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22.5.26

Una amistad para siempre

Imagínate que estás en una fiesta o en una reunión de gente en la que no conoces a nadie. No te sientes muy segura y escaneas el espacio buscando un rincón en el que puedas estar cómoda.

Estás un poco nerviosa. Alguien se te acerca y te saluda. Se presenta y te dice lo que está haciendo allí y te confiesa cómo se siente.

Que alguien te hable, te hace sentir menos sola.

Dirigir la palabra a alguien es una manera de incluir a esta persona, de decirle Te veo, Te tengo en cuenta, Reconozco tu presencia en este espacio.
Yo viví muchos años sin dirigirme al palabra.
Sin decirme: te veo, te tengo en cuenta, reconozco tu presencia y todo lo que representas. Al menos conscientemente. Inconscientemente sí que oía una voz en mi cabeza, pero ahora sé que no era mía. Era como si se me hubieran colado dentro de mi cerebro las palabras de mi madre, de las profes del colegio, del entorno en el que me movía y yo me sometía a esas demandas, esos juicios y esas amenazas. Esta voz que yo identifiqué conmigo, me exigía ser perfecta en mis acciones y complaciente en mis relaciones. ¿Para qué? me pregunté cuando empecé a cansarme de sus efectos sobre mi estado de ánimo. Y comprendí que la finalidad de esa voz era apaciguar mi miedo a ser rechazada y mi creencia de que si me ajustaba a las expectativas de los demás tenía asegurado un lugar entre ellos. Y todavía más, si demostraba ser tan  útil que me convertía en imprescindible, no me abandonarían nunca. Me costó muchos años descubrir que mi herida  de rechazo (es decir, mi miedo a ser rechazada) había condicionado todas mis relaciones sin que yo me enterase y había multiplicado por diez mi carácter ya de por sí  servicial y complaciente.  No había nada malo en tener estas características, pero al ponerlas al servicio de mi herida,  me olvidé de mí.  Ahora, con la perspectiva que me da el tiempo que ha transcurrido, he comprendido que aquella sensación de desamparo, de agotamiento y aquellos ataques de tristeza inusitados eran  consecuencia de vivir ignorándome. Y entiendo también por qué cualquier gesto o situación en la que me sintiese ignorada, me afectaba profundamente. Entonces mi disgusto era muy hondo, desproporcionadamente  doloroso, porque el supuesto desinterés de esta persona se añadía al mío propio.
Me llevó un tiempo entender que había ahí un rincón de mi ser que necesitaba atención y cuidados. Cuando empecé a ser conmigo  tan empática y atenta como lo era con los demás, desapareció el miedo al rechazo y al abandono, y ese cambio de actitud conmigo fue suficiente. No tuve que hacer nada más que hacerme caso, para dejar de atender patológicamente a todos olvidando mis propias necesidades.
Fue darme espacio , tiempo y atención y recuperé mi paz interna
Aquel desasosiego, aquella angustia que me habían acompañado durante años no eran más que la forma que tenía mi cuerpo de avisarme de que no estaba viviendo como deseaba. Como necesitaba y como merecía. Ahora veo que mis problemas de salud, que tanto me fastidiaban, eran mis aliados, pero no supe entender su idioma hasta que tuve una situación grave. Ahí la vida me paró en seco y me obligó a recapacitar: ¿Qué está pasando aquí? Mis creencias sobre el universo y sobre Dios hacían imposible que interpretara aquella enfermedad como un castigo.  Después de llorar la noticia del cáncer, respirarla y caminarla durante tres días seguidos, entendí que no solo no era un castigo sino todo lo contrario. Era un mensajero y tenía que escuchar su aviso, por angustiante que fuera la forma en que había elegido presentarse ante mí. Lo cierto es que si no se hubiese presentado de esa forma, no le habría prestado la atención que le presté y no habría iniciado un proceso de cuestionamiento de mi forma de vida en aquel momento. De hecho, me di cuenta de que ya había recibido ese mensaje con anterioridad, pero de formas más suaves y no les hice ni caso. O si vislumbré algo en algún momento, me duró pocos días el cambio de actitud. 
Así que el mensajero desagradable se convirtió en mi aliado. Hizo que me sintiese tan vulnerable, tan frágil, que me estrené en hablarme con amabilidad, ternura, comprensión, con un tono carente por completo de exigencia y cargado de empatía. Empecé a decirme cosas como Tienes derecho a estar como estás. Has recorrido un gran trecho para haber llegado hasta aquí y vivirlo como lo estás viviendo. Lo has hecho lo mejor que has podido con las herramientas que tenías en aquel momento y en el grado de conciencia en el que te hallabas.
Es decir, empecé a validar un pasado con el que nunca me había sentido del todo satisfecha. Inicié una amistad que sé que durará toda mi vida.
Así comienza cualquier amistad. Dirigiendo la mirada y la palabra al alguien.
No importa tanto lo que le digas, sino que le transmites: Te veo, te reconozco, tu presencia me importa, enriquece mi vida.
Hacerlo contigo te cambia la vida. 
A veces cuesta. Puede que la primera vez necesites un espejo en el que mirarte. Puede que te sientas cortada o incómoda, o que no sepas qué decirte. No importa.
Dentro de ti hay alguien esperando ser reconocida. Dale tiempo, dale paciencia si no te lo pone fácil.
Puede que lleve años esperándote y esté un poco enfadada. Puede que no se fíe de ti al principio. No te achiques. Tu sigue ahí, hasta que te sonría y te dé permiso para amarla como necesita. Para amarte como necesitas.
Será el principio de una amistad que durará toda la vida.
Y cada conversación honesta con ella te acercará más a tu verdad. Pues eso, dale cita pronto.

