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18.12.25

Amar es un arte y se aprende

¿Has pensado alguna vez que el amor es un aprendizaje                          
Cuando digo amor me refiero no solo al sentimiento de alegría y gratitud por el mero hecho de que el ser amado exista, sino también a todo lo que un@ es y hace a partir de ello: respetar, animar, potenciar, agradecer, reconocer, aceptar, soltar…



El amor es ACTIVO aunque puedas hacer todas estas cosas sentad@ en una silla, porque es una actividad interna: mueve tu corazón, cambia tu actitud, rompe tus esquemas, flexibiliza tu rigidez, abre tu mente, despliega tu potencial y el del ser amado. Para llegar a esta conclusión, he tenido que depurar mucho el concepto de amor que mi experiencia infantil y juvenil me habían legado y que las creencias de mi entorno habían alimentado.

En nuestra infancia aprendemos por mimetismo, absorbemos los patrones de conducta de los adultos y los hacemos nuestros sin saberlo. De adulto, te das cuenta: tengo la negatividad de mi abuela, la rigidez de mi padre, la vitalidad de mi madre….y entonces tenemos la oportunidad de potenciar lo que nos gusta de todo aquello que recibimos y soltar no lo que nos pertenece y no es acorde con nuestra identidad. 

La pregunta ¿Con quién aprendiste a amar? nos permite cuestionar nuestro estilo de amar, descartar aquellos aspectos que quedaron grabados en nuestro disco duro, pero no están alineados con nosotros y potenciar aquellos que sí deseamos conscientemente.


A amar se aprende. 
No somos fuente de amor. Alguien tiene que amarnos primero para que se active en nosotros el potencial de amor.

Todos llevamos la semilla, pero si alguien no la riega, no se despliega. El niño que no ha sido amado no podrá amar. El niño que ha sido mal amado, amará mal porque replicará consigo mismo y con los demás lo que han hecho con él. Pero el adulto puede elegir: Una vez sometes a examen con quién aprendiste a amar y por lo tanto cómo es la calidad de tu amor o el concepto de amor que heredaste, puedes decidir si seguir amando así o hacerlo de otra manera. A lo largo de tu existencia vas viendo otras personas, otras familias, otros estilos de amor que tal vez te gustan más o están más de acuerdo con tu forma de ser y de ver la vida. No es fácil la tarea de salir de la inercia adquirida a lo largo de años, pero vale mucho la pena.

Muchos procesos de coaching🔗 consisten precisamente en identificar formas de amar que brotan de nosotros, pero que no nos hacen felices, y transformarlas en aquellas que están mucho más alineadas con nuestra identidad. Por ejemplo, si has tenido una madre para la cual amar era sufrir, y no quieres perpetuar esta idea de amor, deberás dialogar con esa parte de ti que se ha habituado a ese estilo de amor y no dejar que se te “cuele” en tu forma genuina de manifestar el amor.

Descubre con quién aprendiste a amar y entenderás cómo amas. Comprenderás formas de hacer tuyas que pueden desconcertarte e incluso no gustarte. Cuando entiendas de donde vienen, podrás decidir qué quieres conservar y qué quieres desaprender y darte el gustazo de AMAR A TU MANERA. Incorpora todos los elementos que te den satisfacción y plenitud y desecha aquellos que te hagan sentir tensión o incomodidad. Agradécelos todos, porque te han ayudado a construirte y te han sostenido en otros momentos, y sigue adelante poniendo en tu mochila solo lo que te pertenece,🔗 no lo que vino de otras mochilas y a ti no te sirve. 

No podemos esperar que todo el mundo satisfaga nuestras expectativas, pues cada uno ama con sus limitaciones. Lo triste es que amemos en base a las limitaciones de 🔗aquellos de quienes aprendimos. Bastante tenemos con las nuestras.

Quien te enseña a amar influye en la calidad de tu amor, pero no la determina. Eso lo decides tú. Si los adultos fuésemos conscientes de ser los primeros maestros de nuestros hijos, nietos, sobrinos… en el arte de amar, nos prepararíamos con más conciencia para la magnífica tarea. El amor se aprende, y como en cualquier otro arte, el aprendizaje no tiene fin. Hay que elegir bien al maestro. 

