdemos de vista al prójimo. Si logramos acallar al yo pequeño, instalado en nuestra mente, nos damos cuenta que hay Alguien que vela por nosotros través de otras personas y a través de uno mismo.

¿Puedo colaborar en la consecución de ese deseo común a cualquier ser humano?  
¿Puedo vivir de manera que hacerlo me haga feliz también a mi?

Es una decisión que ha de tomar cada uno. Y solo podemos convencernos probándolo.  Atrevernos a experimentarlo y comprobar qué pasa con nuestra vida y con la de los otros.

Me encontré con este texto hace poco: “Se me mostró una gran puerta muy pesada y difícil de abrir porque sus goznes estaban muy duros. Entonces vi cómo se ponían unas gotitas de aceite en los goznes y la puerta se fue abriendo poco a poco, hasta que al final, el más ligero toque con un solo dedo bastaba para abrirla. Oí estas palabras: “Utiliza cada vez más el aceite del amor, porque el amor es lo que hace ceder. El amor siempre se abre paso. Abre tu corazón y que el amor fluya con libertad.”

Me llevó a reflexionar: ¿En qué partes de mi vida puedo poner más amor? ¿Qué puertas son difíciles de abrir y necesitan esas gotitas de aceite –esos pequeños detalles- en las bisagras?

AHORA puede ser el momento de poner más amor en tu relación de pareja, con tu hijo, tu hermano, tu amigo. Puede ser el momento de poner más amor en tus propias heridas, sin esperar a que otros vengan a salvarte o a sanarlas.

El amor no necesita grandes gestos ni proezas. El amor está en los detalles.

💫En el contexto de un curso de pareja que estoy siguiendo, el reto del mes es escribir a diario una nota en algún lugar sorpresa, en la cual agradecemos algo, expresamos lo que nos gusta o hacemos un comentario cuyo centro sea la otra persona, su forma de ser o actuar. Es una nota muy corta, cabe en un post it, pero su contenido puede ser muy poderoso y abrirte el corazón. Nos hemos dicho cosas bonitas, profundas, alegres, cotidianas, divertidas… Hacerlo a diario y no como algo espontáneo que te surge en un momento de intensidad emocional nos ha dado mucha solidez y lo ha convertido en una responsabilidad que cumples con gusto porque sabes el impacto tan positivo que tiene en ambos. Me hace bien escribir la nota y me hace bien recibirla. Escribirla te obliga a parar, tomar conciencia, interiorizar lo que has vivido o estás viviendo, observar lo que el otro ES y HACE, sin juicio, y rescatar lo que más te gusta o agradecer eso que te has parado a observar y que quizás durante mucho tiempo habías dado por sentado. Crea conexión, complicidad, presencia. Encontrarte la nota en la cartera, debajo del móvil o de la almohada o pegada en el espejo del baño o en la mesita de noche te hace detenerte para leerla y conectar con quien la envía.

🤔Me ha llevado a pensar si somos capaces de ver la cantidad de “notas” que nuestro Dios nos manda a diario. SI  nos paramos a identificar todas las señales que muestran que vela por nosotros, que está pendiente y orienta nuestras vidas a través de lo que nos ocurre en el día a día. Los hechos son el lenguaje de Dios. Muchas veces, hasta que no me recluyo en el silencio de la oración no tomo conciencia de ellos, ni reconozco su presencia constante en mi vida. ¿Qué me está ocurriendo ahora? ¿Cómo lo interpreto si me creo que es una nota de Dios, una forma de hablarme, de hacerse presente para que me sienta acompañada? ¿Confío en que está interesado en mantener viva la conexión conmigo y que hace todo lo posible para lograrlo?

¿Dónde pongo mi atención a lo largo del día para descubrir las “notas” de Dios? Para hacerme consciente de su presencia, de su atención, de su intención, de su Espíritu actuando en mi vida.

🙏Si me creo que él es el origen de todo y que de Él procede todo, cuando me siento por ejemplo a la mesa a comer, puedo detenerme un instante antes de empezar y sentir la gratitud por todo lo que ha tenido que suceder para que el alimento llegue hasta mi plato. Si recibo una sonrisa, un abrazo, una mano tendida, puedo interiormente remontarme hasta Él y agradecérselo, si de verdad creo que de  Él proceden todas las cosas.  Incluso cuando recibo una adversidad que me obliga a poner los pies en la tierra o a darle la vuelta a mi perspectiva inicial , confiar en que eso es para mi bien y ver una ventana abierta donde se me  había cerrado una puerta.  Se trata de no quedarse ahí, en los hechos, sino de ir más allá y preguntar: “ ¿Qué quieres decirme con esto?” Y a continuación,  actuar en consecuencia. No perderme en los “por qués”, sino confiando en que hay un  “para qué” de lo que esta sucediéndome y eso me encaminará a la acción adecuada.

Que es siempre una acción alimentada por el amor: 
amor al prójimo, amor a mí misma, que son las maneras concretas y humanas de amar a Dios.

 

Marita Osés

Junio 2026