Por si prefieres escuchar en lugar de leer

Colaboració a "L'ofici de Viure"

Mi participación en “Violencias invisibles” El FOC

5.6.16

¿Te haces lo que no le harías a tu mejor amigo?




Una persona me comenta alarmada una reacción suya en la que reconoce una conducta autoagresiva. Sin haberlo buscado, presenció una escena que le causaba profundo dolor y, a pesar de ello, no solo no se marchó de aquel lugar, sino que permaneció más de una hora torturándose con lo que veía. “Me estaba destrozando y no podía irme de allí. Algo me retenía. Y no solo eso. Desde entonces, he vuelto a pasarme la película una y otra vez y a hundirme en el pozo de la desesperación.” Le pregunto por qué se trata con tanta crueldad y me mira con cara de estupor. Está tan habituado a tratarse con dureza que ni siquiera se da cuenta.

-Si un amigo tuyo estuviera en tu situación emocional ¿le recordarías continuamente esta imagen? –le pregunto.

- ¡No! -me responde sin titubear.

-¿Y por qué te la recuerdas tú?

- No lo sé.

- ¿Te hace daño?

-Mucho.

-¿Sueles querer hacer daño a las personas que aprecias?

-No.

-Entonces, ¿es que tú no te aprecias?¿Te maltratas porque no te aprecias?

-¿Estás insinuando que no me quiero ni me respeto?

- A ver si lo ves más claro en referencia a una persona que aprecias ¿Obligarías a tu mejor amigo a presenciar eso que sabes que le hace daño y no le aporta nada?

-No, intentaría alejarle de esa situación.

- ¿Por qué entonces no haces eso contigo mismo? ¿Por qué en lugar de alejarte de lo que te hace daño, te quedas ahí provocándote más dolor?

-¿?

A veces no nos damos cuenta del poco aprecio que nos tenemos hasta que nos sorprendemos haciendo algo que va claramente en contra de nosotros. Tenemos la sensación de que nuestra autoestima está en su sitio porque nos hemos obligado a ir sonrientes por la vida y a ser amables, llegando incluso a despertar admiración, pero en nuestro interior hay una voz machacona que nos desautoriza y que se empeña en invalidarnos. Estamos tan acostumbrados a escucharla, que llegamos a identificarnos con ella, quedando a su merced. Suele utilizar este estilo de comentarios: no tienes remedio, eres un desastre, qué estupidez acabas de hacer, no aprenderás nunca, no podrás, no tienes ningún derecho, eres insoportable, quién te has pensado que eres, a estas alturas de la película pretendes, cuando dejarás de hacer tonterías…. Su efecto sobre nuestra autoestima es nefasto. Por eso, vale la pena pararse y prestar atención al lenguaje que empleo cuando me hablo: ¿Qué tipo de cosas suelo decirme? Si me hablo en estos términos, voy perdiéndome el respeto, la confianza en mí, el aprecio… y acabo con un autoconcepto miserable que hace que me comporte conmigo como si fuera mi peor enemigo. Al repetirme siempre lo mismo me empequeñece y me devuelve una imagen distorsionada que omite lo mejor de mi ser. Lo más injusto de todo es que se trata de una idea muy lejana a lo que soy de verdad. Esa voz interna es como un resumen de todas las voces de las personas que, a lo largo de nuestra infancia, no nos han aceptado como éramos y nos han querido cambiar, algunas con la mejor de las intenciones, para que fuésemos “mujeres y hombres de provecho”. ¿De provecho para quién? Ciertamente no para nuestra plenitud. Porque al intentar ajustarnos a las exigencias de nuestros seres queridos, podemos perder lo más genuino. Al desconectarnos de la esencia, nos falla la energía y quedamos en manos de esta voz que juzga y controla y pretende que la realidad responda a lo que ella ha dictaminado que sea. Como tiene la autoridad de proceder originariamente de los seres cuyo amor necesitamos de pequeños es muy difícil deshacernos de ella, porque establecimos con ellos un pacto de lealtad inconsciente. Pero es del todo imprescindible dejar de hacerle caso si nos interesa conquistar nuestra libertad. No soy una persona libre hasta que decido quitarle el poder que tiene sobre mí, hasta que decido que no es ella la que manda en mi vida sino yo. Tomar conciencia del lenguaje que utilizo para hablarme es un primer paso. Y, acto seguido, adoptar el tono y las palabras que emplearía para dirigirme a un ser querido, basados en la aceptación y en la confianza, no en el juicio y la condena sistemáticos.

