27.3.26

Envejecer

 
La semana pasada me paré a saludar a unos conocidos que no veía hacía años,  y a la pregunta ¿Cómo te va?, respondí sin pensarlo: Pues mira, envejeciendo…. Antes de que pudiera pronunciar la palabra bien, me miraron con reproche y me respondieron: Mujer, ¡qué negativa! ¡No te lo tomes así! Me sorprendió su reacción porque, en mi caso, envejecer está siendo una experiencia increíblemente rica.
Sin duda, como todo lo que tiene que ver con la existencia humana, el proceso de envejecer tiene aspectos mejores y peores.
Pero, de ninguna manera lo estoy viviendo como algo negativo, por inexorable que sea. Existe – es cierto- ese deterioro físico que se materializa de múltiples maneras, la pérdida  de aptitudes cognitivas, una merma indiscutible de la energía disponible. Pero aparece la posibilidad de compensar la pérdida de aptitudes con una transformación de la actitud, basada fundamentalmente en la aceptación. Aceptar que la pérdida de aptitudes no es el fin del mundo, sino la puerta a otro mundo en el que rigen coordenadas diferentes a las que han regido tu existencia hasta este momento.

Aceptación, Gratitud, Lentitud y Conciencia son las nuevas coordenadas que me sostienen y por lo tanto son la estructura que determina como conjugo el verbo envejecer. Aceptar la  nueva situación, que en realidad no es una foto fija, sino que sigue evolucionando. Es un proceso que me permite poner en marcha nuevas estrategias que no había necesitado hasta el momento y por eso no se me habían ocurrido. Estoy en un periodo en el que me fallan antiguos recursos y mi tarea es encontrar otros nuevos para vivir plenamente esta etapa. Plenamente significa para mí, encontrándole un sentido, suceda lo que suceda.