Marita Osés
13 mayo 2026

24.12.25

Navidad 2025


Hace 2025 años, muchos pueblos de Europa y de Oriente estaban bajo el poder del imperio romano, entre ellos, el pueblo judío. Los judíos esperaban un líder que los liberase de la dominación romana, un rey poderoso y guerrero.


Cuando nació Jesús de Nazaret vino con una sola arma: el amor, que se concretó a lo largo de su vida en una profunda compasión por todo ser humano.  Su único poder era ese: una fuerte conexión con su interior en donde se descubrió habitado y profundamente amado por la fuente de todo amor, y por eso le llamó Padre. Lo criaron en la fe judía pero en él pudo más esta experiencia amorosa de Dios que el temor al castigo por no cumplir sus preceptos. Y descubrió que en esta experiencia espiritual radica la grandeza del ser humano. Fiel a lo que sentía, revolucionó las normas sociales en base a su humanidad: en su nueva visión  del mundo, las mujeres y los niños valían tanto como los hombres, los enfermos no eran culpables de su enfermedad, afirmó con rotundidad que ni ellos ni sus padres habían pecado, no juzgaba a los que no seguían los preceptos judíos, sino que comía con ellos para demostrar que las normas están al servicio de las personas y no las personas al servicio de las normas, atendía igual a la suegra de un seguidor suyo, que a un leproso o al hijo o al criado de un centurión romano. No hacía distinción de personas. Lo más fuerte que dijo es que, no es que él fuera hijo de Dios, sino que todos somos hijos de Dios, es decir, hijos del Amor.

Amor es el barro del que todos estamos hechos.

Curiosamente, dicen los evangelios que solo fueron conscientes de su llegada los humildes –los pastores- y los sabios, es decir, los que están más allá de las apariencias. Nació pobre y no fue profeta en su tierra, sino más bien perseguido hasta ser condenado. Los pocos que lo siguieron hicieron que su luz llegara hasta nosotros, pero por el camino pervirtieron su mensaje al hacerse con el poder que era lo que él siempre había rechazado.  De hecho, él se identificó siempre con un cordero indefenso.

Aun así, sigue vivo su mensaje de esperanza. Las luces de la Navidad son una expresión de la luz que este ser trajo al mundo en un momento determinado de la historia.

Cada año necesitamos apostar por la luz y no por la oscuridad, si queremos un mundo aligerado de dolor en lugar de apesadumbrado por él.

No es que la luz elimine el dolor, sino que lo ilumina de tal modo que podemos darle otra lectura. ¿Por qué decimos que vino la luz? Porque Jesús vivió de tal manera que iluminó todo el potencial de ser humano, revelándonos nuestra verdadera identidad, nuestra grandeza, que tanto nos cuesta ver por nosotros mismos. Las tentaciones del desierto son una manera simbólica de explicar su lucha contra su ego hasta que lo venció.  Como ser humano, se desplegó al máximo y dijo “vosotros podéis hacer lo mismo, e incluso cosas mayores”. Por eso lo mataron, porque se fijaron más en lo que consideraron la soberbia de auto proclamarse hijo de Dios ( sin entender de verdad qué significaba eso) que en la otra afirmación: vosotros sois hijos de Dios. Hijos del amor, y por lo tanto naturalmente capacitados para amar.

En Navidad recordamos que seguimos creyendo en el amor como motor del mundo, aunque los titulares de los periódicos sigan proclamando el poder y el dinero como motores del éxito.

La palabra Navidad proviene del latín “nativitas” que significa “nacimiento”.  Es también el solsticio de invierno, el momento del año en el que el sol alcanza su punto más bajo en el firmamento y vuelve a renacer con nueva energía hasta alcanzar el punto más elevado en el mes de Junio. Lo podemos tomar como una oportunidad para tomar fuerzas renovadas y reemprender la marcha a fin de dar vida a eso que en nosotros anhela nacer. ¿Qué hay en ti que desea nacer? Un recién nacido representa inocencia, ausencia de ego, bondad, transparencia, vulnerabilidad, luz. ¿Cuál de estos aspectos te haría más feliz si lo cultivases? 