¿A qué esperamos para empezar a ser amables con nosotros mismos?

Marita Osés

Coach personal

mos@mentor.es

1 Junio 2016


10.5.16

¿Soy egoísta cuando me cuido?



¿Soy egoísta cuando me cuido?

Cuando en un proceso de coaching una persona descubre que no se quiere y que es eso lo que le impide funcionar como ella desearía, decide empezar a amarse.

¿Qué significa quererse? Respetar mis deseos, mis necesidades, reconocer mis dones, cuidar de mí, darme permiso para expresar lo que pienso, siento y soy sin juzgarme, brindarme la oportunidad de ser como yo quiero cada mañana y aceptarme, es decir, estar contenta de ser así. Significa también sentirme valiosa, pues nadie puede amar lo que no valora.

Para poder respetar mis anhelos y necesidades, antes tengo que tomar conciencia de ellos y formularlos. Puesto que somos limitados, la satisfacción de nuestros deseos conlleva a veces la imposibilidad de atender los ajenos y eso puede provocarnos un conflicto. De repente nos sentimos egoístas, sobre todo si hasta ese momento hemos estado siempre pendientes del otro, olvidándonos de nosotros, es decir hemos vivido nuestra vida en función de los demás. Compruebo que para poder decirme SI, tengo que decir NO a las demandas externas. Esa hora en la que yo me cuido, no estoy cuidando a fulanito. Ese rato en el que yo necesito estar sola, dejo de acompañar a menganita. Si me quedo descansando la tarde del domingo, no podrán contar conmigo para hacer la mudanza.

Desde niños nos han dicho que el egoísmo es el peor de los defectos y la fuente de todos los males del ser humano. Busco en el DRAE: “Egoísmo: inmoderado y excesivo amor que uno tiene a sí mismo y que le hace atender desmedidamente a su propio interés, sin cuidarse del de los demás.” Y la doctrina católica ha hecho más hincapié en el amor como renuncia de sí mismo y sacrificio que como alegre donación de lo que cada uno es en esencia. Por este y otros motivos, podemos haber llegado a la conclusión de que ocuparnos de nosotros mismos es un acto egoísta y ocuparnos de los demás, una buena obra. Esta visión dualista de cada persona como algo separado de los demás nos hace olvidar que todos somos uno y que lo que te haces a ti se lo haces al vecino y viceversa. Asimismo, nos aparta del planteamiento básico: no se trata de hacer buenas o malas obras, sino de ser lo que cada uno ha venido a ser. Y todos hemos venido a ser amor, puesto que amor es lo que todos necesitamos. Es eso lo que nos define, nos hermana y nos hace humanos. “Si no fuéramos plenitud, no nos dolería la carencia”, escribió Antonio Blay. Si nuestra esencia no fuera amor, no nos rompería el desamor.


Esta esencia amorosa es lo que hay que preservar, cuidar, regar, empezando por  uno mismo. Cuando te llenas de amor, lo rebosas. El bienestar, la serenidad que te produce el quererte y aceptarte como eres, te permite vivirte y vivir a los otros sin egoísmo. Ni siquiera tienes que proponerte amar. No hay que olvidarse de sí para poder amar, sino todo lo contrario: hay que recordar que somos amor y buscar esa veta en nuestro interior. Lo que nos conviene dejar a un lado es el ego, una creación de nuestra mente que pretende tomar las riendas de nuestra vida desde el miedo. Miedo a no ser suficiente, a no poder, a no estar a la altura. Este miedo sólo se combate con amor a nosotros mismos, a lo que somos y a como somos porque así alimentamos la confianza. No podemos confiar en nosotros si no dedicamos tiempo a cuidarnos y hacernos crecer. No es egoísta el que cuida de su esencia, sino el que por no ocuparse de ella se priva a sí mismo y a los demás de gozar de sus frutos. Son los frutos del amor.
Marita Osés, coach personal
mos@mentor.es