Imagínate que estás en una fiesta o en una reunión de gente en la que no conoces a nadie. No te sientes muy segura y escaneas el espacio buscando un rincón en el que puedas estar cómoda.
Estás un poco nerviosa. Alguien se te acerca y te saluda. Se presenta y te dice lo que está haciendo allí y te confiesa cómo se siente.
Que alguien te hable, te hace sentir menos sola.
Dirigir la palabra a alguien es una manera de incluir a esta persona, de decirle Te veo, Te tengo en cuenta, Reconozco tu presencia en este espacio.
Yo viví muchos años sin dirigirme al palabra.
Sin decirme: te veo, te tengo en cuenta, reconozco tu presencia y todo lo que representas. Al menos conscientemente. Inconscientemente sí que oía una voz en mi cabeza, pero ahora sé que no era mía. Era como si se me hubieran colado dentro de mi cerebro las palabras de mi madre, de las profes del colegio, del entorno en el que me movía y yo me sometía a esas demandas, esos juicios y esas amenazas. Esta voz que yo identifiqué conmigo, me exigía ser perfecta en mis acciones y complaciente en mis relaciones. ¿Para qué? me pregunté cuando empecé a cansarme de sus efectos sobre mi estado de ánimo. Y comprendí que la finalidad de esa voz era apaciguar mi miedo a ser rechazada y mi creencia de que si me ajustaba a las expectativas de los demás tenía asegurado un lugar entre ellos. Y todavía más, si demostraba ser tan útil que me convertía en imprescindible, no me abandonarían nunca. Me costó muchos años descubrir que mi herida de rechazo (es decir, mi miedo a ser rechazada) había condicionado todas mis relaciones sin que yo me enterase y había multiplicado por diez mi carácter ya de por sí servicial y complaciente. No había nada malo en tener estas características, pero al ponerlas al servicio de mi herida, me olvidé de mí. Ahora, con la perspectiva que me da el tiempo que ha transcurrido, he comprendido que aquella sensación de desamparo, de agotamiento y aquellos ataques de tristeza inusitados eran consecuencia de vivir ignorándome. Y entiendo también por qué cualquier gesto o situación en la que me sintiese ignorada, me afectaba profundamente. Entonces mi disgusto era muy hondo, desproporcionadamente doloroso, porque el supuesto desinterés de esta persona se añadía al mío propio.
Me llevó un tiempo entender que había ahí un rincón de mi ser que necesitaba atención y cuidados. Cuando empecé a ser conmigo tan empática y atenta como lo era con los demás, desapareció el miedo al rechazo y al abandono, y ese cambio de actitud conmigo fue suficiente. No tuve que hacer nada más que hacerme caso, para dejar de atender patológicamente a todos olvidando mis propias necesidades.
Fue darme espacio , tiempo y atención y recuperé mi paz interna.
Aquel desasosiego, aquella angustia que me habían acompañado durante años no eran más que la forma que tenía mi cuerpo de avisarme de que no estaba viviendo como deseaba. Como necesitaba y como merecía. Ahora veo que mis problemas de salud, que tanto me fastidiaban, eran mis aliados, pero no supe entender su idioma hasta que tuve una situación grave. Ahí la vida me paró en seco y me obligó a recapacitar: ¿Qué está pasando aquí? Mis creencias sobre el universo y sobre Dios hacían imposible que interpretara aquella enfermedad como un castigo. Después de llorar la noticia del cáncer, respirarla y caminarla durante tres días seguidos, entendí que no solo no era un castigo sino todo lo contrario. Era un mensajero y tenía que escuchar su aviso, por angustiante que fuera la forma en que había elegido presentarse ante mí. Lo cierto es que si no se hubiese presentado de esa forma, no le habría prestado la atención que le presté y no habría iniciado un proceso de cuestionamiento de mi forma de vida en aquel momento. De hecho, me di cuenta de que ya había recibido ese mensaje con anterioridad, pero de formas más suaves y no les hice ni caso. O si vislumbré algo en algún momento, me duró pocos días el cambio de actitud.
Así que el mensajero desagradable se convirtió en mi aliado. Hizo que me sintiese tan vulnerable, tan frágil, que me estrené en hablarme con amabilidad, ternura, comprensión, con un tono carente por completo de exigencia y cargado de empatía. Empecé a decirme cosas como Tienes derecho a estar como estás. Has recorrido un gran trecho para haber llegado hasta aquí y vivirlo como lo estás viviendo. Lo has hecho lo mejor que has podido con las herramientas que tenías en aquel momento y en el grado de conciencia en el que te hallabas.
Es decir, empecé a validar un pasado con el que nunca me había sentido del todo satisfecha. Inicié una amistad que sé que durará toda mi vida.
Así comienza cualquier amistad. Dirigiendo la mirada y la palabra al alguien.
No importa tanto lo que le digas, sino que le transmites: Te veo, te reconozco, tu presencia me importa, enriquece mi vida.
Hacerlo contigo te cambia la vida.
A veces cuesta. Puede que la primera vez necesites un espejo en el que mirarte. Puede que te sientas cortada o incómoda, o que no sepas qué decirte. No importa.
Dentro de ti hay alguien esperando ser reconocida. Dale tiempo, dale paciencia si no te lo pone fácil.
Puede que lleve años esperándote y esté un poco enfadada. Puede que no se fíe de ti al principio. No te achiques. Tu sigue ahí, hasta que te sonría y te dé permiso para amarla como necesita. Para amarte como necesitas.
Será el principio de una amistad que durará toda la vida.
Y cada conversación honesta con ella te acercará más a tu verdad. Pues eso, dale cita pronto.
Marita Osés
13 mayo 2026