Marita Osés

👇👇👇👇👇👇

A partir del 1 de Enero 2026, dejaré la consulta de Provenza, 214 en Barcelona y haré únicamente coachings -online o presenciales- en mi domicilio de Sant Joan Despí. La razón principal es que deseo dedicar más tiempo a la escritura, cosa que no he podido hacer en estos últimos años. Para ello, ganar las horas que actualmente dedico a los traslados entre mi casa y la oficina será un primer paso. Además, reduciré mi jornada laboral.
Agradezco la confianza que has depositado en mí y espero encontrar la manera de seguir respondiendo a tus necesidades en esta nueva etapa de mi vida profesional.
  🔎Si necesitas información, quieres reprogramar sesiones o simplemente compartir cómo recibes este cambio, puedes escribirme por mensaje privado. Estaré encantada de leerte. Si necesitas información, quieres reprogramar sesiones o simplemente compartir cómo recibes este cambio, puedes escribirme a mos@mentor.es. Estaré encantada de leerte.💗




11.10.25

CRISIS DE PAREJA


En una sesión de coaching de pareja en la que están reconstruyendo la confianza después de que un incidente la dañase, me impactó que el hombre acabara llorando de impotencia al reconocer que no era capaz de satisfacer las expectativas de conexión y de profundidad que su mujer necesitaba. Es un hombre maduro, aparentemente seguro de sí mismo, de quien dirías que tiene una buena autoestima. Suele dominar más la escena, y habla con aplomo, convicción y honestidad.  Se define como hombre de acción, “yo pienso poco y hago mucho; ella piensa dos veces antes de hacer, es mucho más reflexiva. Yo no necesito que las cosas tengan sentido, ella necesita armar más estructura para decidirse a actuar.”

Continua describiendo las diferencias entre ambos y concluye: “Veo su frustración cada vez que no llego. No tengo capacidad. No voy a ser suficiente.”

Había en su llanto frustración, pero también miedo. Frustración porque su mente le hace creer que  él tiene que ser como ella para poder estar a su lado, para poder conectar. Craso error. Él podría abrirse a ella y a esa dimensión de profundidad con curiosidad de hasta dónde puede llegar y con confianza de que de la mano de su pareja puede descubrir en sí aspectos desconocidos. Sin compararse, sin sentirse inferior, solo distinto. En lugar de eso, experimenta miedo a no dar la talla. Y es ese mismo miedo lo que le bloquea para adentrarse en un área que no domina. Al mismo tiempo y paradójicamente, miedo también a su potencial. Miedo a entrar en una dinámica que por sí mismo jamás se habría planteado, miedo a hacer un esfuerzo que lo llevaría a un terreno desconocido. A través de su pareja, la vida le está invitando a hacer una inversión de la que está convencido que no va a sacar ningún beneficio. Él ya está cómodo con su etiqueta de ligero, lúdico, irreflexivo, trivial. Vi cómo le asustaba entrar en su propia profundidad. Su relación de pareja le está brindando algo que, si fuera por él, no habría tenido ningún interés en explorar, tan identificado está con su parte más superficial. No dudo de que si se atreve a dar ese paso y conecta más profundamente con su mujer, le enriquecerá enormemente. Pero se resiste por dos motivos:

➢Está convencido que él no tiene la profundidad que reconoce en su mujer.

Y tiene miedo a perder lo que él cree su esencia, esa ligereza con la que se identifica y con la que se siente a gusto.

Es su forma de ir por la vida y le llena. Su cabeza le lleva a pensar que en la profundidad, en la mayor conciencia,  se sentirá incómodo. Es una jugarreta de la mente, que no quiere salir de su terreno conocido y que le presenta como pérdida lo que puede ser beneficio.

No perdemos nuestra esencia cuando nos abrimos a potenciar aspectos de nuestro ser que hasta ese momento habíamos considerado ajenos.

