La semana pasada me paré a saludar a unos conocidos que no veía hacía años, y a la pregunta ¿Cómo te va?, respondí sin pensarlo: Pues mira, envejeciendo…. Antes de que pudiera pronunciar la palabra bien, me miraron con reproche y me respondieron: Mujer, ¡qué negativa! ¡No te lo tomes así! Me sorprendió su reacción porque, en mi caso, envejecer está siendo una experiencia increíblemente rica. Sin duda, como todo lo que tiene que ver con la existencia humana, el proceso de envejecer tiene aspectos mejores y peores.
Pero, de ninguna manera lo estoy viviendo como algo negativo, por inexorable que sea. Existe – es cierto- ese deterioro físico que se materializa de múltiples maneras, la pérdida de aptitudes cognitivas, una merma indiscutible de la energía disponible. Pero aparece la posibilidad de compensar la pérdida de aptitudes con una transformación de la actitud, basada fundamentalmente en la aceptación. Aceptar que la pérdida de aptitudes no es el fin del mundo, sino la puerta a otro mundo en el que rigen coordenadas diferentes a las que han regido tu existencia hasta este momento.
Aceptación, Gratitud, Lentitud y Conciencia son las nuevas coordenadas que me sostienen y por lo tanto son la estructura que determina como conjugo el verbo envejecer. Aceptar la nueva situación, que en realidad no es una foto fija, sino que sigue evolucionando. Es un proceso que me permite poner en marcha nuevas estrategias que no había necesitado hasta el momento y por eso no se me habían ocurrido. Estoy en un periodo en el que me fallan antiguos recursos y mi tarea es encontrar otros nuevos para vivir plenamente esta etapa. Plenamente significa para mí, encontrándole un sentido, suceda lo que suceda.
Esto me resultaba prácticamente imposible cuando era joven. Funcionaba así: De buena mañana mi cabecita decidía como tenía que ser mi jornada y si se desarrollaba de otra manera, generaba en mi enfado, resistencia, contrariedad, frustración, a veces incluso culpa. A estas alturas ya he comprobado que la Vida tiene su propia dinámica y que mi agenda es algo diminuto, imperceptible, comparada con los planes que el universo –Dios o llámale como quieras-, tiene para mí. Esto no significa que renuncie de entrada a mis sueños, objetivos o aspiraciones. Significa que me recuerdo a mí misma que están sujetos a unas leyes sobre las que no tengo control alguno y que la clave está en no rechazar lo que viene, solo porque yo había previsto otra realidad diferente. Si lo pienso bien, mi previsión está basada en un esquema mental muy pequeñito –el mío- inserto como el de todo ser humano en una trama mucho mayor a la que todos aportamos a la vez que de la cual todos dependemos.
Envejecer es aprender a llevarme bien con TODO lo que llega a mi vida, encontrándole un sentido.
Y cuando el sentido se me escapa decirme al oído: “Esto que ahora mismo rechazarías, seguro que hay otra manera de verlo. Reconozco y asumo que -de momento- no soy capaz de adoptar esa perspectiva que me permitiría aceptarlo con PAZ.
Paz es la gran conquista del envejecer, gracias a la aceptación, al agradecimiento y a la lentitud.
La lentitud la abordaremos más adelante en otro post, pero si vas deprisa, te quedas en la superficie, es muy posible que no llegues a profundizar o de ir más allá de lo evidente.
La sociedad actual nos hace ir deprisa e imposibilita que conectemos con la verdad.
Lo esencial es invisible a los ojos, decía El pequeño príncipe de Saint-Exupéry.
Vaya por delante que no me siento “vieja” en el sentido negativo que se le da de sentirse acabado, perdido o inútil. 67 años. La cifra me impresiona, sí, pero todos estos años me han servido para llegar hasta aquí más sabia, más paciente, más flexible, más abierta y eligiendo muy bien dónde invierto mis energías. Más arraigada en mi misma. Más consciente de todo lo que me queda por aprender. Se cuidarme mejor. Cuando me visto, no me preocupa tanto la apariencia como la comodidad, cuando como, no busco tanto el sabor como lo que necesita mi organismo, cuando me muevo tengo en cuenta cómo está mi esqueleto y mi musculatura.
Uno de los hitos del aspecto positivo de envejecer es el hecho de tomar conciencia.
Tomar conciencia no es pensar, sino tratar de asimilar la cantidad de riqueza que nos presenta cada día la vida y darnos cuenta de que todo lo que llega –nos resulte agradable o no- está al servicio de nuestra plenitud como seres humanos. Darnos cuenta es lo contrario de quedarse en la superficie. En lugar de pasar de puntillas sin enterarnos de la cantidad de mensajes que recibimos a diario con la única finalidad de ayudarnos a cumplir nuestro propósito en la vida.