Esto me resultaba prácticamente imposible cuando era joven. Funcionaba así: De buena mañana mi cabecita decidía como tenía que ser mi jornada y si se desarrollaba de otra manera, generaba en mi enfado, resistencia, contrariedad, frustración, a veces incluso culpa. A estas alturas ya he comprobado que la Vida tiene su propia dinámica y que mi agenda es algo diminuto, imperceptible, comparada con los planes que el universo –Dios o llámale como quieras-, tiene para mí.  Esto no significa que renuncie de entrada a mis sueños, objetivos o aspiraciones. Significa que me recuerdo a mí misma que están sujetos a unas leyes sobre las que no tengo control alguno y que la clave está en no rechazar lo que viene, solo porque yo había previsto otra realidad diferente. Si lo pienso bien, mi previsión está basada en un esquema mental muy pequeñito –el mío- inserto como el de todo ser humano en una trama mucho mayor a la que todos aportamos a la vez que de la cual todos dependemos. 
Envejecer es aprender a llevarme bien con TODO lo que llega a mi vida, encontrándole un sentido.
Y cuando el sentido se me escapa decirme al oído: “Esto que ahora mismo rechazarías, seguro que hay otra manera de verlo. Reconozco y asumo que -de momento- no soy capaz de adoptar esa perspectiva que me permitiría aceptarlo con PAZ.
Paz es la gran conquista del envejecer, gracias a la aceptación, al agradecimiento y a la lentitud.
La lentitud la abordaremos más adelante en otro post, pero si vas deprisa, te quedas en la superficie, es muy posible que no llegues a profundizar o de ir más allá de lo evidente.
La sociedad actual nos hace ir deprisa e imposibilita que conectemos con la verdad.
Lo esencial es invisible a los ojos, decía El pequeño príncipe de Saint-Exupéry.
Vaya por delante que no me siento “vieja” en el sentido negativo que se le da de sentirse acabado, perdido o inútil. 67 años. La cifra me impresiona, sí, pero todos estos años me han servido para llegar hasta aquí más sabia, más paciente, más flexible, más abierta y eligiendo muy bien dónde invierto mis energías. Más arraigada en mi misma. Más consciente de todo lo que me queda por aprender. Se cuidarme mejor. Cuando me visto, no me preocupa tanto la apariencia como la comodidad, cuando como, no busco tanto el sabor como lo que necesita mi organismo, cuando me muevo tengo en cuenta cómo está mi esqueleto y mi musculatura. 
Uno de los hitos del aspecto positivo de envejecer es el hecho de tomar conciencia.
Tomar conciencia no es pensar, sino tratar de asimilar la cantidad de riqueza que nos presenta cada día la vida y darnos cuenta de que todo lo que llega –nos resulte agradable o no- está al servicio de nuestra plenitud como seres humanos. Darnos cuenta es lo contrario de quedarse en la superficie. En lugar de pasar de puntillas sin enterarnos de la cantidad de mensajes que recibimos a diario con la única finalidad de ayudarnos a cumplir nuestro propósito en la vida. 
La inconciencia es una característica que atribuimos a la infancia. Tendemos a pensar que el niño y la niña son inocentes y no se enteran de muchas cosas. Pero yo recuerdo ser consciente desde muy pequeña y he encontrado a muchas personas que tienen ese mismo recuerdo de “enterarse” de lo que sucedía a su alrededor, en el mundo de los adultos, aunque no lo entendiesen o no supieran formularlo con palabras. El caso es que lo percibían y su percepción era muy pura, poco contaminada por los prejuicios y creencias circundantes que todavía no habían tenido tiempo de absorber. Dedicamos una parte de la vida a aprender esos condicionamientos, y la otra parte a desaprender unos cuantos. El proceso de envejecer invita a liberarnos de ellos para vivir libres y habiendo elegido cuáles queremos conservar porque favorecen nuestra plenitud y cuáles descartar porque nos impiden desplegar  nuestra esencia. Aunque nos liberemos de muchos prejuicios, la percepción no es pura como la de la criatura, pero ha decantado porque ha ido soltando todo aquello que no le era propio, había sido legado por generaciones anteriores, pero no había conseguido alinearse con nuestra esencia.
Envejece bien aquel que se alinea cada vez más con su esencia.
Su percepción ha sido pulida como un diamante al que se eliminan las impurezas. Una percepción cada vez más libre de lo que la podía condicionar. ¿Cómo se da esta limpieza mental? Cuando te percatas de la incoherencia de mantener ciertas ideas o prejuicios, abres la mente y el corazón y te flexibilizas, los juicios te parecen absurdos y amplias el espacio de tu tienda interior que cada día es capaz de acoger a más personas e ideas, sin necesidad de estar de acuerdo con ellos, sino gracias a un respeto forjado en la convicción de que todos somos lo mismo, aunque nos manifestemos de formas tan distintas. Cuando conseguimos eso, volvemos a ser como niños, que no hacen acepción de personas a menos que los padres hayan plantado en su corazón semillas discriminatorias.

Hay un miedo que nos acecha en cualquier periodo vital pero que se asocia más a la vejez, que es el miedo a la soledad.

En esta labor de toma de conciencia, uno de los hallazgos más gratos ha sido darme cuenta de que no estoy sola. Cuando llevas la atención a tu interior, descubres que estas habitada por tu mejor aliada, que dentro de ti hay “alguien” con quien puedes hablar, intercambiar opiniones, a quien puedes escuchar, cuidar y pedir, que está incondicionalmente a tu lado…cuando descubres a ese ser nunca estás sola.

Experimenta soledad aquella persona que no aprende a estar consigo misma.

Cuando estás con un buen amigo, no acabarías nunca la cita, vas concatenando anécdotas, temas que os interesan a ambos,  y siempre queda algo por compartir. Eduardo Galeano lo plasma de maravilla en uno de sus cuentos de El libro de los abrazos. Cuenta que dos amigos se encuentran después de mucho tiempo y empiezan a conversar emocionados. Cuando cae la noche, se dan cuenta de que es hora de regresar a casa y uno le dice al otro, “Va, te acompaño caminando hasta tu casa” porque no quieren interrumpir la conversación ni separarse. Cuando llegan a su destino, el que tendría que entrar le  dice a su amigo : “Va te acompaño hasta tu casa y allí nos despedimos”. Y la noche transcurre caminando por la calle hasta el amanecer, de una portería a la otra, porque ninguno de los dos se resigna a poner fin al encuentro, de tan a gusto que están juntos. 

