Por si prefieres escuchar en lugar de leer

Colaboració a "L'ofici de Viure"

Mi participación en “Violencias invisibles” El FOC

16.10.26

¿Debilitamos la relación cuando queremos tener la razón?

EL 3 de octubre pasado participé en el programa L’Ofici de Viure en torno al tema Imposar la raó, afeblir el vincle, en el que conversamos sobre cómo  imponer la razón debilita los vínculos con las personas. Gracias a él, recordé la importancia de tener presentes las pautas de la Comunicación No Violenta que tan acertadamente  formuló Marshall B. Rosenberg pues son una herramienta de oro para comunicarnos, sobre todo si la conversación es con alguien que nos importa. 

¿Qué ocurre para que, deseando la conexión con la persona que tengo delante, el resultado de la conversación sea alejarme de ella?

Ocurre que se nos cuela el ego. Como el ego  es una ficción que hemos creado, necesita tener la razón para autoafirmarse, para perpetuarse, para existir  y por ello  está siempre a la defensiva, en modo supervivencia. En este modo impera la regla:  “o ganas tú, o gano yo”, no hay un win-win ( es decir, una manera de llegar a un encuentro en el que los dos ganamos). En ese modo,  la persona no está emocionalmente disponible, sino únicamente en condiciones de conectar con sus estrategias de protección.

Cuando nos protegemos levantamos muros.

Si la conversación se convierte en: voy a ver cómo puedo derrumbar tu muro de protección, manteniendo el mío intacto, la conexión es imposible.  Creyendo que estamos conversando, en realidad hemos entrado en guerra. 

En cambio, cuando quien habla no es mi ego sino mi esencia, mi ser profundo  estoy comunicándome desde mí, desde mi perspectiva, pero no contra nadie.

En ese estado, reconozco que mi verdad es únicamente mi percepción particular, mi experiencia, entonces dejo espacio para la percepción y la experiencia del otro, aunque contradiga la mía. No se trata de que el otro esté equivocado, sino de que ve o vive lo mismo de otra manera. Con los datos o las experiencias de vida que ha tenido,  ha llegado a una conclusión determinada y comprendo que con mis datos y experiencias de vida, he llegado a conclusiones/ razones distintas a las suyas. Al final, el otro (o yo) no cambiará su opinión porque mis argumentos le ganen o sean más poderosos sino porque se siente lo suficientemente seguro  conmigo como para reconsiderar su posición, sin que ello afecte a nuestra relación, ni a su vulnerabilidad, ni por supuesto, a su dignidad.

El ser humano tiende a humillar al vencido.

Y aquí no se trata de vencedores y vencidos, sino de perspectivas diferentes que no tienen por qué ser excluyentes, sino que pueden llegar a enriquecerse entre sí. Con frecuencia, la rigidez, el mantenernos en nuestra posición a toda costa es un signo de inseguridad. De aquí no me muevo, no sea que me tumben. Y eso suele ocurrir cuando estamos tan identificados con nuestra opinión (nuestros pensamientos) que cuando alguien nos demonta nuestra opinión nos parece que nos han derrotado a nosotros.

Eres mucho más que tu opinión, y cambiar de opinión es de sabios, entre otras cosas, porque en muchas ocasiones, implica ampliar tu visión, enriquecerla con perspectivas o aspectos que no habías sido capaz de ver hasta ese momento.

Un pensamiento diferente al mío no tiene por qué excluirlo. Es el ego el que necesita aniquilarlo para asegurarse la “victoria”. Y ¿qué victoria consigues, si implica romper la relación con esta persona?

¿Qué quieres? ¿Tener razón o ser feliz?

Lo que más daño hace a la hora de conversar es creer que mi forma de ver/vivir las cosas es la correcta, “lo normal”. Esa creencia hace que no entendamos cómo el otro no puede ver las cosas como yo. Que sea la mejor alternativa desde tu punto de vista, no significa que tenga que serlo para otras personas. Y ¿qué hace nuestro ego?  El ego habla desde arriba, desde la superioridad moral, restando importancia e interés a todo lo que no sea su perspectiva, desautoriza las otras opciones, intenta derrotarlas y puede llegar a ridiculizarlas , haciendo que la persona que no  piensa como él se sienta pequeña, ignorada o vencida, solo porque él ha sabido argumentar sus razones mejor que ella. Esto es lo que debilita el vínculo. Piensa. ¿Qué es lo que fortalece una relación? Sentirme segura con esta persona, sentir que le importo, que puedo ser yo y expresarme sin sentirme juzgada o entrar en una competición por quien tiene la razón y que me ve y que no intenta invisibilizarme rechazando mi percepción con sus razones.

Cuando queremos imponer nuestra razón estamos haciendo lo contrario.

Me pregunto dónde se originó esta necesidad de imponer nuestra razón. ¿Puede ser que se generase durante nuestra infancia? Fue una etapa en la que, con mayor o menor intensidad,  los adultos nos impusieron su voluntad y su opinión, desde su situación de superioridad. Su experiencia, su edad, el lugar jerárquico que ocupan dentro del  sistema familiar legitima a los adultos a imponer su razón, por encima de las razones que el niño o la niña puedan alegar. Y podría ser que ese patrón quede en grabado en nosotros y lo repetimos luego en nuestra edad adulta, resarciéndonos de aquella época en la que no teníamos ninguna autoridad.

Imponer nuestra razón es un acto de fuerza. Utilizar la fuerza implica que el otro se sienta inseguro, poco respetado, incluso agredido. Y es ahí donde el vínculo se ve debilitado.

