22.5.26

Una amistad para siempre

Imagínate que estás en una fiesta o en una reunión de gente en la que no conoces a nadie. No te sientes muy segura y escaneas el espacio buscando un rincón en el que puedas estar cómoda.

Estás un poco nerviosa. Alguien se te acerca y te saluda. Se presenta y te dice lo que está haciendo allí y te confiesa cómo se siente.

Que alguien te hable, te hace sentir menos sola.

Dirigir la palabra a alguien es una manera de incluir a esta persona, de decirle Te veo, Te tengo en cuenta, Reconozco tu presencia en este espacio.
Yo viví muchos años sin dirigirme al palabra.
Sin decirme: te veo, te tengo en cuenta, reconozco tu presencia y todo lo que representas. Al menos conscientemente. Inconscientemente sí que oía una voz en mi cabeza, pero ahora sé que no era mía. Era como si se me hubieran colado dentro de mi cerebro las palabras de mi madre, de las profes del colegio, del entorno en el que me movía y yo me sometía a esas demandas, esos juicios y esas amenazas. Esta voz que yo identifiqué conmigo, me exigía ser perfecta en mis acciones y complaciente en mis relaciones. ¿Para qué? me pregunté cuando empecé a cansarme de sus efectos sobre mi estado de ánimo. Y comprendí que la finalidad de esa voz era apaciguar mi miedo a ser rechazada y mi creencia de que si me ajustaba a las expectativas de los demás tenía asegurado un lugar entre ellos. Y todavía más, si demostraba ser tan  útil que me convertía en imprescindible, no me abandonarían nunca. Me costó muchos años descubrir que mi herida  de rechazo (es decir, mi miedo a ser rechazada) había condicionado todas mis relaciones sin que yo me enterase y había multiplicado por diez mi carácter ya de por sí  servicial y complaciente.  No había nada malo en tener estas características, pero al ponerlas al servicio de mi herida,  me olvidé de mí.  Ahora, con la perspectiva que me da el tiempo que ha transcurrido, he comprendido que aquella sensación de desamparo, de agotamiento y aquellos ataques de tristeza inusitados eran  consecuencia de vivir ignorándome. Y entiendo también por qué cualquier gesto o situación en la que me sintiese ignorada, me afectaba profundamente. Entonces mi disgusto era muy hondo, desproporcionadamente  doloroso, porque el supuesto desinterés de esta persona se añadía al mío propio.
Me llevó un tiempo entender que había ahí un rincón de mi ser que necesitaba atención y cuidados. Cuando empecé a ser conmigo  tan empática y atenta como lo era con los demás, desapareció el miedo al rechazo y al abandono, y ese cambio de actitud conmigo fue suficiente. No tuve que hacer nada más que hacerme caso, para dejar de atender patológicamente a todos olvidando mis propias necesidades.
Fue darme espacio , tiempo y atención y recuperé mi paz interna
Aquel desasosiego, aquella angustia que me habían acompañado durante años no eran más que la forma que tenía mi cuerpo de avisarme de que no estaba viviendo como deseaba. Como necesitaba y como merecía. Ahora veo que mis problemas de salud, que tanto me fastidiaban, eran mis aliados, pero no supe entender su idioma hasta que tuve una situación grave. Ahí la vida me paró en seco y me obligó a recapacitar: ¿Qué está pasando aquí? Mis creencias sobre el universo y sobre Dios hacían imposible que interpretara aquella enfermedad como un castigo.  Después de llorar la noticia del cáncer, respirarla y caminarla durante tres días seguidos, entendí que no solo no era un castigo sino todo lo contrario. Era un mensajero y tenía que escuchar su aviso, por angustiante que fuera la forma en que había elegido presentarse ante mí. Lo cierto es que si no se hubiese presentado de esa forma, no le habría prestado la atención que le presté y no habría iniciado un proceso de cuestionamiento de mi forma de vida en aquel momento. De hecho, me di cuenta de que ya había recibido ese mensaje con anterioridad, pero de formas más suaves y no les hice ni caso. O si vislumbré algo en algún momento, me duró pocos días el cambio de actitud. 
Así que el mensajero desagradable se convirtió en mi aliado. Hizo que me sintiese tan vulnerable, tan frágil, que me estrené en hablarme con amabilidad, ternura, comprensión, con un tono carente por completo de exigencia y cargado de empatía. Empecé a decirme cosas como Tienes derecho a estar como estás. Has recorrido un gran trecho para haber llegado hasta aquí y vivirlo como lo estás viviendo. Lo has hecho lo mejor que has podido con las herramientas que tenías en aquel momento y en el grado de conciencia en el que te hallabas.
Es decir, empecé a validar un pasado con el que nunca me había sentido del todo satisfecha. Inicié una amistad que sé que durará toda mi vida.
Así comienza cualquier amistad. Dirigiendo la mirada y la palabra al alguien.
No importa tanto lo que le digas, sino que le transmites: Te veo, te reconozco, tu presencia me importa, enriquece mi vida.
Hacerlo contigo te cambia la vida. 
A veces cuesta. Puede que la primera vez necesites un espejo en el que mirarte. Puede que te sientas cortada o incómoda, o que no sepas qué decirte. No importa.
Dentro de ti hay alguien esperando ser reconocida. Dale tiempo, dale paciencia si no te lo pone fácil.
Puede que lleve años esperándote y esté un poco enfadada. Puede que no se fíe de ti al principio. No te achiques. Tu sigue ahí, hasta que te sonría y te dé permiso para amarla como necesita. Para amarte como necesitas.
Será el principio de una amistad que durará toda la vida.
Y cada conversación honesta con ella te acercará más a tu verdad. Pues eso, dale cita pronto.