La parte más lúdica, irreflexiva o trivial de esta persona sigue siendo muy válida, seguirá aportando ligereza, dinamismo y vitalidad a su familia. No es incompatible con la mayor hondura de su pareja. Nuestra existencia tiene muchos aspectos. Es su mente la que en su estructura binaria los hace incompatibles entre sí.

En las relaciones bilaterales no es o “lo tuyo” o “lo mío”. Es “lo tuyo” y “lo mío” sumándose de la mejor manera posible.

Cuando me abro a “lo tuyo” descubro rincones que ignoraba y por eso no los había incorporado a  la idea que tengo de mi persona. Nada más peligroso que la expresión “Yo soy así”, porque te petrifica en una foto fija que te devuelve una imagen obsoleta y por lo tanto falsa de ti mismo. ¿Por qué es obsoleta? Porque estamos en continua evolución. En el aspecto físico es tan evidente que no nos cabe la menor duda de que cambiamos, pero en lo interno, nos cuesta más reconocer que estamos en permanente evolución. Te sientes cómodo con esta foto porque no te exige nada: solo repetirte una y otra vez hasta la saciedad. Eso te da mucha seguridad:  todo está en su sitio, casi nada cambia, controlas, pero no te dejas sorprender por tu propia naturaleza que tantas veces desconoces porque la has reducido a una autoimagen  con la que te has identificado y a la que has sido fiel tanto tiempo que ya no eres capaz de ver nada más.

Sin ánimo generalizar, el hombre, mejor dicho, lo masculino es más rígido y se encasilla más en su concepto de sí mismo, porque su inconsciente interpreta como un signo de debilidad el abrirse a la influencia de lo externo. Si además lo externo es una mujer, las defensas se levantan todavía más altas, sobre todo si tuvieron una madre que los quiso moldear a su manera, sin respetar su esencia. Por el contrario, la mujer –lo femenino- es cíclica, pasa por diversas fases cada mes, lo que la hace más flexible por lo que  tiende a adaptarse tanto a su pareja en aras a la armonía de la relación, que acaba perdiéndose a sí misma.

Muchas crisis matrimoniales se manifiestan así: la mujer se da cuenta de cuánto ha sacrificado, mientras el hombre ha mantenido intacta su individualidad. Y entonces ellas reclaman ese espacio y tiempo  de libertad a los  que ellas mismas, consciente o inconscientemente, habían renunciado. Suelen estar enfadadas con su pareja, pero también consigo mismas, pues han sido víctimas de creencias inoculadas sin que se dieran cuenta. Ambos tienen un trabajo personal que realizar si quieren que su pareja salga de la situación dolorosa en la que se encuentran.

Dice Joe Dispenza en su libro “Deja de ser tú”: “Está en la naturaleza humana evitar cambiar hasta que las cosas se ponen tan feas y nos sentimos tan mal que no podemos seguir como de costumbre. (…) A menudo tiene que darse la peor situación posible para que empecemos a hacer cambios positivos para nuestra salud, relaciones, profesión, familia, futuro. “ Y se pregunta: ¿Por qué esperar a que esto ocurra? Su mensaje es:

Podemos aprender y cambiar en un estado de dolor y sufrimiento o evolucionar en un estado de felicidad e inspiración.

La mayoría hacemos lo primero. Para elegir lo segundo debemos concienciarnos de que el cambio seguramente conllevará una cierta incomodidad, algunos inconvenientes, una alteración en nuestra rutina habitual  y una etapa de desconocimiento. La mayoría de nosotros ya conoce la incómoda sensación de ser novatos en algo. De pequeños pasamos por varias etapas hasta aprender a leer con fluidez.” Y lo mismo si quisimos tocar un instrumento o cualquier otro aprendizaje. Hay que revestirse de humildad, curiosidad y mente de principiante, es decir, armarse alegremente de paciencia.

Las crisis de pareja pueden ser la sacudida que necesitamos para darnos cuenta de que estábamos estancados y que nos conviene resetear no solo nuestra relación, sino algún aspecto de nuestra personalidad que está interfiriendo en la buena marcha de la relación.

De hecho, la pareja es un espejo en el que nos miramos a diario y a menudo el problema es que no nos gusta la imagen que nos devuelve.