Para que esto no ocurra la regla más básica es escuchar sin estar pensando en lo que vas a contestar. SOLO escuchar. Eso es imprescindible para 1) comprender y 2) para ir más allá de las palabras que estás escuchando y desvelar los sentimientos que están intentando transmitir.

Prestar toda tu atención a lo que el otro está diciendo evita que se cuele el ego en la conversación. 

Lo que propone la CNV es hacer un esfuerzo de objetividad, es decir, que nuestra actitud sea de alguien que observa la situación sin implicarse. Eso nos ayuda a describir los hechos de manera objetiva, sin juicios, evaluaciones, críticas o etiquetas. (“Habíamos quedado a las 7 y has llegado a las 8 menos cuarto”). Luego identificar y expresar qué emoción o estado de ánimo nos ha provocado esa situación hablando en primera persona (“Me siento ofendida, frustrada, enfadada por haber tenido que esperarte ¾ de hora, porque he corrido mucho para llegar puntual…”). A continuación reconocer las necesidades o valores que se han visto insatisfechos  o que están detrás de esas emociones (“ Siento que no valoras mi tiempo”, “no te importo”, “no me valoras”). Y finalmente hacer una petición clara, concreta, realizable y en un lenguaje positivo  orientada a enriquecer la vida o resolver el conflicto sin exigencias (“Cuando quedes conmigo calcula que vendrás ½ más tarde y dímelo desde el principio”. O bien “Te aviso de que vendré media hora más tarde de lo que quedemos”). La empatía ha de estar presente en uno mismo (reconociendo deseos y necesidades propios) y con el otro prestándole toda la atención para captar cuales son las emociones y necesidades que hay detrás de sus palabras y sin formular reproches ni adoptar una postura defensiva. Ceñirse al momento y no generalizar con expresiones como “tú siempre” o “tú nunca” que desacreditan la totalidad de las conductas del interlocutor y no se centran en la que ha provocado el conflicto. 

Releo el párrafo anterior y me doy cuenta de que es imposible tener en cuenta todo esto cuando vamos con prisas. Necesitamos parar, resituarnos, bajar revoluciones. Cada uno bajará revoluciones a su manera. Unos  se irán a caminar o a correr, otros bailarán, harán deporte o cantarán... Lo que está al alcance de todos es respirar hasta que nuestro sistema nervioso se regule. Respirar conscientemente nos ayuda a conectar con nosotros mismos y a desconectar con el ruido exterior. Seamos conscientes o no de ello, el ritmo que llevamos, por lo menos en las grandes ciudades, es muy estresante y eso tiene su impacto directo en nuestro sistema nervioso.

Si tu sistema nervioso está acelerado (eso es muy fácil que suceda) es mucho más probable que estés a la defensiva y que, por lo tanto, intentes imponer tu razón, sin tomarte tu tiempo ya no para plantearte  el punto de vista de tu interlocutor, sino ni siquiera para escucharlo.

Por lo tanto, y para cerrar esta reflexión, mi propuesta para este otoño es la lentitud: ir despacio, bajar el ritmo, darnos tiempo para estar emocionalmente disponibles antes de las conversaciones, sobre todo con las personas con las que tenemos un vinculo afectivo importante.

Porque esos vínculos afectivos son los que sostienen nuestra existencia, y sería una lástima que estuviésemos debilitándolos, sin ser conscientes de ello.

Marita Osés

16 octubre 2026


16.9.26

MIRADAS QUE CONSTRUYEN

 He tenido la suerte de poder viajar y hacer amistades en el extranjero y durante años, antes de que existieran las redes, mantuve estas relaciones de forma epistolar; me ha encantado siempre escribir cartas y recibirlas. Ir a correos o comprar sellos era una actividad casi cotidiana para mí y realizaba con devoción el ritual de doblar la carta una vez escrita, meterla en el sobre, cerrarlo humedeciendo los bordes de la lengüeta posterior y estampando el sello tras escribir  la dirección con tota la claridad que mi mala letra me permitía. Testigo del entusiasmo con que siempre he recibido el correo, mi marido, unos meses antes de mi 50 cumpleaños, envió un mensaje a todas las personas cuya dirección tenía pidiéndoles que me escribieran una carta con motivo de mi cincuenta aniversario y se la enviaran a su email o a su dirección postal profesional. Así pues, aquel 4 de febrero por la mañana, sin que yo me lo esperase, me entregó un saco de cartas y tuve una de las experiencias emocionales más intensas de mi vida: Las cartas venían cargadas de afecto y una no está acostumbrada a recibir tanto amor de golpe. 

Una de ellas era anónima. Su autora se había enterado por casualidad de aquella propuesta de mi marido y decidió escribirme sin darse a conocer.  Me contaba que era una compañera de los primeros años de colegio, que se sentaba unas filas más atrás. Hablaba de mí como una niña con gran personalidad, conciliadora, muy responsable y a la vez divertida, valiente y sobre todo asertiva y daba ejemplos concretos que avalaban aquellas afirmaciones. No me reconocí en absoluto y no tengo memoria de mi infancia así que las anécdotas también me sonaron ajenas. Acabé de leer la carta completamente convencida de que se había equivocado de persona, es decir,  que hablaba de otra compañera. Mi recuerdo de mi misma era de una niña tímida, insegura, que se empequeñecía frente a otras más audaces o cuando le preguntaban en clase, que se ponía colorada como un tomate cuando oía pronunciar su nombre, vergonzosa, hipersensible y, eso sí, muy aplicada. Releí la carta varias veces escudriñando cada detalle en busca de algún rasgo que delatase a la autora para poder ponerme en contacto con ella, pero no hubo manera. Contenta por lo bonito de la historia, pero con cierta pena por no haber podido reconocerme en aquella niña que el texto describía, archivé la carta con todas las demás, haciendo caso a la misteriosa autora que me venía a decir: “No te preocupes por averiguar mi identidad, si tenemos que encontrarnos algún día, nos encontraremos.” De esto hace 17 años y a lo largo de este tiempo he vuelto a leer la carta en varias ocasiones. En algún momento de crisis me obligué a creer en esa esa colegiala fuerte, determinada y justa y en otros momentos de mayor confianza en mí me permití identificarme con la esencia de aquella niña que, en un primer momento, me había parecido una auténtica desconocida. Su imagen fue haciéndoseme cada vez más cercana, más familiar, hasta que reconocí en aquella niña a la mujer que, muchísimos años después,  disfrutaría acompañando a personas en sus procesos de crecimiento.