Qué bueno sería si pudieses tomarte un tiempo para alejarte un momento de las luces, del frenesí de los regalos y las comidas de esta época del año y, en el silencio, escuchar qué te gustaría que renaciera en ti.

Y grabarlo en tu memoria para ir recordándolo a lo largo de 2026. No hacer solo una lista de cosas materiales que quieres comprar, sino elegir qué quieres regalarte tú, que no sea material, que tenga que ver con tu esencia, con lo que te llena y te hace ser más tú, una persona más humana, más genuina. Si te miras desde un yo más grande, desde un observador compasivo ¿qué ves en ti que si ocupase más espacio en tu interior te haría más feliz? ¿Qué es lo que todavía no ha nacido en ti y te haría sentir mejor? O si ya ha nacido, ¿cómo podría crecer mucho más, tanto como necesitas?  ¿La bondad absoluta, sin fisuras, la valentía de aceptarte sin condiciones, el gozo de vivir lo que sea que te toque vivir, la confianza absoluta en la bondad del universo, la pureza de la mirada de un bebé, la luz que irradia por el mero hecho de estar vivo? Identifica eso que en lo profundo de ti quiere SER.  Para averiguarlo, tal vez te ayude escuchar lo que otros ven en ti y hacerte el propósito de creértelo, con la intención firme de practicarlo durante todo el año que viene, hasta la próxima Navidad… y comprobar que es verdad. Que sólo te hacía falta creértelo y confiar. O tal vez lo identificas fijándote en lo que te genera frustración, aquello de lo que te quejas, y buscando justo lo contrario: Si te lamentas del odio que ves a tu alrededor tal vez necesites cultivar en ti más amor, si te molesta la manipulación y el error es porque anhelas la verdad, si no soportas la desesperación es porque necesitas sentir esperanza, si te afectan las personas tristes, tal vez eso te está indicando un anhelo de poner alegría en tu vida. Todo lo que percibimos afuera nos habla de algo que hay en nuestro interior. 

Mi deseo para esta Navidad es que te mires con honestidad y con ternura, adivines qué es lo que más profundamente anhela tu corazón y pongas todos los medios para hacer realidad ese deseo.

Felices Fiestas.🎄
Marita Osés
Diciembre 2025

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A partir del 1 de Enero 2026, dejaré la consulta de Provenza, 214 en Barcelona y haré únicamente coachings -online o presenciales- en mi domicilio de Sant Joan Despí. La razón principal es que deseo dedicar más tiempo a la escritura, cosa que no he podido hacer en estos últimos años. Para ello, ganar las horas que actualmente dedico a los traslados entre mi casa y la oficina será un primer paso. Además, reduciré mi jornada laboral.
Agradezco la confianza que has depositado en mí y espero encontrar la manera de seguir respondiendo a tus necesidades en esta nueva etapa de mi vida profesional.
  🔎Si necesitas información, quieres reprogramar sesiones o simplemente compartir cómo recibes este cambio, puedes escribirme por mensaje privado. Estaré encantada de leerte. Si necesitas información, quieres reprogramar sesiones o simplemente compartir cómo recibes este cambio, puedes escribirme a mos@mentor.es. Estaré encantada de leerte.💗

                      


18.12.25

Amar es un arte y se aprende

¿Has pensado alguna vez que el amor es un aprendizaje                          
Cuando digo amor me refiero no solo al sentimiento de alegría y gratitud por el mero hecho de que el ser amado exista, sino también a todo lo que un@ es y hace a partir de ello: respetar, animar, potenciar, agradecer, reconocer, aceptar, soltar…



El amor es ACTIVO aunque puedas hacer todas estas cosas sentad@ en una silla, porque es una actividad interna: mueve tu corazón, cambia tu actitud, rompe tus esquemas, flexibiliza tu rigidez, abre tu mente, despliega tu potencial y el del ser amado. Para llegar a esta conclusión, he tenido que depurar mucho el concepto de amor que mi experiencia infantil y juvenil me habían legado y que las creencias de mi entorno habían alimentado.

En nuestra infancia aprendemos por mimetismo, absorbemos los patrones de conducta de los adultos y los hacemos nuestros sin saberlo. De adulto, te das cuenta: tengo la negatividad de mi abuela, la rigidez de mi padre, la vitalidad de mi madre….y entonces tenemos la oportunidad de potenciar lo que nos gusta de todo aquello que recibimos y soltar no lo que nos pertenece y no es acorde con nuestra identidad. 