¿Estás a gusto contigo?

La relación que establezcas contigo determina en gran parte  cómo vives tu vida y por lo tanto cómo llevas el proceso de envejecer.

¿Te tratas como un buen amigo o eres tu peor juez?

Un buen amigo no juzga. Disculpa, respeta, acompaña, está presente.

 

Cuando está contigo, puede darte conversación o respetar tu necesidad de silencio. Animarte cuando necesitas un empujón o hacer que te lo pienses dos veces antes de responder a un impulso cuyas consecuencias no eres capaz de prever. Te ayuda a tomar decisiones porque te conoce como nadie. Comprende tus reacciones más allá de las explicaciones que puedas darle. Todos deberíamos cultivar esa amistad interior, buscando y reservando tiempos para estar “solos”, es decir, con nosotros mismos.

Estar siempre en compañía de otras personas nos impide descubrir esta dimensión individual.

Envejecer es agradecer el camino recorrido, el punto al que has llegado y el camino incierto que te queda por recorrer.

Aprender a recibir y a sentir gratitud por lo recibido. Reconocer tu vulnerabilidad y descubrir cuánto te acerca a los demás seres humanos.

Envejecer es pillarle el truco a la vida. Hay que ponerse a ello sin tregua. Los más jóvenes: ¡empezad ya! El tiempo que me queda, cuya duración ignoro,  es precioso.

Envejecer es pillarle el gusto a la vida en estado puro, sin necesidad de efectos especiales para que nos resulte atractiva.

Libres de condicionamientos. Puede que envejecer conlleve menos salud y  limite nuestra libertad de movimientos, pero si  conseguimos liberarnos de nuestras cárceles mentales, las pérdidas valdrán la pena y disfrutaremos de sentirnos internamente cada vez más ligeros…para salir volando sin dificultad alguna, el día que nos toque. Que así sea.

Marita Osés

18 marzo 2026


19.2.26

VIOLENCIA INVISIBLE CONTRA TI MISMA

En el marco de los eventos preparatorios del Festival of Consciousness (FOC) que se celebrará el póximo mes de Julio en Barcelona, tuve la suerte de participar en un diálogo con Andrea Zambrano sobre la violencia invisible en las relaciones. Admiro la cruzada de Andrea contra ese maltrato que no es físico y por lo tanto no es fácil de detectar, pero hiere profundamente a la persona que lo padece. No hay insultos, no hay gritos, no hay amenazas, pero hay manipulación emocional, culpa e invalidación.  Para mí significó una  dolorosa toma de conciencia cuando ella denunció hace años la violencia que ejercemos los padres/ madres con nuestros hijos aprovechando nuestra superioridad, es decir, nuestra situación de poder, sin darnos cuenta de que los empequeñecemos o los herimos.

👉Cuando decimos ¿Por esa tontería lloras?  o ¿Solo por esto te pones así? No se te puede decir nada, estamos  minimizando el impacto que tiene algo o alguien en el niño e invalidamos sus sentimientos, inoculándole un nefasto sentimiento de vergüenza.

👉Al decirle Si no cambias nadie te querrá estamos afirmando que es defectuoso y que para que lo quieran tiene que ser distinto o aun peor, perfecto. Generamos en él miedo a ser como es y la idea de que ser así está mal. Y la consiguiente  necesidad de ocultarse tras una máscara.

De esta manera atentamos contra su seguridad, su confianza, su concepto de sí mismo. Así no llegarás nunca a nada en la vida, es otra manera de decirle Eres un inútil. Son afirmaciones agresivas, falsas y formuladas desde una situación de poder. Recuerdo que cuando mi madre me decía: No se te caerá la casa encima, no, también tienes una madre y una familia eh?”, me hacía sentir culpable por algo que era lo más lícito de mundo: porque me apetecía más estar con mis amigas que con ella cuando era jovencita. Me hacía sentir egoísta por responder a mis deseos. Priorizarme no era atacarla. Perseguir mis deseos no era menospreciarla. Pero sus comentarios me hacían sentir como si lo hiciese.