Lo que quiero subrayar con esta historia es la importancia de que alguien nos mire con buenos ojos para descubrir aquellas cualidades nuestras que somos incapaces de ver. Y viceversa: la esponsabilidad de cada uno, de mirar con ojos limpios a los demás para que nuestras heridas y condicionamientos no nos impidan ver sus aspectos luminosos, su luz.

Es responsabilidad de cada uno mirar con ojos limpios a los demás.

Eran mis propias heridas las que no me permitían verme íntegramente. De niña, yo me había hecho una imagen muy pobre de mí misma,  y descubrir que alguien me había visto con otros ojos, me desveló el inmenso desfase que puede haber entre la percepción  propia y la percepción que tienen otras personas, o entre cualquier percepción, propia o ajena y la realidad. 

El mes de septiembre se presta a inaugurar etapa, hayas o no hayas hecho las vacaciones que necesitabas. Es un buen  momento para dilucidar qué percepción tengo de mi misma y cotejarla con la imagen que me devuelven otras personas. 

Porque según cómo te percibas, vas a emprender tu camino con una actitud o con otra. 

Y ya sabemos cuán importante es la actitud para llegar a destino. 

Dice Eckhart Tolle en su libro Un mundo nuevo ahora:

“Tienes una imagen mental no sólo de quién es la otra persona, sino también de quién eres tú, (...). Así que TU no te estás relacionando  con esa persona, sino que QUIEN TU PIENSAS QUE ERES se está relacionando con QUIEN TU PIENSAS QUE ES la otra persona y viceversa. La imagen conceptual de ti que tu mente ha creado, se está relacionando con OTRA CREACION DE TU MENTE, que es la imagen que se ha hecho de la otra persona.”

Todo este lío en el que se enreda nuestra mente, va en detrimento de la autenticidad en las relaciones, que es lo que todos necesitamos y valoramos. 

Por eso, propongo que este septiembre, hagamos limpieza de la imagen mental que tenemos de nosotros mismos y dejemos entrar rasgos que están ahí pero  que, por la razón que sea, no somos capaces de reconocer.

Que estemos atentos  y logremos tener una percepción de nosotros (y de los otros) en la que no haya juicio, sino búsqueda de la luz que está presente en todo ser humano.

Marita Osés

Septiembre 2026





19.6.26

DETALLES


Veo  el autobús señalando con sus luces intermitentes que va a incorporarse a la circulación, a punto de cerrar sus puertas.

La última persona que está subiendo se detiene al verme correr para no perderlo. Tiene un pie en la escalerilla y otro en la calzada y me sonríe. Llego acalorada de haber corrido para alcanzarlo. Le doy las gracias. En otras ocasiones es el conductor el que me ha visto correr por el espejo retrovisor y me ha esperado. No he tenido que pedirlo. Estas personas simplemente se han puesto en mi lugar y han hecho lo que les habría gustado que hicieran con ellas. Detalles insignificantes, que pueden cambiar tu estado de ánimo para el resto del día.

En la cola para pagar en el supermercado tengo delante una mujer con un carro a rebosar. Yo llevo solo un artículo, tengo prisa, pero me parece que esta persona también está apresurada. Me mira y me dice: “Pasa si quieres.” Se lo agradezco. Salgo del supermercado con una sensación de ligereza, más blanda por dentro. Alguien que ni siquiera conozco ha pensado por un instante en mí y me ha evitado esperar un buen rato, de forma gratuita. Estaba en su derecho de no dejarme pasar, pues había llegado a la caja del supermercado antes que yo. El no hacerme ese favor, no la convierte en una mala persona, ni mucho menos. Pero al hacerlo, crea una pequeña conexión entre ambas, y una vibración distinta en mí y en ella. Es la vibración de la conciencia del otro.

Es vivir presente no sólo en ti, sino también en tu entorno, no metido en tu propia cueva y ajeno a todo lo demás, sino consciente de los que te rodean, como una red de la que formas parte y en la que unos y otros nos influimos.  Lo interesante es que la influencia puede ser positiva o negativa. Eso lo decides tú. ¿Cómo? Teniendo detalles que aligeran, alegran, facilitan las vidas ajenas, y no reaccionando negativamente cuando la actuación del otro no es la que me esperaba o me perjudica.

En la oficina, voy a la máquina de bebidas calientes a media mañana. Encuentro a un compañero que acaba de apretar el botón del café.  Una vez lleno el vaso, aparece una señal luminosa indicando que se ha acabado el café. Chasqueo la lengua, mostrando mi disgusto y él me tiende su vaso. “Toma, a mí me gusta también el chocolate caliente.” Y se pide un chocolate. No tiene por qué hacerlo, pero lo hace. 

Si estamos atentos, hay innumerables ejemplos de detalles que no cuestan ningún esfuerzo, y cuyo impacto en la persona que los ofrece y en la que los recibe es enorme.

