Por si prefieres escuchar en lugar de leer

Colaboració a "L'ofici de Viure"

Mi participación en “Violencias invisibles” El FOC

10.7.16

El dolor (1) : Tira del hilo



Una de las preguntas que me he hecho con mayor frecuencia es: ¿por qué tiene que existir el dolor? Con el tiempo, he tenido que convencerme de que ha sido la única forma de aprender ciertas lecciones y de despertar del relativo letargo en el que me acomodaba al poco de entrar en una época de bonanza. Pero aun así, me resistía. ¿Es que no hay otra forma de aprender, de abrir los ojos? Probablemente la haya… en un estado de conciencia superior al que me encuentro actualmente. De momento, pues, tengo que manejarme con el dolor, y, ya que aparece en mi vida, quiero que me sirva para algo.

Si estoy decidida a sacarle el máximo partido he de saber, en primer lugar, qué lo ha originado y distinguir cuándo algo o alguien ha sido un simple detonante y cuando ha constituido una verdadera causa. Si una amiga me planta, y no es la primera vez, el detonante de mi enfado es el plantón y puedo concentrar ahí toda mi furia, pero la verdadera causa de mi dolor es lo que percibo como desinterés por parte de mi amiga o una falta de respeto por mi tiempo, por ejemplo (aunque ella pueda tener motivos que nada tengan que ver con mi percepción).

Parte de nuestro dolor actual hunde sus raíces en nuestros primeros años de vida. Su origen es tan antiguo que llegamos a creer o preferimos creer que ese dolor nunca existió, sobre todo cuando está relacionado con seres muy queridos para nosotros. Puesto que en aquel momento de nuestra vida no disponíamos de herramientas para procesarlo, lo enterramos. La estructura de un niño es demasiado frágil para asumir sin quebrarse la pérdida que significa la muerte de un ser querido, la separación de sus padres, el acoso de un compañero o un sinfín de desventuras que pueden ocurrirle. La gravedad no tiene por qué ser objetiva, sino que depende de la sensibilidad de quien las padece. Dice Brené Brown[i] que el cerebro procesa del mismo modo el rechazo social o la vergüenza que el dolor físico. La vergüenza es muy dolorosa para los niños porque está ineludiblemente vinculada al miedo a no ser queridos. ¿Quién no ha pasado vergüenza en su infancia? El dolor que provocan estos momentos en una edad temprana es excesivo, por lo que nuestro cerebro lo guarda en un lugar recóndito para protegernos de él y permitirnos proseguir nuestro camino. Hasta el punto de que nos olvidamos incluso de que lo habíamos escondido.

Entonces, un malestar, una reacción exagerada, o una conducta que se repite en contra de nuestra voluntad nos señalan que hay algo en nosotros que está distorsionando nuestra vida. Es un resorte que no controlo y del cual solo tomo conciencia una vez se dispara o cuando he de asumir las consecuencias de mi acción o cuando una persona que me conoce me señala que ese aspecto no tiene nada que ver con mi forma de ser. También una dolencia física puede estar avisándome de que algo se enquistó en mi biografía y está condicionando mi vida y mis relaciones. El cuerpo es nuestro aliado y suele gritar lo que la mente lleva acallando, a veces durante años.

La actitud más habitual cuando adoptamos conductas que nos incomodan o que no acabamos de comprender es juzgarse, criticarse y condenarse. La condena provoca más dolor. Si en lugar de condenarnos, nos prestamos atención, nos tratamos con amabilidad y ternura y reconocemos que tal vez haya hechos en nuestro pasado que están poniendo palos en la rueda de nuestro presente, sacaremos provecho al dolor. Así, una mujer que se critica por ser exageradamente desconfiada con su marido y se siente despreciable por ello porque, en realidad, éste no le da motivos, podrá comprenderse y perdonarse si se atreve a entrar en el dolor que le produjo enterarse de la doble vida de su padre cuando era una niña. Un joven que siente que no puede respirar, cada vez que una persona le intenta convencer de que haga algo que él no quiere hacer (un simple vendedor, un amigo que insiste en hacer un plan), y se siente ridículo por ello, puede llegar a aceptar que eso era lo que le sucedía cuando sufrió abusos y que la situación actual no tiene por qué activar la misma reacción, porque él ya no es el niño indefenso que los sufrió, sino un hombre que no solo sabe lo que quiere sino que tiene herramientas para negarse a hacer lo que no quiere.

La conducta o el malestar del que queremos liberarnos siempre nos da una pista para encaminarnos a su origen. Cuando reacciono o me siento de esta manera ¿qué suele suceder antes? ¿Qué tienen en común las situaciones en que se dispara esta conducta determinada o este sentimiento? Una mujer que padecía fuertes dolores abdominales en su trabajo sin que hubiese causa médica aparente, descubrió de esta manera tan sencilla que eso le ocurría cada vez que no decía a su jefe lo que pensaba. Resulta que era la pequeña de tres hermanos varones a los que temía porque siempre la ningunearon. En un ambiente machista cuyas reglas le parecían injustas, pero en el que no se atrevía a rebelarse, cada vez que callaba tenía dolor de barriga.