Estar dispuestos a cuestionarnos la idea que tenemos de nosotros mismos y del otro es imprescindible para reconocer qué puede estar afectando negativamente a la relación.

Con esto quiero transmitir dos ideas que me parecen importantes:

  • -no asustarse cuando detectamos la crisis. Es imprescindible atreverse a ponerla sobre la mesa. Ignorarla confiando en que ya pasará solo generará resentimiento.
  • -no tener el punto de mira en el otro sino en uno mismo. Es mucho más fácil ver el problema afuera, pero es imprescindible que cada uno mire hacia adentro : qué siento, qué pienso, cómo me afectan ciertas cosas, cómo actúo en determinadas situaciones. Que cada uno hable de sí mismo no de la otra persona. 

Y si no os veis capaces de hacerlo solos, buscad ayuda. Un árbitro que ponga orden, que señale las faltas, que pare el juego cuando sea necesario, pero os permita seguir jugando conscientes de lo que os hace bien y lo que os lastima. 

Las crisis hay que atravesarlas, no queda otra.

Buena travesía a los que estéis en ello.


Marita Osés

Octubre 2025


6.3.25

Tengo un pitbull dentro

El cliente entra en la consulta y cuando le pregunto qué trae hoy a la sesión, responde: “Tengo un pitbull dentro. ¿Cómo lo ato?” Y relata varias situaciones en los quince días anteriores en las que una persona o situación le sacaron de quicio y, más tarde se sintió mal por no haber podido reaccionar desde la serenidad, o por lo menos, sin violencia verbal.

“El problema del pitbull es cómo te sientes después y cómo haces sentir al otro”
concluye. (Para los que no saben lo que es un pitbull, es una raza de perro con fama de ser muy agresivo, pero cuya agresividad depende del entreno que reciba. De naturaleza son valientes, inteligentes y con una energía inagotable, leales, cariñosos y muy sociables. Pero si lo entrenan para la lucha, será muy agresivo. Esa energía se convertirá en agresividad y tomará la fama de agresivo).

“¿De dónde sale este fuego que no soy capaz de controlar y que deja chamuscado a mi interlocutor, cuando no reducido a cenizas?”, se pregunta esta persona.    El caso es que también él queda muy afectado por haber actuado de esa manera. “¿Cómo es que la rabia se adueña de mi de modo que acabo haciendo y diciendo lo que no quiero hacer ni decir?”

Vamos a ver dónde puede  estar el origen de eso que hace y dice y de lo cual se arrepiente casi de inmediato.
Cuando la reacción es desproporcionada en relación al detonante que te ha llevado a saltar y se repite en el tiempo, es decir, es una reacción recurrente, suele tener que ver con nuestras heridas de infancia.

Son situaciones que nos hacen entrar en contacto con una emoción que en su día experimentamos y etiquetamos como dolorosa o desagradable (negativa, para entendernos) y nuestra mente nos traslada sin que nos demos cuenta a nuestro pasado alejándonos del hecho real que estoy viviendo en este momento.

💬Puede ser un sentimiento de que me ignoraban porque no tenían en cuenta mi opinión, de rabia porque se me trataba de manera diferente que a algún hermano o compañero de clase, de humillación porque se me comparaba con otros y yo nunca daba la talla…lo que sea. En algunos casos, puede que  ya en tu infancia reaccionaras  con violencia a esa sensación incómoda o dolorosa que te invadía y entonces te etiquetaran  de “rabioso”, “tiene muy mal carácter” o si te encerrabas en ti mismo “es un lobo solitario”, “es más raro que un perro verde”.
💬En otros, tal vez no te permitiste expresar esa emoción y la fuiste acumulando hasta tu edad adulta. El adulto ya no está en situación de inferioridad como el niño y se permite ventilar su fuego, soltar al pitbull y dejarle ladrar todo lo que no ladró en su momento.