Solo hay que estar atentos y abiertos en lugar de ir por la vida ensimismados y atrincherados en nuestras defensas.

Las personas que se comportan teniendo en cuenta al que está a su lado, demostrándole que les importa su bienestar, encuentran gratificación en ser así.

El secreto está, pues, en encontrar gozo en el hecho de tener detalles con el prójimo, en que no sea un sacrificio renunciar a tu café, sino un gusto poder ofrecérselo a otra persona. Alegrarse con la alegría del otro, sea quien sea ese otro.

Cuando se trata de un ser querido, es fácil sentir placer cuando le haces feliz. En parte porque un ser querido es como si fueras tú mismo o parte de ti. ¿Cómo hacer para que el gozo de cualquier persona sea también mi gozo? Pararme a sentir y a percibir que nos une el hilo de nuestra propia humanidad que nos hermana y nos iguala. El otro es parte de ti. El otro es un ser humano igual que tú. Tiene deseos y necesidades que lo configuran como a ti. 

Básicamente todos queremos ser felices. La plenitud es un anhelo irrenunciable de todo ser humano.

No está fuera de nosotros sino dentro, no como algo que podamos obtener sino como algo que activamos cuando amamos, pues eso es lo que somos.

Si somos expresiones de Dios, hijos de Dios, somos plenitud.

Cuando no lo vemos, es porque estamos identificados con nuestro yo pequeñito, el que está ocupado únicamente en subir al autobús, pagar cuanto antes  en el supermercado y tomarse su café. Independientemente de lo que ocurra a su alrededor. Esta identificación con el yo pequeño es la fuente de nuestra ignorancia que junto con las experiencias de dolor, hace que nuestra vida gire exclusivamente en tono a nuestras necesidades. Y perdemos de vista al prójimo. Si logramos acallar al yo pequeño, instalado en nuestra mente, nos damos cuenta que hay Alguien que vela por nosotros través de otras personas y a través de uno mismo.

¿Puedo colaborar en la consecución de ese deseo común a cualquier ser humano?  
¿Puedo vivir de manera que hacerlo me haga feliz también a mi?

Es una decisión que ha de tomar cada uno. Y solo podemos convencernos probándolo.  Atrevernos a experimentarlo y comprobar qué pasa con nuestra vida y con la de los otros.

Me encontré con este texto hace poco: “Se me mostró una gran puerta muy pesada y difícil de abrir porque sus goznes estaban muy duros. Entonces vi cómo se ponían unas gotitas de aceite en los goznes y la puerta se fue abriendo poco a poco, hasta que al final, el más ligero toque con un solo dedo bastaba para abrirla. Oí estas palabras: “Utiliza cada vez más el aceite del amor, porque el amor es lo que hace ceder. El amor siempre se abre paso. Abre tu corazón y que el amor fluya con libertad.”

Me llevó a reflexionar: ¿En qué partes de mi vida puedo poner más amor? ¿Qué puertas son difíciles de abrir y necesitan esas gotitas de aceite –esos pequeños detalles- en las bisagras?

AHORA puede ser el momento de poner más amor en tu relación de pareja, con tu hijo, tu hermano, tu amigo. Puede ser el momento de poner más amor en tus propias heridas, sin esperar a que otros vengan a salvarte o a sanarlas.

El amor no necesita grandes gestos ni proezas. El amor está en los detalles.

💫En el contexto de un curso de pareja que estoy siguiendo, el reto del mes es escribir a diario una nota en algún lugar sorpresa, en la cual agradecemos algo, expresamos lo que nos gusta o hacemos un comentario cuyo centro sea la otra persona, su forma de ser o actuar. Es una nota muy corta, cabe en un post it, pero su contenido puede ser muy poderoso y abrirte el corazón. Nos hemos dicho cosas bonitas, profundas, alegres, cotidianas, divertidas… Hacerlo a diario y no como algo espontáneo que te surge en un momento de intensidad emocional nos ha dado mucha solidez y lo ha convertido en una responsabilidad que cumples con gusto porque sabes el impacto tan positivo que tiene en ambos. Me hace bien escribir la nota y me hace bien recibirla. Escribirla te obliga a parar, tomar conciencia, interiorizar lo que has vivido o estás viviendo, observar lo que el otro ES y HACE, sin juicio, y rescatar lo que más te gusta o agradecer eso que te has parado a observar y que quizás durante mucho tiempo habías dado por sentado. Crea conexión, complicidad, presencia. Encontrarte la nota en la cartera, debajo del móvil o de la almohada o pegada en el espejo del baño o en la mesita de noche te hace detenerte para leerla y conectar con quien la envía.

🤔Me ha llevado a pensar si somos capaces de ver la cantidad de “notas” que nuestro Dios nos manda a diario. SI  nos paramos a identificar todas las señales que muestran que vela por nosotros, que está pendiente y orienta nuestras vidas a través de lo que nos ocurre en el día a día. Los hechos son el lenguaje de Dios. Muchas veces, hasta que no me recluyo en el silencio de la oración no tomo conciencia de ellos, ni reconozco su presencia constante en mi vida. ¿Qué me está ocurriendo ahora? ¿Cómo lo interpreto si me creo que es una nota de Dios, una forma de hablarme, de hacerse presente para que me sienta acompañada? ¿Confío en que está interesado en mantener viva la conexión conmigo y que hace todo lo posible para lograrlo?

¿Dónde pongo mi atención a lo largo del día para descubrir las “notas” de Dios? Para hacerme consciente de su presencia, de su atención, de su intención, de su Espíritu actuando en mi vida.