La pregunta ¿Con quién aprendiste a amar? nos permite cuestionar nuestro estilo de amar, descartar aquellos aspectos que quedaron grabados en nuestro disco duro, pero no están alineados con nosotros y potenciar aquellos que sí deseamos conscientemente.


A amar se aprende. 
No somos fuente de amor. Alguien tiene que amarnos primero para que se active en nosotros el potencial de amor.

Todos llevamos la semilla, pero si alguien no la riega, no se despliega. El niño que no ha sido amado no podrá amar. El niño que ha sido mal amado, amará mal porque replicará consigo mismo y con los demás lo que han hecho con él. Pero el adulto puede elegir: Una vez sometes a examen con quién aprendiste a amar y por lo tanto cómo es la calidad de tu amor o el concepto de amor que heredaste, puedes decidir si seguir amando así o hacerlo de otra manera. A lo largo de tu existencia vas viendo otras personas, otras familias, otros estilos de amor que tal vez te gustan más o están más de acuerdo con tu forma de ser y de ver la vida. No es fácil la tarea de salir de la inercia adquirida a lo largo de años, pero vale mucho la pena.

Muchos procesos de coaching🔗 consisten precisamente en identificar formas de amar que brotan de nosotros, pero que no nos hacen felices, y transformarlas en aquellas que están mucho más alineadas con nuestra identidad. Por ejemplo, si has tenido una madre para la cual amar era sufrir, y no quieres perpetuar esta idea de amor, deberás dialogar con esa parte de ti que se ha habituado a ese estilo de amor y no dejar que se te “cuele” en tu forma genuina de manifestar el amor.

Descubre con quién aprendiste a amar y entenderás cómo amas. Comprenderás formas de hacer tuyas que pueden desconcertarte e incluso no gustarte. Cuando entiendas de donde vienen, podrás decidir qué quieres conservar y qué quieres desaprender y darte el gustazo de AMAR A TU MANERA. Incorpora todos los elementos que te den satisfacción y plenitud y desecha aquellos que te hagan sentir tensión o incomodidad. Agradécelos todos, porque te han ayudado a construirte y te han sostenido en otros momentos, y sigue adelante poniendo en tu mochila solo lo que te pertenece,🔗 no lo que vino de otras mochilas y a ti no te sirve. 

No podemos esperar que todo el mundo satisfaga nuestras expectativas, pues cada uno ama con sus limitaciones. Lo triste es que amemos en base a las limitaciones de 🔗aquellos de quienes aprendimos. Bastante tenemos con las nuestras.

Quien te enseña a amar influye en la calidad de tu amor, pero no la determina. Eso lo decides tú. Si los adultos fuésemos conscientes de ser los primeros maestros de nuestros hijos, nietos, sobrinos… en el arte de amar, nos prepararíamos con más conciencia para la magnífica tarea. El amor se aprende, y como en cualquier otro arte, el aprendizaje no tiene fin. Hay que elegir bien al maestro. 

Marita Osés

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A partir del 1 de Enero 2026, dejaré la consulta de Provenza, 214 en Barcelona y haré únicamente coachings -online o presenciales- en mi domicilio de Sant Joan Despí. La razón principal es que deseo dedicar más tiempo a la escritura, cosa que no he podido hacer en estos últimos años. Para ello, ganar las horas que actualmente dedico a los traslados entre mi casa y la oficina será un primer paso. Además, reduciré mi jornada laboral.
Agradezco la confianza que has depositado en mí y espero encontrar la manera de seguir respondiendo a tus necesidades en esta nueva etapa de mi vida profesional.
  🔎Si necesitas información, quieres reprogramar sesiones o simplemente compartir cómo recibes este cambio, puedes escribirme por mensaje privado. Estaré encantada de leerte. Si necesitas información, quieres reprogramar sesiones o simplemente compartir cómo recibes este cambio, puedes escribirme a mos@mentor.es. Estaré encantada de leerte.💗




25.7.25

Prioridad clara, decisión fácil

Algunas personas acuden al coaching queriendo entender por qué les cuesta tanto tomar decisiones. Buscan herramientas para no dar tantas vueltas a las cosas o a las situaciones y para atreverse a tomar un camino determinado, sin perder tanto tiempo evaluando las consecuencias.


Uno de los obstáculos con los que se encuentran es que analizan en exceso la situación, la miran desde todas las perspectivas posibles y valoran tantos escenarios que se quedan sin energías ni claridad para decidir. Deberían recordar que análisis rima con parálisis. El  análisis se hace desde la cabeza y la energía para dar pasos en la vida viene de otro lugar, como veremos después, viene de desear profundamente algo. Cuando damos vueltas y más vueltas con los pros y los contras, y las implicaciones de tomar una decisión u otra acabamos mareados y entramos en bucle.