¿Qué pretendes conseguir con ladrar de esta manera?
  • Mantenerte a salvo.
  • Proteger tu vulnerabilidad.
Pero ¿qué consigues en realidad? Sentirte alterado, fuera de control, tal vez arrepentido, y en algún caso avergonzado y miserable, especialmente si la persona que se ha visto afectada es una persona a la que quieres y sabes que no solo no se merece este trato sino que puedes dañar o incluso romper un vínculo que valoras mucho. La confianza se ve afectada y rompes la sensación de seguridad que toda relación afectiva necesita para mantenerse viva. En adelante, es posible que esta persona esté a la defensiva y no puedas acceder a ella como querrías o como habías hecho en otros momentos. Es un precio muy elevado el que pagas por no controlar a tu pitbull.

Por eso vale la pena pararse y preguntarse:
¿De qué me quiero proteger cuando suelto a mi pitbull? ¿De qué tengo miedo?
Si reviso las distintas ocasiones en las que ha saltado mi pitbull ¿Qué tienen en común?
¿Qué indicadores tengo que me pongan sobre aviso de que el pitbull va a saltar?
El cuerpo es un gran aliado en estas circunstancias. Puede ser una sudoración repentina, o la nuca agarrotada, una bola en la garganta, una presión en el pecho, una aceleración del corazón, un temblor… Conviene estar atentos para no dejar que se nos dispare el automático y cuando aparecen estos indicadores físicos, respirar hondo varias veces y recordarnos qué es lo que queremos de verdad y qué no.

Otra pregunta que nos puede acercar al origen de nuestra reacción agresiva es:

¿Qué es lo que no soporto
Que me contradigan? Que me mientan?
Que me ignoren? Que me tomen el pelo?
Que no me obedezcan? Que no me escuchen?
Que me impongan cosas?
Si identificas aquello que activa tu reacción, te dará una idea de por dónde va tu herida. Todos tenemos una o varias heridas de infancia y conocerlas es un paso imprescindible para entender nuestras reacciones. Por poner un ejemplo, Clara conecta con la sensación de “no pintar nada” cuando su pareja toma decisiones sin consultarle. Puede ser algo tan irrelevante como tomar una calle en lugar de otra durante un paseo a pie. Esta sensación de “no decidir nada” procede de su infancia en la que iba a remolque de sus hermanas, mucho mayores que ella, quienes no solo no la tenían en cuenta para decidir sus planes sino que se aprovechaban de su buena fe y de sus ganas de ser útil. Eso generaba en ella una impotencia que ahora se despierta en situaciones que aparentemente no tienen nada que ver y generan conflictos con su pareja.

¿Qué hacer entonces con el pitbull?
Al pitbull no hay que atarlo, hay que amansarlo. ¿Qué es lo que le hace agresivo? La agresividad. ¿Qué es lo que le hace manso? La mansedumbre, la ternura, la amabilidad.
El primer paso para apaciguarlo es dejar de identificarnos con él y de tenerle miedo. Agradecerle que nos haya querido proteger pero despedirlo porque ya no lo necesitamos. Y hablarle con amabilidad. No es más que una estrategia defensiva que nuestra mente construyó para protegernos del dolor en un momento en que nos sentíamos indefensos frente a las personas y situaciones que nos lo provocaban. Ahora tenemos más recursos que en nuestra infancia y probablemente nos hayamos fortalecido o en el mejor de los casos, hemos empezado a sanar las heridas que nos hacían ser tan reactivos. Si ya no necesitamos el pitbull, la siguiente pregunta es ¿De qué otra manera puedo conseguir lo que deseo sin enseñar los dientes, ladrar o lanzarme a la yugular de mi interlocutor? Si el pitbull viene azuzado por el miedo a sufrir y lo contrario del miedo es la confianza, tendría que ver qué necesito para actuar desde la confianza y no desde el miedo.
Las personas que tienen un pitbull dentro necesitan más ratos a solas para hablar con él e imaginar con antelación situaciones en las que prevén que el pitbull va a activarse.

En espacios de tranquilidad, hacerse las preguntas que hemos ido mencionando para sentirse dueñas seguras de su perro en lugar de dejar que el perro se adueñe de ellas.

Tengas o no tengas un pitbull dentro, reservar espacios a solas contigo para ver qué es lo que duele y qué es lo que da vida a tu existencia es una práctica muy recomendable si queremos vivir en paz. Ojalá los encuentres y los disfrutes.