Marita Osés
13 mayo 2026

27.4.26

LIBROS ¿PARA QUÉ?

Este año, con motivo de Sant Jordi, el día del libro ,me he centrado más en el objeto, que en el significado de este día. ¿Qué es un libro? Un refugio, una huida, un compañero, un amigo,  una obsesión, un maestro…y mil cosas más. Una ventana al mundo. Al mundo exterior y al mundo interior. A otros paisajes, modos de vida, costumbres. A otros estados de ánimo, percepciones y  sentimientos que no habíamos conocido antes, o a los que no habíamos puesto palabras.

¿Qué me ofrece un libro? Me ayuda a salir de mi misma y de mis esquemas mentales o a entrar en mi misma y reconocerlos.

 ¿Qué me roba un libro? Un libro me roba tiempo. O me regala un tiempo de disfrute, de desarrollo intelectual, de cuestionamiento, de aprendizaje. Un libro me roba horas de sueño o me invita a soñar en otros idiomas, códigos y colores diferentes a los que constituyen mi cotidianidad.

 ¿Qué me aporta? ¿Qué cambia en mí? ¿Me puede transformar la lectura de un texto, de un párrafo, de una línea …de una sola palabra? En mi caso, rotundamente sí.

Hay frases que se me han clavado en el corazón. Otras que se me han quedado prendidas en el alma y me han empezado a transformar por dentro.

Ya sea por sintonía con ellas  o por desencuentro, por desacuerdo. Puedo leer algo tan alejado de mi propia percepción que me resulte chocante constatar que otra persona –en este caso el escritor- pueda tener una experiencia tan distinta de la mía. Pero si está bien expresada, puedo incluso aceptarla como válida o que me resulte imposible ignorarla.  Puede ser que la ignore para seguir viviendo como hasta el momento en que la leí y resistirme a la transformación, pero también puede ser que me empuje  a cambiar.

También puede ocurrir que lo que leo sea la expresión exacta de lo que me ocurre por dentro o de lo que pienso o siento. En este caso, la satisfacción es inmensa, una gratitud por el hecho de que alguien haya encontrado las palabras exactas para describir algo que yo conocía pero no había conseguido formular.

Ese momento de compenetración absoluta con el escritor es de una gran intensidad, de plenitud emocional.

Reconozco mi humanidad en la suya y su humanidad en la mía,  me recuerda que todos somos lo mismo manifestándose de formas distintas.

🌹Cuando penetro en la intimidad de un personaje y resuena conmigo, me hace de espejo, me ayuda a reconocerme y a conocerme.

📙Cuando entro en un relato en el que las normas sociales son distintas a las que he mamado, me sorprendo, cuestiono las mías, les doy la vuelta y en alguna ocasión, doy un salto cuántico en mi forma de encarar la vida porque me aportan una novedad enriquecedora. 

🌹Cuando admiro a un personaje por su forma de actuar, me motiva a crecer en esa dirección, y me pegunto qué habría hecho yo en esa situación. 

Hay libros que literalmente me han secuestrado.
Mi mundo real desaparece mientras leo y la ficción se convierte en mi realidad durante el tiempo que tengo el libro entre mis manos. El último que lo hizo fue Hamnet de Maggie O’ Farrell. Cuando lo dejaba, sentía que me deslizaba por un tobogán, caía de golpe en mi realidad  y me costaba salir del siglo XVI de la  Inglaterra isabelina, para aterrizar bruscamente en la Barcelona del siglo XXI. La inmediatez del móvil y del mundo digital se me hacía extraña, después de haber experimentado la necesidad ineludible de ir caminando, o corriendo o a caballo a los sitios para comunicar una noticia urgente y el ritmo de vida necesariamente lento de aquella época de la historia.

Cuando leo de novelas históricas siento en mi propia piel las injusticias cometidas contra las mujeres. 

Más que en mi propia piel, en mis entrañas. Como si un hilo invisible me uniese a todas esas mujeres. Como algo grabado a fuego que sigue condicionando mi actitud frente al mundo  y frente al patriarcado. Entonces el libro es como un puente gigante que me vincula con ellas. Otros hombres y otros libros nos convencieron  de que los mejores eran los más fuertes y no los que mejor colaboraban. De que los seres humanos distintos a nosotros eran enemigos y rivales.  De ahí  nació el instinto letal de eliminarlos o someterlos, en lugar de averiguar en qué aspectos podíamos complementarnos. Parecía que la historia de la humanidad estaba llegando a  comprender que vale más sumar con el otro que vencerlo, que darse la mano es imprescindible para avanzar, que la violencia solo engendra más violencia. Pero a día de hoy no es así. Y me pregunto qué está pasando.

El libro más vendido de todos los tiempos, la Biblia, empieza con el Antiguo Testamento en el que se habla de pueblos en lucha y de la existencia de un  Dios cruel y vengativo , pero acaba con el Nuevo Testamento en el que Dios se nos muestra como alguien manso,  no violento, compasivo y misericordioso y se ofrece como modelo a seguir para nosotros los humanos. La actualidad de abril de 2026, recuerda la del Antiguo Testamento, a un mundo enloquecido y salpicado de guerras.

Tenemos  la oportunidad de pararnos y reflexionar qué humanidad queremos y qué estamos dispuestos  a hacer para conseguirlo.

Ojalá que los libros que leamos, nos ayuden a caminar en la dirección de la paz. La paz interna y la paz externa.

Feliz día del Libro.🌹📗


Marita Osés

Abril 2026