Si la persona es además perfeccionista, querrá tomar la mejor decisión, y eso le hará descartar alguna alternativa perfectamente válida que le ayudaría a salir del atolladero, aunque tal vez no fuera la solución óptima. Al final, no hay decisiones perfectas, sino decisiones que nos ayudan a avanzar, que es lo que importa.
Todo resulta mucho más fácil cuando hay una prioridad clara.
Cuando estás embarazada, o superando una enfermedad grave, o cuando quieres aprobar una oposición o una carrera de la que depende tu sustento, cuando necesitas superar un obstáculo con el que no contabas para llevar a cabo tu sueño, es mucho más fácil tomar decisiones. De hecho, no hay que tomarlas en sentido literal, sino que las acciones surgen de manera natural en coherencia con esa prioridad que hay ahora en tu vida. Por eso es importante formular las prioridades.  Cuando hay una prioridad, todo lo demás está sujeto a ella, no hay duda. No hay vacaciones que valgan, ni costumbres arraigadas que no puedan modificarse, ni plazos que no puedan moverse porque existe un motivo claro, una razón de peso que actúa como brújula de todo lo demás. Un reto deportivo, por ejemplo, hace que tus horas de descanso y de entrenamiento sean sagradas, tu alimentación muy cuidada, tu vida social más reducida. 
Muchas cosas que antes te parecían importantes o incluso imprescindibles, se caen. En otras circunstancias, ni te plantearías renunciar a ellas o te costaría muchísimo hacerlo, pero cuando has decidido que aquello es tu prioridad, cualquier argumento  se disuelve hasta desaparecer. Y es porque ha aparecido algo que da sentido a todo y por lo tanto, no tienes que tomar la decisión de renunciar por ejemplo a algo que antes formaba parte de tu cotidianidad, sino que  hay una acción que se desprende de manera natural de una decisión anterior, que es tu prioridad. 

Por eso, sería bueno preguntarnos: En este momento de mi vida, ¿cuál es mi prioridad? ¿Hay en mi realidad actual algo lo suficientemente importante como para vertebrar mi día a día sin tener que tomar decisiones a cada paso pues solo se trataría de ser coherente con esa primera decisión?
Igual ya la sabes pero no te la has tomado en serio, no eres plenamente consciente de ella y por eso no actúas de acuerdo con ella. 
 
¿Qué te importa de verdad ahora mismo? ¿Tu salud, tu relación con tal persona, tu físico, tu carrera, tu familia? 
Tomar conciencia de lo que te importa ayuda a que tus acciones estén alineadas con tus decisiones.
Te ahorra además muchas quejas, porque te da claridad respecto de lo que quieres de verdad. A veces nos lamentamos por tener que hacer cosas que no nos apetecen, sin darnos cuenta o sin querer reconocer que eso es necesario para conseguir lo que queremos. La queja no sirve para nada más que para instalarnos en la pasividad. Las prioridades son lo que quiero de verdad y es el deseo profundo el que nos impulsa a la acción, no la mente que te dice lo que debes hacer. Lo que quieres hacer no es lo mismo que lo que te apetece. Si lo que quieres es ganar esta competición o quedar en buen puesto en la maratón de mañana, está claro lo que harás o no simplemente siendo coherente con ese deseo.  Si lo que quieres es tener un bebe sano ya sabes qué cosas pueden perjudicarte y has de evitar.  Las quieres evitar. Si lo que quieres es una relación armoniosa con tu pareja, y para ello necesitas poner una situación dolorosa sobre la mesa, eso es lo que quieres, por poco que te apetezca.

Por eso, cuando no estés segura de qué decisión tomar, mira primero qué prioridades hay en tu vida en este momento y comprueba si lo que sea que decidas está respetando o no esa prioridad. Si eres coherente con tus prioridades, verás que las decisiones se desprenden de manera natural de ellas.

Marita Osés
Julio 2025


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30.1.25

CON AMABILIDAD

 
Últimamente, en las sesiones de coaching, me llama mucho la atención la dureza con la que se tratan muchas personas. Reconozco en ellas la intransigencia de mi juventud y me sabe mal que tengan que pasar por ello, porque no sirve para nada.


Dicen que nacemos unificados. Pero aterrizamos en una sociedad, en una familia, en un entorno determinados, que juzgan y clasifican las cosas como buenas o malas, aceptables o inaceptables. Entonces, ese ser que somos oculta como puede las partes que no resultan aceptables y de esa manera se divide.

¿Por qué lo hacemos? Para no perder la conexión y el sentido de pertenencia al grupo de cuya protección depende nuestra supervivencia.

Pongamos por ejemplo un niño que nace en el seno de una familia muy formal, en la que su espontaneidad puede ser considerada mala educación, exceso de impulsividad o incluso agresividad. Es muy probable que esta criatura esconda su espontaneidad para no sentirse excluido del grupo; y eso que han etiquetado como impulsividad o mala educación pasará a formar parte de lo que llamamos nuestra sombra. A base de controlar sus emociones, es posible incluso que llegue a olvidarse de haber sido espontáneo alguna vez. 