Marita Osés
Abril 2025

Sea cual sea el momento de tu vida en el que te encuentras, si necesitas un espejo en el que mirarte y mayor confianza para dar un paso más, cuenta conmigo.
 

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4.7.24

¿Dónde quedó tu deseo?

“El cuidado que dispensamos (las mujeres) hace que nos olvidemos de nuestras necesidades y deseos, entre otras cosas, porque no tentemos tiempo….¡que perder!”, dice con su sentido del humor característico Sylvia de Béjar. Y continúa: “Lo que seguro que queda para lo último es lo sexual.”.


En efecto, nuestro rol de cuidadoras hace que nos des-cuidemos. Dice Gabor Maté que el 80% de la enfermedades autoinmunes las padecen las mujeres. Se preocupan tanto por los demás que se olvidan de ellas, se sienten responsables –cuando no culpables- de las emociones de otros. Han sido programadas para ocultar su enfado y para ser conciliadoras, para  poner armonía en la familia o allá donde vayan. Aprenden  a absorber el estrés de sus hijos, maridos, amistades, familiares. ¿A dónde va a parar todo este estrés? Lo somatizamos. Soma significa cuerpo en griego. Nuestro cuerpo lo acusa. El cuerpo carga con él.
¿Cómo detecta el deseo sexual un cuerpo estresado?
Tan conectadas estamos las mujeres con las necesidades, deseos y emociones ajenos que desconectamos de los nuestros y llegamos a sentir que no los tenemos, hasta el punto de no saber elegir. “Lo que tú quieras”, respondemos antes de mirar hacia nuestro interior. Nos enseñan a ponernos tanto en el lugar de los demás que elegimos para ellos, alejándonos cada vez más de nosotras, hasta no saber ni quien soy ni qué quiero.
¿Es biológico, es cultural? ¿Cuál es el origen? Sin duda la cultura patriarcal nos ha atribuido roles que valoraban a la mujer que se auto inmolaba por el bien de otros. Su capacidad de sacrificio era la vara de medir su valía. “Mi madre dio la vida por nosotros” “Mi madre se dejó la piel, estoy en deuda eterna con ella” “Mi madre renunció a sus sueños para que sus hijos pudiéramos acceder a los nuestros”. El icono de la madre perfecta era la abnegación. Ojalá que ninguna mujer joven conozca ya el significado de esta palabra, si eso significa que la han eliminado de su vocabulario y de su vida. He encontrado una definición de mujer abnegada que respalda lo que se ha ensalzado durante muchos años:
“Aquella que sabe soportar con resignación las adversidades de la vida, es decir, la que no protesta, la que nunca se rebela ni exige, la que se olvida de sí misma en favor de los intereses de otros, en resumen, la que se aniquila”. 

Lo que más me sorprendió es que la persona que mencionaba esta cita en IG le daba gracias a su madre por haber sido así. 

Quererse y respetarse no está reñido con amar profundamente a los demás, sino todo lo contrario.
Esta es la buena noticia y el inicio de la reformulación del rol de la mujer: No es necesario auto inmolarse para empatizar con otros.
Amar a los tuyos, empatizar con ellos  es compatible con amarse a una misma. Solo hay un requisito. Empezar por ti.
De lo contrario los otros acaban ocupando todo el espacio y el tiempo. Nuestra generosidad –o nuestro miedo a no ser imprescindibles y que nos abandonen- nos hace entregarnos hasta vaciarnos, amar a todos menos a nosotras. Nos ocupamos de los hijos, de la pareja, de los padres, de los abuelos, de las amistades, de la vecina y cuando nos llega el turno estamos tan exhaustas que no nos queda energía para atender nuestra salud y mucho menos nuestro ocio y nuestro descanso. ¿Deseo? Solo deseo descansar, dormir, desconectar. ¿Desconectar de qué? De ese “pluriempleo” que nos consume hasta hacernos desaparecer.
Llegados a este punto, la cuestión no es solo donde queda el deseo sexual, sino donde quedan todos los demás deseos, los que nos definen y nos conectan con quienes somos y cómo somos. Desconectadas de ellos nos disolvemos hasta no saber quiénes somos.
Por eso, cuando hay falta de deseo sexual, conviene averiguar qué otros deseos hemos enterrado bajo capas y capas de obligaciones, compromisos, roles. Y despertar poco a poco a lo sensorial, a lo que nos relaja, a lo que nos resulta agradable y reservarle tiempo. Para reconocernos como personas vivas, sensibles al placer y al amor, activas no solo en relación a nuestros deberes sino también a nuestros derechos. Tu derecho al placer es inalienable. Y el placer compartido alimenta el vínculo, la complicidad, la confianza de que juntos somos capaces de abordar cualquier situación.
                      🤚Para y escúchate.🧏