Cuando tiras del hilo, te das cuenta de que aquello frente a lo que reaccionas en el momento actual es el detonante de tu conducta o estado de ánimo, pero la verdadera causa puede que esté en tu biografía. La causa fue el hecho traumático que en tu infancia te afectó hasta el punto de correr un tupido velo para poder seguir viviendo. Si en aquel momento te sentiste avasallado, abandonado, humillado, perdido, traicionado, avergonzado… y no pudiste salir de ahí, cada vez que una circunstancia o persona te provoque un estado de ánimo o emoción similar, aquel recuerdo se reactivará y hará que actúes no como la persona que eres ahora sino como aquella criatura que fuiste y que quedó anulada por el avasallamiento, el abandono, la humillación, la pérdida, la traición, la vergüenza o lo que fuera que tumbó su confianza en sí misma y en la vida.

Hay que ser valiente para decidirse a coger el toro por los cuernos y explorar el dolor oculto tras las conductas o malestares que nos disgustan. No resulta cómodo ni fácil. Lo que solemos hacer para esquivar el bulto es decir “yo soy así”. En realidad, eres mucho mejor que eso. Sería una lástima que acabaras creyendo que eres así. Si te atreves a abordar ese dolor, dejará de condicionar tu vida. Pero ese es tema para el próximo post.

Marita Osés, Junio 2016

Coach personal

mos@mentor.es






[i] Brené Brown, El poder de ser vulnerable. Ed Urano, 2016

5.6.16

¿Te haces lo que no le harías a tu mejor amigo?




Una persona me comenta alarmada una reacción suya en la que reconoce una conducta autoagresiva. Sin haberlo buscado, presenció una escena que le causaba profundo dolor y, a pesar de ello, no solo no se marchó de aquel lugar, sino que permaneció más de una hora torturándose con lo que veía. “Me estaba destrozando y no podía irme de allí. Algo me retenía. Y no solo eso. Desde entonces, he vuelto a pasarme la película una y otra vez y a hundirme en el pozo de la desesperación.” Le pregunto por qué se trata con tanta crueldad y me mira con cara de estupor. Está tan habituado a tratarse con dureza que ni siquiera se da cuenta.

-Si un amigo tuyo estuviera en tu situación emocional ¿le recordarías continuamente esta imagen? –le pregunto.

- ¡No! -me responde sin titubear.

-¿Y por qué te la recuerdas tú?

- No lo sé.

- ¿Te hace daño?

-Mucho.

-¿Sueles querer hacer daño a las personas que aprecias?

-No.

-Entonces, ¿es que tú no te aprecias?¿Te maltratas porque no te aprecias?

-¿Estás insinuando que no me quiero ni me respeto?

- A ver si lo ves más claro en referencia a una persona que aprecias ¿Obligarías a tu mejor amigo a presenciar eso que sabes que le hace daño y no le aporta nada?

-No, intentaría alejarle de esa situación.

- ¿Por qué entonces no haces eso contigo mismo? ¿Por qué en lugar de alejarte de lo que te hace daño, te quedas ahí provocándote más dolor?

-¿?

A veces no nos damos cuenta del poco aprecio que nos tenemos hasta que nos sorprendemos haciendo algo que va claramente en contra de nosotros. Tenemos la sensación de que nuestra autoestima está en su sitio porque nos hemos obligado a ir sonrientes por la vida y a ser amables, llegando incluso a despertar admiración, pero en nuestro interior hay una voz machacona que nos desautoriza y que se empeña en invalidarnos. Estamos tan acostumbrados a escucharla, que llegamos a identificarnos con ella, quedando a su merced. Suele utilizar este estilo de comentarios: no tienes remedio, eres un desastre, qué estupidez acabas de hacer, no aprenderás nunca, no podrás, no tienes ningún derecho, eres insoportable, quién te has pensado que eres, a estas alturas de la película pretendes, cuando dejarás de hacer tonterías…. Su efecto sobre nuestra autoestima es nefasto. Por eso, vale la pena pararse y prestar atención al lenguaje que empleo cuando me hablo: ¿Qué tipo de cosas suelo decirme? Si me hablo en estos términos, voy perdiéndome el respeto, la confianza en mí, el aprecio… y acabo con un autoconcepto miserable que hace que me comporte conmigo como si fuera mi peor enemigo. Al repetirme siempre lo mismo me empequeñece y me devuelve una imagen distorsionada que omite lo mejor de mi ser. Lo más injusto de todo es que se trata de una idea muy lejana a lo que soy de verdad. Esa voz interna es como un resumen de todas las voces de las personas que, a lo largo de nuestra infancia, no nos han aceptado como éramos y nos han querido cambiar, algunas con la mejor de las intenciones, para que fuésemos “mujeres y hombres de provecho”. ¿De provecho para quién? Ciertamente no para nuestra plenitud. Porque al intentar ajustarnos a las exigencias de nuestros seres queridos, podemos perder lo más genuino. Al desconectarnos de la esencia, nos falla la energía y quedamos en manos de esta voz que juzga y controla y pretende que la realidad responda a lo que ella ha dictaminado que sea. Como tiene la autoridad de proceder originariamente de los seres cuyo amor necesitamos de pequeños es muy difícil deshacernos de ella, porque establecimos con ellos un pacto de lealtad inconsciente. Pero es del todo imprescindible dejar de hacerle caso si nos interesa conquistar nuestra libertad. No soy una persona libre hasta que decido quitarle el poder que tiene sobre mí, hasta que decido que no es ella la que manda en mi vida sino yo. Tomar conciencia del lenguaje que utilizo para hablarme es un primer paso. Y, acto seguido, adoptar el tono y las palabras que emplearía para dirigirme a un ser querido, basados en la aceptación y en la confianza, no en el juicio y la condena sistemáticos.

¿A qué esperamos para empezar a ser amables con nosotros mismos?

Marita Osés

Coach personal

mos@mentor.es

1 Junio 2016