La inconciencia es una característica que atribuimos a la infancia. Tendemos a pensar que el niño y la niña son inocentes y no se enteran de muchas cosas. Pero yo recuerdo ser consciente desde muy pequeña y he encontrado a muchas personas que tienen ese mismo recuerdo de “enterarse” de lo que sucedía a su alrededor, en el mundo de los adultos, aunque no lo entendiesen o no supieran formularlo con palabras. El caso es que lo percibían y su percepción era muy pura, poco contaminada por los prejuicios y creencias circundantes que todavía no habían tenido tiempo de absorber. Dedicamos una parte de la vida a aprender esos condicionamientos, y la otra parte a desaprender unos cuantos. El proceso de envejecer invita a liberarnos de ellos para vivir libres y habiendo elegido cuáles queremos conservar porque favorecen nuestra plenitud y cuáles descartar porque nos impiden desplegar nuestra esencia. Aunque nos liberemos de muchos prejuicios, la percepción no es pura como la de la criatura, pero ha decantado porque ha ido soltando todo aquello que no le era propio, había sido legado por generaciones anteriores, pero no había conseguido alinearse con nuestra esencia.
Envejece bien aquel que se alinea cada vez más con su esencia.
Su percepción ha sido pulida como un diamante al que se eliminan las impurezas. Una percepción cada vez más libre de lo que la podía condicionar. ¿Cómo se da esta limpieza mental? Cuando te percatas de la incoherencia de mantener ciertas ideas o prejuicios, abres la mente y el corazón y te flexibilizas, los juicios te parecen absurdos y amplias el espacio de tu tienda interior que cada día es capaz de acoger a más personas e ideas, sin necesidad de estar de acuerdo con ellos, sino gracias a un respeto forjado en la convicción de que todos somos lo mismo, aunque nos manifestemos de formas tan distintas. Cuando conseguimos eso, volvemos a ser como niños, que no hacen acepción de personas a menos que los padres hayan plantado en su corazón semillas discriminatorias.
Hay un miedo que nos acecha en cualquier periodo vital pero que se asocia más a la vejez, que es el miedo a la soledad.
En esta labor de toma de conciencia, uno de los hallazgos más gratos ha sido darme cuenta de que no estoy sola. Cuando llevas la atención a tu interior, descubres que estas habitada por tu mejor aliada, que dentro de ti hay “alguien” con quien puedes hablar, intercambiar opiniones, a quien puedes escuchar, cuidar y pedir, que está incondicionalmente a tu lado…cuando descubres a ese ser nunca estás sola.
Experimenta soledad aquella persona que no aprende a estar consigo misma.
Cuando estás con un buen amigo, no acabarías nunca la cita, vas concatenando anécdotas, temas que os interesan a ambos, y siempre queda algo por compartir. Eduardo Galeano lo plasma de maravilla en uno de sus cuentos de El libro de los abrazos. Cuenta que dos amigos se encuentran después de mucho tiempo y empiezan a conversar emocionados. Cuando cae la noche, se dan cuenta de que es hora de regresar a casa y uno le dice al otro, “Va, te acompaño caminando hasta tu casa” porque no quieren interrumpir la conversación ni separarse. Cuando llegan a su destino, el que tendría que entrar le dice a su amigo : “Va te acompaño hasta tu casa y allí nos despedimos”. Y la noche transcurre caminando por la calle hasta el amanecer, de una portería a la otra, porque ninguno de los dos se resigna a poner fin al encuentro, de tan a gusto que están juntos.
¿Estás a gusto contigo?
La relación que establezcas contigo determina en gran parte cómo vives tu vida y por lo tanto cómo llevas el proceso de envejecer.
¿Te tratas como un buen amigo o eres tu peor juez?
Un buen amigo no juzga. Disculpa, respeta, acompaña, está presente.
Cuando está contigo, puede darte conversación o respetar tu necesidad de silencio. Animarte cuando necesitas un empujón o hacer que te lo pienses dos veces antes de responder a un impulso cuyas consecuencias no eres capaz de prever. Te ayuda a tomar decisiones porque te conoce como nadie. Comprende tus reacciones más allá de las explicaciones que puedas darle. Todos deberíamos cultivar esa amistad interior, buscando y reservando tiempos para estar “solos”, es decir, con nosotros mismos.
Estar siempre en compañía de otras personas nos impide descubrir esta dimensión individual.
Envejecer es agradecer el camino recorrido, el punto al que has llegado y el camino incierto que te queda por recorrer.
Aprender a recibir y a sentir gratitud por lo recibido. Reconocer tu vulnerabilidad y descubrir cuánto te acerca a los demás seres humanos.
Envejecer es pillarle el truco a la vida. Hay que ponerse a ello sin tregua. Los más jóvenes: ¡empezad ya! El tiempo que me queda, cuya duración ignoro, es precioso.
Envejecer es pillarle el gusto a la vida en estado puro, sin necesidad de efectos especiales para que nos resulte atractiva.
Libres de condicionamientos. Puede que envejecer conlleve menos salud y limite nuestra libertad de movimientos, pero si conseguimos liberarnos de nuestras cárceles mentales, las pérdidas valdrán la pena y disfrutaremos de sentirnos internamente cada vez más ligeros…para salir volando sin dificultad alguna, el día que nos toque. Que así sea.Marita Osés
18 marzo 2026