 

Si identificas todos los factores bajo los que fue quedando sepultado tu deseo, y lo aceptas sin juzgarte,  es muy probable que descubras que todavía sigue vivo. Te deseo un feliz hallazgo. 



Marita Osés
26 junio 2024


14.6.24

“No tengo ganas”

⚧️He hablado con varios hombres preocupados por la falta de deseo sexual…de su pareja. Ninguno de ellos se cuestiona –por lo menos de momento- la continuidad de la relación.


Se quieren, tienen un proyecto común con las discrepancias propias de cualquier convivencia, han construido una familia de la que están satisfechos, pero el sexo ha desaparecido, en ocasiones durante meses, o años. En etapas anteriores de su historia sí tuvieron una vida sexual más o menos regular. Pero llegó un día en que la mujer dejó de tener ganas. O se atrevió a decirlo.🗣

Factores que inhiben el deseo sexual hay muchos, desde enfermedades como la depresión o el cáncer y sus correspondientes tratamientos, hasta la historia personal de cada uno en el  terreno físico-afectivo, a lo largo de la cual pueden haberse producido heridas y traumas ocultos que se despiertan años más tarde. Pero en escenarios en los que no ha entrado la enfermedad, hay otras razones frecuentes por las que se apaga la libido. El estrés y el cansancio, la llegada de los hijos, la insatisfacción con el propio cuerpo, el hecho de que durante años el sexo no fuera satisfactorio sin que la persona que así lo experimenta lo haya puesto sobre la mesa. En la película🎦 Buena suerte, Leo Grande, Ema Thompson interpreta a una maestra jubilada que, años después de haber enviudado, confiesa que a lo largo de todo su matrimonio nunca experimentó un orgasmo y reivindica el derecho al placer. Me pregunto por qué no se le ocurrió hacerlo en vida de su esposo. Por último, otro de los motivos que aducen las mujeres para no tener ganas es la falta de conexión emocional con sus parejas.

Empecemos por el cansancio. Llevamos vidas bastante aceleradas y sí, estamos agotados. Los horarios laborales son a veces inhumanos y la conciliación familiar difícil. La mujer sigue haciendo doble jornada, en casa y fuera de cas, y eso paga un peaje. Si además hay hijos, estos consumen una parte importante de nuestra energía y el sentido de responsabilidad les da prioridad  hasta tal punto que olvidamos  la necesidad de reponer fuerzas. Al no encontrar tiempo para el descanso que necesitaríamos, acumulamos desgaste. Hay menos ocasiones para el ocio, para desconectar o para dedicarte a tu compañero de vida. Y menos circunstancias favorables al encuentro sexual espontáneo, si los niños siempre están presentes.
Por lo general, con la llegada de los hijos la mujer vuelca la mayor parte de su afectividad en ellos y mucho menos en la pareja. En el mejor de los casos, el hombre es comprensivo, y espera a que los hijos crezcan. Pero al cabo de los años la mujer está cansada y deseosa de empezar a hacer su propia vida,  a veces al margen de su pareja para resarcirse de esa etapa de crianza en la que ha experimentado muchas renuncias y a veces poca colaboración por parte de él.