Un niño muy sensible que nace en una familia cuyos miembros, por las circunstancias que sea, han tenido que hacer de tripas corazón, imitará esa forma de abordar la realidad ocultando lo que le afecta tras una máscara de seguridad o impasibilidad y acabará creyendo que no tiene sentimientos. “Yo es que soy muy frio, las cosas no me afectan como a mi mujer”, me decía un joven bordeando los cuarenta con una infancia tan baqueteada por las tensiones entre sus padres antes, durante y después del divorcio que se había blindado para poder sobrevivir. Una reacción parecida aunque con otro matiz aparece en una persona cuya una familia valora por encima de todo la armonía y el bienestar, hasta el punto de que si hay conflictos se ignoran o se tapan y si alguien está anímicamente mal tiene que disimularlo porque los demás “no tienen por qué aguantarlo”. “Que cada cual aguante su vela”, era el lema de su padre. Este niño se cerrará a sus emociones negativas (si es que eso existe), colocará una sonrisa en su cara que le garantice el visto bueno de su entorno y sus tristezas, conflictos y sus heridas quedarán dentro de él sin expresarse, pues se arriesgaría a ser rechazado si lo hiciese. Esto no ocurriría por el contrario, en una familia donde sí se permiten las malas caras o el mal genio porque se comprende que el ser humano puede pasar momentos mejores y peores y tiene derecho a expresarlos y no la obligación de disimularlos.
Así, depende del lugar que nos ha visto nacer y crecer, ocultaremos unas reacciones y expresaremos otras hasta el punto de que nos resulte difícil saber quiénes somos.

 Todos tenemos rasgos que pertenecen a nuestra esencia y otros que responden a estrategias de supervivencia en el entorno que nos ha tocado en suerte. Eso hace que el trabajo de conocerse no sea pan comido y requiera tiempo y paciencia. Por lo general, estamos tan ocupados haciendo cosas que no solemos tener o buscar tiempo para no hacer nada, es decir, para escucharnos.

Cuando nos escuchamos, descubrimos esa parte de nosotros que hemos ocultado y nos sorprendemos recuperando rasgos de nuestro ser que siempre estuvieron allí, en estado latente. Pero nosotros, identificados con nuestro personaje y nuestras estrategias, no los veíamos.

En el proceso de conocernos, es decir, de montar ese puzle a fin de poder ir por la vida cómodos con nosotros mismos, hay momentos difíciles, que llamamos crisis. Suelen aparecer cuando las cosas no suceden como habíamos pensado. Y justo entonces solemos ser muy críticos con nosotros mismos, debido a nuestra sensación de fracaso, decepción, insatisfacción o tristeza. Es precisamente en esos estados de mayor bajón cuando hay que suspender el autoanálisis. Todos caemos en eso:

Cuando peor estamos, más analizamos qué podemos haber hecho para estar así, en lugar de cuidarnos con más cariño y reponer fuerzas.

Es como si te rompes una pierna y antes de escayolarte o de operarte, te pones a analizar cómo te la has roto. No, primero atiéndete, y una vez atendida la fractura, ya analizarás qué ocurrió para que no vuelva a sucederte, si es que depende de ti evitarlo (en ocasiones, no tenemos control sobre lo sucedido).

Nuestra crisis personal se debe tal vez a una pérdida, o a haber experimentado una decepción, a haber cometido un error, o a haber perdido la confianza en que algo suceda. Cualquiera que sea el motivo,

nuestro estado de ánimo :

No necesita dureza sino amabilidad. 

No necesita juicio, sino comprensión.

No necesita condena, sino perdón.

¿Para qué? Para recuperar las fuerzas, volver a levantarse y ponerse en camino. Ya miraremos hacia atrás cuando estemos mínimamente recuperados, en caso de que lo necesitemos. Si estamos emocional (y a veces físicamente) afectados,  el análisis que hagamos será sesgado y las acciones que emprenderemos para subsanar la cuestión estarán lastradas por la negatividad del momento.

Un ser desanimado no necesita dureza para reaccionar. Necesita un respiro, necesita sentirse acompañado, comprendido y que vuelvan a confiar en él.

Tú necesitas confiar en ti mismo cuando te has fallado y eso no lo vas a conseguir castigándote o hablándote con desprecio.

Es más, no hace falta estar deprimido para que nos tratemos con amabilidad. También vale para el día a día. La vida ya nos sacude lo suficiente como para que encima nos tratemos con exigencia, en lugar de con consideración y afecto.