🙏Si me creo que él es el origen de todo y que de Él procede todo, cuando me siento por ejemplo a la mesa a comer, puedo detenerme un instante antes de empezar y sentir la gratitud por todo lo que ha tenido que suceder para que el alimento llegue hasta mi plato. Si recibo una sonrisa, un abrazo, una mano tendida, puedo interiormente remontarme hasta Él y agradecérselo, si de verdad creo que de  Él proceden todas las cosas.  Incluso cuando recibo una adversidad que me obliga a poner los pies en la tierra o a darle la vuelta a mi perspectiva inicial , confiar en que eso es para mi bien y ver una ventana abierta donde se me  había cerrado una puerta.  Se trata de no quedarse ahí, en los hechos, sino de ir más allá y preguntar: “ ¿Qué quieres decirme con esto?” Y a continuación,  actuar en consecuencia. No perderme en los “por qués”, sino confiando en que hay un  “para qué” de lo que esta sucediéndome y eso me encaminará a la acción adecuada.

Que es siempre una acción alimentada por el amor: 
amor al prójimo, amor a mí misma, que son las maneras concretas y humanas de amar a Dios.

 

Marita Osés

Junio 2026


22.5.26

Una amistad para siempre

Imagínate que estás en una fiesta o en una reunión de gente en la que no conoces a nadie. No te sientes muy segura y escaneas el espacio buscando un rincón en el que puedas estar cómoda.

Estás un poco nerviosa. Alguien se te acerca y te saluda. Se presenta y te dice lo que está haciendo allí y te confiesa cómo se siente.

Que alguien te hable, te hace sentir menos sola.

Dirigir la palabra a alguien es una manera de incluir a esta persona, de decirle Te veo, Te tengo en cuenta, Reconozco tu presencia en este espacio.
Yo viví muchos años sin dirigirme al palabra.
Sin decirme: te veo, te tengo en cuenta, reconozco tu presencia y todo lo que representas. Al menos conscientemente. Inconscientemente sí que oía una voz en mi cabeza, pero ahora sé que no era mía. Era como si se me hubieran colado dentro de mi cerebro las palabras de mi madre, de las profes del colegio, del entorno en el que me movía y yo me sometía a esas demandas, esos juicios y esas amenazas. Esta voz que yo identifiqué conmigo, me exigía ser perfecta en mis acciones y complaciente en mis relaciones. ¿Para qué? me pregunté cuando empecé a cansarme de sus efectos sobre mi estado de ánimo. Y comprendí que la finalidad de esa voz era apaciguar mi miedo a ser rechazada y mi creencia de que si me ajustaba a las expectativas de los demás tenía asegurado un lugar entre ellos. Y todavía más, si demostraba ser tan  útil que me convertía en imprescindible, no me abandonarían nunca. Me costó muchos años descubrir que mi herida  de rechazo (es decir, mi miedo a ser rechazada) había condicionado todas mis relaciones sin que yo me enterase y había multiplicado por diez mi carácter ya de por sí  servicial y complaciente.  No había nada malo en tener estas características, pero al ponerlas al servicio de mi herida,  me olvidé de mí.  Ahora, con la perspectiva que me da el tiempo que ha transcurrido, he comprendido que aquella sensación de desamparo, de agotamiento y aquellos ataques de tristeza inusitados eran  consecuencia de vivir ignorándome. Y entiendo también por qué cualquier gesto o situación en la que me sintiese ignorada, me afectaba profundamente. Entonces mi disgusto era muy hondo, desproporcionadamente  doloroso, porque el supuesto desinterés de esta persona se añadía al mío propio.
Me llevó un tiempo entender que había ahí un rincón de mi ser que necesitaba atención y cuidados. Cuando empecé a ser conmigo  tan empática y atenta como lo era con los demás, desapareció el miedo al rechazo y al abandono, y ese cambio de actitud conmigo fue suficiente. No tuve que hacer nada más que hacerme caso, para dejar de atender patológicamente a todos olvidando mis propias necesidades.
Fue darme espacio , tiempo y atención y recuperé mi paz interna. 
Aquel desasosiego, aquella angustia que me habían acompañado durante años no eran más que la forma que tenía mi cuerpo de avisarme de que no estaba viviendo como deseaba. Como necesitaba y como merecía. Ahora veo que mis problemas de salud, que tanto me fastidiaban, eran mis aliados, pero no supe entender su idioma hasta que tuve una situación grave. Ahí la vida me paró en seco y me obligó a recapacitar: ¿Qué está pasando aquí? Mis creencias sobre el universo y sobre Dios hacían imposible que interpretara aquella enfermedad como un castigo.  Después de llorar la noticia del cáncer, respirarla y caminarla durante tres días seguidos, entendí que no solo no era un castigo sino todo lo contrario. Era un mensajero y tenía que escuchar su aviso, por angustiante que fuera la forma en que había elegido presentarse ante mí. Lo cierto es que si no se hubiese presentado de esa forma, no le habría prestado la atención que le presté y no habría iniciado un proceso de cuestionamiento de mi forma de vida en aquel momento. De hecho, me di cuenta de que ya había recibido ese mensaje con anterioridad, pero de formas más suaves y no les hice ni caso. O si vislumbré algo en algún momento, me duró pocos días el cambio de actitud. 
Así que el mensajero desagradable se convirtió en mi aliado. Hizo que me sintiese tan vulnerable, tan frágil, que me estrené en hablarme con amabilidad, ternura, comprensión, con un tono carente por completo de exigencia y cargado de empatía. Empecé a decirme cosas como Tienes derecho a estar como estás. Has recorrido un gran trecho para haber llegado hasta aquí y vivirlo como lo estás viviendo. Lo has hecho lo mejor que has podido con las herramientas que tenías en aquel momento y en el grado de conciencia en el que te hallabas.
Es decir, empecé a validar un pasado con el que nunca me había sentido del todo satisfecha. Inicié una amistad que sé que durará toda mi vida.
Así comienza cualquier amistad. Dirigiendo la mirada y la palabra al alguien.
No importa tanto lo que le digas, sino que le transmites: Te veo, te reconozco, tu presencia me importa, enriquece mi vida.
Hacerlo contigo te cambia la vida. 
A veces cuesta. Puede que la primera vez necesites un espejo en el que mirarte. Puede que te sientas cortada o incómoda, o que no sepas qué decirte. No importa.
Dentro de ti hay alguien esperando ser reconocida. Dale tiempo, dale paciencia si no te lo pone fácil.
Puede que lleve años esperándote y esté un poco enfadada. Puede que no se fíe de ti al principio. No te achiques. Tu sigue ahí, hasta que te sonría y te dé permiso para amarla como necesita. Para amarte como necesitas.
Será el principio de una amistad que durará toda la vida.
Y cada conversación honesta con ella te acercará más a tu verdad. Pues eso, dale cita pronto.