La violencia invisible puede ejercerse en cualquier tipo de relación: de pareja, laboral, de amistad, familiar.  Pero donde más difícil resulta percatarse de ella es en uno mismo, porque en ese caso, ni siquiera se oye lo que nos decimos.

Cuando desde tu mente te hablas mal, generas culpa dentro de ti con  según tipo de pensamientos,  te manipulas con el miedo, a la hora,  por ejemplo,  de tomar una decisión… te estás maltratando. Si estás muy acostumbrada a tratarte así, te será mucho más difícil detectar la señal de alarma cuando otra persona lo haga, porque lo habrás naturalizado. Por lo tanto, para protegernos de la violencia invisible en nuestras relaciones, lo primero sería  averiguar si tú la estás ejerciendo contra ti. Para ello, hay que revisar qué relación tienes contigo misma. Cuando te levantas, ¿vas en piloto automático a hacer tus rutinas o te das los buenos días como se los darías a alguien con quien te cruzas? ¿Te preguntas cómo estás o empiezas el día imponiéndote: Tienes que hacer esto, tienes que hacer lo otro?   ¿Te dedicas unos minutos para chequear cómo has amanecido y  ver qué necesitas para que tu cuerpo y tu mente funcionen sin tener que forzarlos, para que tus emociones no te desborden, para elegir la vida que vas a llevar en lugar de dejar que otros la elijan por ti? Hay días que te levantarás acelerada y necesitarás relajarte. Otros te levantarás cansada y necesitarás activarte para hacer frente a tus responsabilidades. 

Una de las  formas de ejercer violencia sobre una persona es ignorarla, utilizar el arma de la indiferencia.  Y puedes estar haciendo eso contigo sin darte cuenta.

Hace poco le sugerí a un cliente hiperempático: recuérdate por las mañanas que tú también existes. Empatiza contigo para poder luego empatizar con los demás sin desaparecer.

Tomar conciencia de que hay “alguien” dentro de mí que piensa, siente y ejecuta y alguien que es testigo de ese sentir, pensar y actuar y que existe una relación sagrada entre esos dos aspectos de mi ser nos ayudaría a sentirnos más a salvo, más seguros con nosotros mismos. Si siento que puedo contar conmigo incondicionalmente y que mi seguridad es prioritaria y puedo manejarla, seré mucho más capaz de identificar la violencia invisible cuando alguien pretenda ejercerla sobre mí y para responder de manera adecuada, es decir, sin caer en la trampa de esa violencia.

Puesto que, como decía antes, nuestra forma de hablarnos a nosotros mismos está muy influenciada por cómo nos hablaron y trataron nuestros adultos, es conveniente pararse a explorarlo y ver qué patrones cargamos sin haberlos elegido conscientemente. A continuación, tomarnos el tiempo para descartarlos si nos están perjudicando.

Lo que en una época determinada de nuestra vida pudo servirnos para sobrevivir en el entorno en que nacimos y nos desarrollamos, puede estar saboteando nuestras relaciones en la actualidad.

Si yo aprendí a complacer a todo el mundo para que me vieran y me aprobaran en mi familia numerosa y sigo con el patrón de chica complaciente cuando establezco una relación de pareja, es posible  que surja un conflicto, ya sea porque llega un momento en el que me canso de complacer o porque el otro no me complace tanto como yo esperaría y entonces me cuestione por qué lo hago si él no me lo ha pedido nunca. Si soy honesta, estoy enfadada con él, para evitar el reconocer que estoy enfadada conmigo misma por haberme entregado tanto, convencida de que lo hacía por amor, cuando en realidad era mi miedo a ser rechazada o abandonada si no era complaciente o si daba problemas. Y sólo entonces me doy cuenta de que una vocecita interna me había estado susurrando al oído día tras día, año tras año: Si no eres complaciente, no te querrán. Y otra más sibilina: Si te haces imprescindible, no te abandonarán.

Dejo aquí esta breve reflexión, con el deseo de que dentro de cada uno, de cada una encontremos un aliado incondicional que no permita que nadie desde dentro ni desde afuera ejerza violencia sobre nosotras.

Marita Osés

Febrero 2026