Por si prefieres escuchar en lugar de leer

Colaboració a "L'ofici de Viure"

Mi participación en “Violencias invisibles” El FOC

13.10.21

Reivindicar tu esencia después de haberla ignorado durante tiempo

El día en que te das cuenta de que junto a una  persona has dejado de ser como eras  para no incomodarla, molestarla o provocar una situación que pudiese afectar a vuestra relación, es muy posible que la reacción sea enfadarte con ella y, tal vez, alejarse para poder ser tú. 


Te parece que ha sido “por su culpa” que has renunciado a tu esencia. Sin embargo, seas consciente o no de ello, fuiste tú quien decidió ir haciendo concesiones hasta que olvidaste quién eras,  porque valoraste más mantener la relación que ser fiel a ti. Casi todos lo hicimos de niños, para que mamá o papá no se enfadaran, así que todos llevamos dentro ese patrón de conducta y lo repetimos sin darnos cuenta… hasta que la vida nos avisa de que estamos renunciando a nosotros mismos sin que sea necesario. 


El primer síntoma es el deterioro de la relación y por eso pensamos que tiene que ver con ella. En un análisis más profundo de lo que está ocurriendo la persona puede sentir que está harta de sentirse a disgusto, tensa, insatisfecha, incluso herida, sin que la otra persona esté causándole dolor intencionadamente. Si mira adentro, le duele el alma, porque hace tiempo que no la escucha, aunque en infinidad de ocasiones, la sensación que tiene es que es la otra persona quien no le escucha.


¿Cómo hacer para reivindicar nuestra esencia cuando nos damos cuenta que la hemos descuidado, enterrado, olvidado?




Lo primero, contrarrestar la inercia de vivir ignorándote. Empezar a escuchar tus deseos y necesidades y atenderlos. Validarlos significa que te crees con derecho a ser como eres.




Esto puede ser difícil si llevabas mucho tiempo priorizando a la otra persona por delante de ti y puede provocar una sensación de egoísmo que te hará pensar que no vas bien. Por  el contrario, esa sensación es precisamente la señal de que vas por buen camino, porque empiezas a pensar en ti por primera vez.  Ser considerado, atento y cariñoso contigo no es egoísmo, es amor a uno mismo. 


Lo que ocurra con la relación cuando tú entres en este proceso de recordar quién eres y te des el derecho a manifestarte como tal dependerá de lo que decidáis ambos. Lo primero es explicar a la otra persona lo que te está ocurriendo y darle elementos para que te comprenda. Si es incompatible tu evolución personal con la relación, probablemente decidas alejarte. Una ruptura consciente no tiene por qué ser un fracaso si os agradecéis mutuamente lo que os habéis dado el uno al otro y transformáis el dolor en aprendizajes que os serán útiles más adelante.   Si la otra persona respeta tu proceso y las consecuencias que tendrá en vuestra relación, tenéis por delante un camino de crecimiento enorme. Es importante no invalidar el pasado  por haber llegado a este punto de no retorno.

Seguramente tuvo sentido mientras estuvo planteado de esa manera, y fue ese planteamiento el que te permitió darte cuenta de lo que te sucedía. Ambos necesitareis introducir algunos cambios si deseáis mantener viva la relación, y eso puede no ser fácil, pero si os dais la oportunidad de hacerlo, os daréis cuenta de que el horizonte de la misma era mucho más amplio de lo que jamás habíais pensado.


Marita Oses, 13 Octubre 2021

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6.10.21

¿Estás renunciando a ser tú, para mantener viva una relación?




Nadie se hace solo, por mucho que digamos “esta persona se ha hecho a sí misma”.
El ser  humano se construye en su relación con los demás y consigo.


El Otro puede ser un espejo donde mirarte, que te devuelve una imagen distinta de la que te habías hecho de ti. Puede ser un frontón donde pelotear creencias, ideas, opiniones, sentimientos. Puede ser una lima con la que rebajar tus aristas. En contacto con el otro puedes florecer o marchitarte, expandirte o encogerte, potenciarte o anularte.

Hoy me quiero detener en las personas que se adaptan tanto a las necesidades, gustos y deseos ajenos  que renuncian a los suyos propios por temor a la reacción que podría tener la otra persona. Esa renuncia alimenta una frustración de la que no siempre son conscientes y que aparecerá el día menos pensado. Por miedo a perder a una persona, podemos acabar perdiéndonos a nosotros mismos. No me refiero aquí únicamente a relaciones de pareja, sino también relaciones de amistad, entre hermanos, compañeros  de trabajo o incluso simplemente conocidos.

La primera relación que quisimos mantener a toda costa fue la que nos vinculaba a nuestros padres –o a los adultos a cuyo cargo estuvimos-, pues de ellos dependía nuestra supervivencia. Allí empezamos a hacer concesiones a nuestra esencia para complacerlos. Actuamos para obtener el reconocimiento, el amor, la atención, la aceptación, la conexión con nuestros mayores. Es posible que no fueras tan rígido o tan responsable, tan graciosa o tan sumisa como has acabado siendo, pero como eso te granjeaba el aplauso de mamá o papá, eso fue lo que te esforzaste en ser. Con el tiempo, lo que era un personaje que interpretabas se hizo tan tuyo que olvidaste quien eras de verdad. Todo menos decepcionar a aquel de cuya aprobación dependía tu autoestima.

No nos damos cuenta que ese miedo al rechazo revela una parte de nosotros que no estamos aceptando.



Este patrón de comportamiento quedó grabado dentro de nosotros, como si tuviésemos un mandato impreso en nuestra mente:

“Tengo que gustar.”


A partir de ahí, cualquier cita se convierte en un reto, un intento de ajustarse para complacer al que tienes delante.  Si eres muy comunicativo calculas tus palabras; si eres alegre y quien tienes delante parece muy serio, mides tu risa no sea que le parezcas demasiado emocional; si eres sensible y algún comentario te ofende, te haces el fuerte, no vaya a ser que tu interlocutor, tan maduro, te descarte por infantil; en lugar de vestirte con comodidad y para sentirte a gusto, te vistes para dar la imagen  que al otro le va a encajar…  Cualquier cosa menos decepcionar. Si decepcionas, corres el riesgo  de que te rechacen. Y parece que el rechazo sea lo peor que nos puede pasar.

Por fortuna la esencia insiste en manifestarse. Después de haberte sometido -a veces durante largos años y a veces inconscientemente- a lo que tu hermano, amigo  o tu pareja deseaba de ti, puede llegar un día (y ojalá así sea) en que te sientas incómodo en la relación porque percibes otra parte de ti que has ido asfixiando. Empiezas a recordar quién eres y decides no renunciar más a tu ser verdadero. Permites que tu esencia se exprese libremente por primera vez en esa relación, sin miedo a pagar el precio de perderla. La relación se tambalea, hay desconcierto, sorpresa, enfado,  confusión… toda una mezcla de sentimientos. Ambos necesitáis tiempo para  digerir lo que ha pasado y reubicaros. Es cierto que puede llegar a romperse si la esencia del uno y del otro no encuentran en ella el espacio que necesitan. Pero no tiene por qué ser así. Este será el tema del  para del próximo post.

Marita Osés, 6 octubre 2021

Si tienes algo que compartir sobre esta reflexión, me encantaría leerlo a continuación, en los comentarios.

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