De la misma manera que ahora nos parecen inaceptables los castigos corporales que eran práctica común en las escuelas y familias de épocas anteriores y que se han demostrado contraproducentes y más generadoras de miedo y rencor que de aprendizajes, así también el maltrato psicológico que nos autoinfligimos no es lo más adecuado,  tanto si lo que queremos es conocernos como levantar el ánimo y  restaurar la confianza en nosotros mismos.

Repito la idea porque ignorarla tiene consecuencias:

Si estás en un momento crítico, no es tiempo de autoanalizarte, sino de cuidarte.

Y si no estás en una etapa especialmente difícil ¿por qué no empezar a hablarte con amabilidad para que cuando venga la adversidad, ya hayas incorporado una forma de tratarte que proteja tu seguridad, tu confianza, tu bienestar, y por lo tanto tu crecimiento?


Sería un bonito propósito para este 2025 que todavía se está estrenando: dejar de machacarme y empezar a atenderme teniendo en cuenta mis necesidades. Con cariño y dedicación. Porque saber quién soy es una tarea lo suficientemente ardua, como para lastrarla además de severidad  e intransigencia.

Marita Osés

Enero 2025



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14.2.24

San Valentín 2024

 

A muchas mujeres les diría hoy: ÁMATE A TI MISMA como amas al prójimo, dándole la vuelta al enunciado cristiano del amor.

Todas las almas entregadas que corremos por este mundo deberíamos intentarlo y nuestro amor por el prójimo se purificaría.



Existe una motivación inconsciente en esa dedicación tan intensa a los demás, y es la de hacerse imprescindible. ¿Por qué? Porque cuando eres imprescindible es menos probable que te abandonen.

Así que ese amor devoto tiene un interés oculto, casi de supervivencia, aunque la persona que ama así no lo sepa. Eso no le resta valor, pero pagamos por ello un precio muy alto: Por miedo a ser abandonadas, nos desatendemos, perdiéndonos en el otro. Es decir, nos abandonamos. Por eso, en este día de corazones rojos en todos los escaparates, propongo llevar las manos al propio corazón y decirle:
“Estoy aquí, contigo, y no te dejaré nunca más.”

Marita Osés
14 de febrero de 2024

20.12.23

¡Es que somos muy diferentes!

Foto de lienzo deTara Turner
En casi todas las relaciones, las diferencias suelen traer problemas. Todos hemos oído alguna vez la queja: “¡Es que no es normal!” “¿Cómo puede ser así esta persona?” “¡Yo jamás diría/haría algo semejante!” “Me cuesta aceptar que reaccione de esta manera porque yo no lo veo como ella.” “Es que yo no soy así, no puedo concebirlo.” “No me parece normal”.

¿Qué  es lo “normal”?
¿Aquello a lo que yo estoy acostumbrada, lo que está en mi zona de confort?
¿Solo es normal lo que cabe  en mis esquemas mentales?

En realidad, cuando decimos que algo no es normal, nos referimos a que para nosotros no es lo habitual, no es nuestra opción.

¿Qué significa “normal” para ti?
¿Es normal lo que piensa y dice la mayoría de la gente?
¿Lo que te han dicho a ti desde tu infancia?

Es bien sabido que lo que en un entorno determinado se acepta, es ignorado o condenado en otros. Si tenemos claro que la visión que tengamos de un paisaje dependerá del lugar desde donde lo contemplemos,¿por qué nos cuesta tanto entender que la actitud que tenga cada persona ante la vida dependa del entorno en el que ha sido criado?

Lo explica bien Yung Pueblo, en su libro, “clarity&connection”:
✴️las personas son increíblemente parecidas y diferentes al mismo tiempo.  Todos tenemos la misma estructura básica de mente y emociones, pero el condicionamiento mental de cada uno es distinto, porque no existen dos personas que hayan vivido exactamente lo mismo. Las vicisitudes vitales de cada uno, las reacciones que hemos tenido, lo que hemos entendido y lo que hemos malentendido, todo lo que hemos llegado a creer, el laberinto de patrones que repercuten en nuestra conducta, los  grandes o pequeños traumas…podíamos continuar eternamente y concluir que cada persona tiene su propio mundo interior y una historia emocional única. (…)No nos damos cuenta de lo rápido que vamos acumulando patrones a lo largo de nuestras vidas, especialmente en los momentos intensos emocionalmente hablando. Después de años de repetir las mismas conductas, se necesita tiempo para cambiar y adoptar nuevas respuestas frente a la vida. Muchas veces son nuestras relaciones las que nos dan pie a hacerlo.✴️

Casi siempre, las diferencias están en esos patrones acumulados, no en nuestras personas.