Otro aspecto, también más frecuente en las mujeres, es la insatisfacción con nuestro propio cuerpo. La percepción que tenemos de nuestro físico, sobre todo si muestra las huellas de los embarazos y partos o simplemente, si no se ajusta a los cánones de belleza que nos impone la sociedad, condiciona nuestro erotismo. Cuando una mujer está sexualmente inapetente, conviene entre otras cosas explorar cómo se siente a este respecto. ¿Te encuentras atractiva o eres muy crítica con tu aspecto? ¿Te avergüenzas de alguna parte de tu cuerpo? Es tu medio para expresarte y si no te sientes segura de él, ni te da confianza te reprimirás a la hora de hacerlo. El cuerpo tiene además grabados a fuego los pequeños y grandes traumas que hemos sufrido en el terreno afectivo desde la infancia, y las ideas respecto de la sexualidad que nos transmitieron entonces, por lo general muy represivas. Este es un campo en el que sanar muchas historias y desechar otras tantas creencias nocivas.

Por último, y este punto es especialmente difícil de comprender por parte del hombre, cuando la mujer pierde el deseo conviene revisar la conexión emocional con su compañero. No suele bastarle la atracción física, sino que necesita una cercanía afectiva. Cuando en la convivencia se producen muchos momentos en los que la mujer experimenta desconexión, lejanía o decepción, se produce una distancia emocional que la aleja, también sexualmente, de su pareja.
La pregunta adecuada por parte del otro miembro de la pareja no sería ¿Qué necesitas para sentir deseo? Sino ¿qué necesitas SENTIR para aparezca el deseo? 

No estoy hablando de los prolegómenos físicos: caricias, besos, contacto con otras partes del cuerpo que no sean necesariamente los genitales. Eso vendría después.

Cuando una mujer se siente cercana emocionalmente a su pareja es porque su actitud y sus acciones le generan algún sentimiento: seguridad, cercanía, atracción, sorpresa, ternura, admiración, atención. Cada pareja encontrará su modo de entrar en resonancia: el sentido del humor y la risa, el poder expresarse como son sin sentirse juzgados, una película que les lleva a hablar de temas personales, alguna actividad juntos o en familia. Se trata de percibir una complicidad, un hilo que os conecta más allá de la atracción inmediata y que puede expresarse de las maneras más dispares. En una conversación o en un comentario breve, al tomar conciencia de compartir unos valores o un sentir común respecto de un tema determinado. Es decir, sentirse unidos desde dentro, por algo que va más allá de lo puramente físico o de la química existente entre ambos ¿Qué tiene que ver esto con el sexo? Todas ellas son situaciones en las que la persona se define, se deja ver por su pareja y a la pareja le confirma:
Estoy con quien quiero estar, me entrego a quien quiero entregarme. 

Tiene que ver también con sentirse vista, reconocida y apreciada por el otro, no solo en mi apariencia, sino por lo que soy y por como soy. Contar con esa aceptación sin juicio hace que me relaje y me entregue sin miedo al rechazo.

Por supuesto que el sexo sin conexión es posible, y en ocasiones hasta placentero.



 

Pero si un día el cuerpo te dice basta, robándote el deseo, mejor averiguar si está expresando algo que tiene que ver con el alma.


Marita Osés
9 junio 2024

14.2.24

San Valentín 2024

 

A muchas mujeres les diría hoy: ÁMATE A TI MISMA como amas al prójimo, dándole la vuelta al enunciado cristiano del amor.

Todas las almas entregadas que corremos por este mundo deberíamos intentarlo y nuestro amor por el prójimo se purificaría.



Existe una motivación inconsciente en esa dedicación tan intensa a los demás, y es la de hacerse imprescindible. ¿Por qué? Porque cuando eres imprescindible es menos probable que te abandonen.

Así que ese amor devoto tiene un interés oculto, casi de supervivencia, aunque la persona que ama así no lo sepa. Eso no le resta valor, pero pagamos por ello un precio muy alto: Por miedo a ser abandonadas, nos desatendemos, perdiéndonos en el otro. Es decir, nos abandonamos. Por eso, en este día de corazones rojos en todos los escaparates, propongo llevar las manos al propio corazón y decirle:
“Estoy aquí, contigo, y no te dejaré nunca más.”

Marita Osés
14 de febrero de 2024