Marita Osés
13 mayo 2026

27.4.26

LIBROS ¿PARA QUÉ?

Este año, con motivo de Sant Jordi, el día del libro ,me he centrado más en el objeto, que en el significado de este día. ¿Qué es un libro? Un refugio, una huida, un compañero, un amigo,  una obsesión, un maestro…y mil cosas más. Una ventana al mundo. Al mundo exterior y al mundo interior. A otros paisajes, modos de vida, costumbres. A otros estados de ánimo, percepciones y  sentimientos que no habíamos conocido antes, o a los que no habíamos puesto palabras.

¿Qué me ofrece un libro? Me ayuda a salir de mi misma y de mis esquemas mentales o a entrar en mi misma y reconocerlos.

 ¿Qué me roba un libro? Un libro me roba tiempo. O me regala un tiempo de disfrute, de desarrollo intelectual, de cuestionamiento, de aprendizaje. Un libro me roba horas de sueño o me invita a soñar en otros idiomas, códigos y colores diferentes a los que constituyen mi cotidianidad.

 ¿Qué me aporta? ¿Qué cambia en mí? ¿Me puede transformar la lectura de un texto, de un párrafo, de una línea …de una sola palabra? En mi caso, rotundamente sí.

Hay frases que se me han clavado en el corazón. Otras que se me han quedado prendidas en el alma y me han empezado a transformar por dentro.

Ya sea por sintonía con ellas  o por desencuentro, por desacuerdo. Puedo leer algo tan alejado de mi propia percepción que me resulte chocante constatar que otra persona –en este caso el escritor- pueda tener una experiencia tan distinta de la mía. Pero si está bien expresada, puedo incluso aceptarla como válida o que me resulte imposible ignorarla.  Puede ser que la ignore para seguir viviendo como hasta el momento en que la leí y resistirme a la transformación, pero también puede ser que me empuje  a cambiar.

También puede ocurrir que lo que leo sea la expresión exacta de lo que me ocurre por dentro o de lo que pienso o siento. En este caso, la satisfacción es inmensa, una gratitud por el hecho de que alguien haya encontrado las palabras exactas para describir algo que yo conocía pero no había conseguido formular.

Ese momento de compenetración absoluta con el escritor es de una gran intensidad, de plenitud emocional.

Reconozco mi humanidad en la suya y su humanidad en la mía,  me recuerda que todos somos lo mismo manifestándose de formas distintas.

🌹Cuando penetro en la intimidad de un personaje y resuena conmigo, me hace de espejo, me ayuda a reconocerme y a conocerme.

📙Cuando entro en un relato en el que las normas sociales son distintas a las que he mamado, me sorprendo, cuestiono las mías, les doy la vuelta y en alguna ocasión, doy un salto cuántico en mi forma de encarar la vida porque me aportan una novedad enriquecedora. 

🌹Cuando admiro a un personaje por su forma de actuar, me motiva a crecer en esa dirección, y me pegunto qué habría hecho yo en esa situación. 

Hay libros que literalmente me han secuestrado.
Mi mundo real desaparece mientras leo y la ficción se convierte en mi realidad durante el tiempo que tengo el libro entre mis manos. El último que lo hizo fue Hamnet de Maggie O’ Farrell. Cuando lo dejaba, sentía que me deslizaba por un tobogán, caía de golpe en mi realidad  y me costaba salir del siglo XVI de la  Inglaterra isabelina, para aterrizar bruscamente en la Barcelona del siglo XXI. La inmediatez del móvil y del mundo digital se me hacía extraña, después de haber experimentado la necesidad ineludible de ir caminando, o corriendo o a caballo a los sitios para comunicar una noticia urgente y el ritmo de vida necesariamente lento de aquella época de la historia.

Cuando leo de novelas históricas siento en mi propia piel las injusticias cometidas contra las mujeres. 

Más que en mi propia piel, en mis entrañas. Como si un hilo invisible me uniese a todas esas mujeres. Como algo grabado a fuego que sigue condicionando mi actitud frente al mundo  y frente al patriarcado. Entonces el libro es como un puente gigante que me vincula con ellas. Otros hombres y otros libros nos convencieron  de que los mejores eran los más fuertes y no los que mejor colaboraban. De que los seres humanos distintos a nosotros eran enemigos y rivales.  De ahí  nació el instinto letal de eliminarlos o someterlos, en lugar de averiguar en qué aspectos podíamos complementarnos. Parecía que la historia de la humanidad estaba llegando a  comprender que vale más sumar con el otro que vencerlo, que darse la mano es imprescindible para avanzar, que la violencia solo engendra más violencia. Pero a día de hoy no es así. Y me pregunto qué está pasando.