Porque las personas, en esencia, somos lo mismo: potencial de amor. Cuando una diferencia nos separe, si nos concentramos  en comprender el patrón de conducta sin identificarlo con la persona, comprobaremos que su esencia queda a salvo, no está implicada.
Las relaciones nos ofrecen la oportunidad de cambiar y adoptar nuevas respuestas, cuando nos enfrentan a la diferencia. Nos ponen frente a personas que piensan, reaccionan o tienen iniciativas que tú nunca tendrías y, por eso,  la primera reacción suele ser de rechazo:

¿Qué demonios hace?
¿Quién se ha pensado que es?
¿De qué va?
¿Por qué lo hace?

Aunque también, afortunadamente, a veces la diferencia nos despierta admiración: Nos preguntamos de dónde saca la fuerza para hacer eso que nosotros no haríamos o qué tipo de mente tiene para ser capaz de enfocarlo de esa manera.

Cuando alguien tiene una postura distinta a la nuestra ¿qué pasaría si en lugar de defender nuestro punto de vista –solo porque es el nuestro- sintiésemos curiosidad por entender la suya? Tanto la una como la otra son fruto de nuestras experiencias y de las conclusiones a las que hemos llegado con los recursos personales de cada uno y con las creencias y principios que nos ha transmitido el entorno en el que hemos crecido. ¿Cómo sería abordar la diferencia con curiosidad y sin juicio? La curiosidad y la ausencia de juicio generan en mí una apertura  a la diferencia que me capacita para su comprensión y me permite crecer con ella aunque no la incorpore a mi forma de pensar.

“No concibo que una persona que te quiere te esté señalando todo el día lo que puedes mejorar”, me dice una mujer de 31 años, que es muy respetuosa y no se mete con nadie. En su casa, confiaban plenamente en ella y le permitían decidir, sin que sus padres interfiriesen ni le dieran sermones por lo que hiciera o dejase de hacer. En cambio, la crianza de su pareja fue muy normativa, a él lo marcaron constantemente. El repite en su relación de pareja  lo que vivió en su infancia, y ella se lo toma como algo personal, como una falta de amor hacia ella. Si  exploran juntos la situación dolorosa que genera esa diferencia, podrán llegar a un acuerdo en cómo quieren gestionarla cuando aparezca, comprendiendo que nace del distinto condicionamiento de cada uno de ellos, no de sus sentimientos.

“¿Tú crees que es normal que cuando caminamos vaya dos pasos por delante de mí y ni me pregunte si toma una calle u otra para ir a donde nos dirigimos? ¡Da por sentado que lo voy a seguir! ¡Yo tal vez elegiría otra ruta para llegar a ese destino!”- me dice otra mujer respecto de su pareja.  Cuando reaccionamos  con rechazo a la diferencia, solemos quedar atrapados en el enfado y decidir que eso que no entendemos no lo vamos a tolerar y punto. Explorar la diferencia con curiosidad sería constatar que ambos tienen necesidades distintas. En este caso, él tiene la necesidad (o tal vez simplemente la costumbre inconsciente ) de liderar, y ella tiene la necesidad de compartir el paseo y de acordar conjuntamente el recorrido, en lugar de someterse a los deseos de él. Pero otra persona tal vez no se sentiría ignorada por el hecho de que su novio no le consultase si prefería ir por otra calle, o incluso le resultaría cómodo que su pareja decidiera por ella. De lo que se trata es de que ambos tomen conciencia de qué es lo que hace que su postura sea inamovible (si es que lo es)  o qué pueden modificar cada uno para adaptarse y que la relación fluya más, sin renunciar a ser ellos mismos. Y en ese paso, es útil reconocer cuándo nuestro ego se está poniendo tozudo y cuando es nuestra esencia la que se reivindica.

Que tú seas diferente ¿te incapacita para entender a la otra persona?

En realidad es el rechazo frontal de la diferencia lo que te dificulta comprenderla. ¿Qué necesitarías para poder comprender? Aceptarla de entrada. Que comprendas un aspecto de esta persona que no compartes no significa que te conviertas en ella. Necesitamos recordar, como decíamos antes,  que cada persona es fruto de unas circunstancias y de una biografía y que no hay dos personas iguales. Y si la exploras en lugar de juzgarla, esa diferencia te ayuda a conocerte más, y a liberarte de aspectos que has incorporado inconscientemente a lo largo de tu historia y que ahora son más estorbo que una ayuda en tus relaciones interpersonales
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Para que la diferencia deje de ser una fuente de conflicto y se convierta en fuente de crecimiento y sume en una relación en lugar de restar, lo único que tenemos que hacer es explorarla con curiosidad y apertura, sin dar por sentado que nuestra postura es la correcta, pues no hay posturas correctas o incorrectas.


Nuestra postura es el resultado de habernos adaptado a las circunstancias que nos ha tocado vivir y la de la otra persona a las suyas.

No dejemos que las diferencias nos separen. Abordémoslas de tal manera que sumen en nuestra relación y enriquezcan nuestra visión.


Marita Osés
16 diciembre 2023