El libro más vendido de todos los tiempos, la Biblia, empieza con el Antiguo Testamento en el que se habla de pueblos en lucha y de la existencia de un  Dios cruel y vengativo , pero acaba con el Nuevo Testamento en el que Dios se nos muestra como alguien manso,  no violento, compasivo y misericordioso y se ofrece como modelo a seguir para nosotros los humanos. La actualidad de abril de 2026, recuerda la del Antiguo Testamento, a un mundo enloquecido y salpicado de guerras.

Tenemos  la oportunidad de pararnos y reflexionar qué humanidad queremos y qué estamos dispuestos  a hacer para conseguirlo.

Ojalá que los libros que leamos, nos ayuden a caminar en la dirección de la paz. La paz interna y la paz externa.

Feliz día del Libro.🌹📗


Marita Osés

Abril 2026


27.3.26

Envejecer

 
La semana pasada me paré a saludar a unos conocidos que no veía hacía años,  y a la pregunta ¿Cómo te va?, respondí sin pensarlo: Pues mira, envejeciendo…. Antes de que pudiera pronunciar la palabra bien, me miraron con reproche y me respondieron: Mujer, ¡qué negativa! ¡No te lo tomes así! Me sorprendió su reacción porque, en mi caso, envejecer está siendo una experiencia increíblemente rica.
Sin duda, como todo lo que tiene que ver con la existencia humana, el proceso de envejecer tiene aspectos mejores y peores.
Pero, de ninguna manera lo estoy viviendo como algo negativo, por inexorable que sea. Existe – es cierto- ese deterioro físico que se materializa de múltiples maneras, la pérdida  de aptitudes cognitivas, una merma indiscutible de la energía disponible. Pero aparece la posibilidad de compensar la pérdida de aptitudes con una transformación de la actitud, basada fundamentalmente en la aceptación. Aceptar que la pérdida de aptitudes no es el fin del mundo, sino la puerta a otro mundo en el que rigen coordenadas diferentes a las que han regido tu existencia hasta este momento.

Aceptación, Gratitud, Lentitud y Conciencia son las nuevas coordenadas que me sostienen y por lo tanto son la estructura que determina como conjugo el verbo envejecer. Aceptar la  nueva situación, que en realidad no es una foto fija, sino que sigue evolucionando. Es un proceso que me permite poner en marcha nuevas estrategias que no había necesitado hasta el momento y por eso no se me habían ocurrido. Estoy en un periodo en el que me fallan antiguos recursos y mi tarea es encontrar otros nuevos para vivir plenamente esta etapa. Plenamente significa para mí, encontrándole un sentido, suceda lo que suceda.

Esto me resultaba prácticamente imposible cuando era joven. Funcionaba así: De buena mañana mi cabecita decidía como tenía que ser mi jornada y si se desarrollaba de otra manera, generaba en mi enfado, resistencia, contrariedad, frustración, a veces incluso culpa. A estas alturas ya he comprobado que la Vida tiene su propia dinámica y que mi agenda es algo diminuto, imperceptible, comparada con los planes que el universo –Dios o llámale como quieras-, tiene para mí.  Esto no significa que renuncie de entrada a mis sueños, objetivos o aspiraciones. Significa que me recuerdo a mí misma que están sujetos a unas leyes sobre las que no tengo control alguno y que la clave está en no rechazar lo que viene, solo porque yo había previsto otra realidad diferente. Si lo pienso bien, mi previsión está basada en un esquema mental muy pequeñito –el mío- inserto como el de todo ser humano en una trama mucho mayor a la que todos aportamos a la vez que de la cual todos dependemos. 
Envejecer es aprender a llevarme bien con TODO lo que llega a mi vida, encontrándole un sentido.
Y cuando el sentido se me escapa decirme al oído: “Esto que ahora mismo rechazarías, seguro que hay otra manera de verlo. Reconozco y asumo que -de momento- no soy capaz de adoptar esa perspectiva que me permitiría aceptarlo con PAZ.
Paz es la gran conquista del envejecer, gracias a la aceptación, al agradecimiento y a la lentitud.
La lentitud la abordaremos más adelante en otro post, pero si vas deprisa, te quedas en la superficie, es muy posible que no llegues a profundizar o de ir más allá de lo evidente.
La sociedad actual nos hace ir deprisa e imposibilita que conectemos con la verdad.
Lo esencial es invisible a los ojos, decía El pequeño príncipe de Saint-Exupéry.
Vaya por delante que no me siento “vieja” en el sentido negativo que se le da de sentirse acabado, perdido o inútil. 67 años. La cifra me impresiona, sí, pero todos estos años me han servido para llegar hasta aquí más sabia, más paciente, más flexible, más abierta y eligiendo muy bien dónde invierto mis energías. Más arraigada en mi misma. Más consciente de todo lo que me queda por aprender. Se cuidarme mejor. Cuando me visto, no me preocupa tanto la apariencia como la comodidad, cuando como, no busco tanto el sabor como lo que necesita mi organismo, cuando me muevo tengo en cuenta cómo está mi esqueleto y mi musculatura. 
Uno de los hitos del aspecto positivo de envejecer es el hecho de tomar conciencia.
Tomar conciencia no es pensar, sino tratar de asimilar la cantidad de riqueza que nos presenta cada día la vida y darnos cuenta de que todo lo que llega –nos resulte agradable o no- está al servicio de nuestra plenitud como seres humanos. Darnos cuenta es lo contrario de quedarse en la superficie. En lugar de pasar de puntillas sin enterarnos de la cantidad de mensajes que recibimos a diario con la única finalidad de ayudarnos a cumplir nuestro propósito en la vida. 
La inconciencia es una característica que atribuimos a la infancia. Tendemos a pensar que el niño y la niña son inocentes y no se enteran de muchas cosas. Pero yo recuerdo ser consciente desde muy pequeña y he encontrado a muchas personas que tienen ese mismo recuerdo de “enterarse” de lo que sucedía a su alrededor, en el mundo de los adultos, aunque no lo entendiesen o no supieran formularlo con palabras. El caso es que lo percibían y su percepción era muy pura, poco contaminada por los prejuicios y creencias circundantes que todavía no habían tenido tiempo de absorber. Dedicamos una parte de la vida a aprender esos condicionamientos, y la otra parte a desaprender unos cuantos. El proceso de envejecer invita a liberarnos de ellos para vivir libres y habiendo elegido cuáles queremos conservar porque favorecen nuestra plenitud y cuáles descartar porque nos impiden desplegar  nuestra esencia. Aunque nos liberemos de muchos prejuicios, la percepción no es pura como la de la criatura, pero ha decantado porque ha ido soltando todo aquello que no le era propio, había sido legado por generaciones anteriores, pero no había conseguido alinearse con nuestra esencia.
Envejece bien aquel que se alinea cada vez más con su esencia.
Su percepción ha sido pulida como un diamante al que se eliminan las impurezas. Una percepción cada vez más libre de lo que la podía condicionar. ¿Cómo se da esta limpieza mental? Cuando te percatas de la incoherencia de mantener ciertas ideas o prejuicios, abres la mente y el corazón y te flexibilizas, los juicios te parecen absurdos y amplias el espacio de tu tienda interior que cada día es capaz de acoger a más personas e ideas, sin necesidad de estar de acuerdo con ellos, sino gracias a un respeto forjado en la convicción de que todos somos lo mismo, aunque nos manifestemos de formas tan distintas. Cuando conseguimos eso, volvemos a ser como niños, que no hacen acepción de personas a menos que los padres hayan plantado en su corazón semillas discriminatorias.

Hay un miedo que nos acecha en cualquier periodo vital pero que se asocia más a la vejez, que es el miedo a la soledad.

En esta labor de toma de conciencia, uno de los hallazgos más gratos ha sido darme cuenta de que no estoy sola. Cuando llevas la atención a tu interior, descubres que estas habitada por tu mejor aliada, que dentro de ti hay “alguien” con quien puedes hablar, intercambiar opiniones, a quien puedes escuchar, cuidar y pedir, que está incondicionalmente a tu lado…cuando descubres a ese ser nunca estás sola.

Experimenta soledad aquella persona que no aprende a estar consigo misma.

Cuando estás con un buen amigo, no acabarías nunca la cita, vas concatenando anécdotas, temas que os interesan a ambos,  y siempre queda algo por compartir. Eduardo Galeano lo plasma de maravilla en uno de sus cuentos de El libro de los abrazos. Cuenta que dos amigos se encuentran después de mucho tiempo y empiezan a conversar emocionados. Cuando cae la noche, se dan cuenta de que es hora de regresar a casa y uno le dice al otro, “Va, te acompaño caminando hasta tu casa” porque no quieren interrumpir la conversación ni separarse. Cuando llegan a su destino, el que tendría que entrar le  dice a su amigo : “Va te acompaño hasta tu casa y allí nos despedimos”. Y la noche transcurre caminando por la calle hasta el amanecer, de una portería a la otra, porque ninguno de los dos se resigna a poner fin al encuentro, de tan a gusto que están juntos. 

¿Estás a gusto contigo?

La relación que establezcas contigo determina en gran parte  cómo vives tu vida y por lo tanto cómo llevas el proceso de envejecer.

¿Te tratas como un buen amigo o eres tu peor juez?

Un buen amigo no juzga. Disculpa, respeta, acompaña, está presente.

 

Cuando está contigo, puede darte conversación o respetar tu necesidad de silencio. Animarte cuando necesitas un empujón o hacer que te lo pienses dos veces antes de responder a un impulso cuyas consecuencias no eres capaz de prever. Te ayuda a tomar decisiones porque te conoce como nadie. Comprende tus reacciones más allá de las explicaciones que puedas darle. Todos deberíamos cultivar esa amistad interior, buscando y reservando tiempos para estar “solos”, es decir, con nosotros mismos.

Estar siempre en compañía de otras personas nos impide descubrir esta dimensión individual.

Envejecer es agradecer el camino recorrido, el punto al que has llegado y el camino incierto que te queda por recorrer.

Aprender a recibir y a sentir gratitud por lo recibido. Reconocer tu vulnerabilidad y descubrir cuánto te acerca a los demás seres humanos.

Envejecer es pillarle el truco a la vida. Hay que ponerse a ello sin tregua. Los más jóvenes: ¡empezad ya! El tiempo que me queda, cuya duración ignoro,  es precioso.

Envejecer es pillarle el gusto a la vida en estado puro, sin necesidad de efectos especiales para que nos resulte atractiva.

Libres de condicionamientos. Puede que envejecer conlleve menos salud y  limite nuestra libertad de movimientos, pero si  conseguimos liberarnos de nuestras cárceles mentales, las pérdidas valdrán la pena y disfrutaremos de sentirnos internamente cada vez más ligeros…para salir volando sin dificultad alguna, el día que nos toque. Que así sea.

Marita Osés

18 marzo 2026