En el marco de los eventos preparatorios del Festival of Consciousness (FOC) que se celebrará el póximo mes de Julio en Barcelona, tuve la suerte de participar en un diálogo con Andrea Zambrano sobre la violencia invisible en las relaciones. Admiro la cruzada de Andrea contra ese maltrato que no es físico y por lo tanto no es fácil de detectar, pero hiere profundamente a la persona que lo padece. No hay insultos, no hay gritos, no hay amenazas, pero hay manipulación emocional, culpa e invalidación. Para mí significó una dolorosa toma de conciencia cuando ella denunció hace años la violencia que ejercemos los padres/ madres con nuestros hijos aprovechando nuestra superioridad, es decir, nuestra situación de poder, sin darnos cuenta de que los empequeñecemos o los herimos.
👉Cuando decimos ¿Por esa tontería lloras? o ¿Solo por esto te pones así? No se te puede decir nada, estamos minimizando el impacto que tiene algo o alguien en el niño e invalidamos sus sentimientos, inoculándole un nefasto sentimiento de vergüenza.
👉Al decirle Si no cambias nadie te querrá estamos afirmando que es defectuoso y que para que lo quieran tiene que ser distinto o aun peor, perfecto. Generamos en él miedo a ser como es y la idea de que ser así está mal. Y la consiguiente necesidad de ocultarse tras una máscara.
De esta manera atentamos contra su seguridad, su confianza, su concepto de sí mismo. Así no llegarás nunca a nada en la vida, es otra manera de decirle Eres un inútil. Son afirmaciones agresivas, falsas y formuladas desde una situación de poder. Recuerdo que cuando mi madre me decía: No se te caerá la casa encima, no, también tienes una madre y una familia eh?”, me hacía sentir culpable por algo que era lo más lícito de mundo: porque me apetecía más estar con mis amigas que con ella cuando era jovencita. Me hacía sentir egoísta por responder a mis deseos. Priorizarme no era atacarla. Perseguir mis deseos no era menospreciarla. Pero sus comentarios me hacían sentir como si lo hiciese.
La violencia invisible puede ejercerse en cualquier tipo de relación: de pareja, laboral, de amistad, familiar. Pero donde más difícil resulta percatarse de ella es en uno mismo, porque en ese caso, ni siquiera se oye lo que nos decimos.
Cuando desde tu mente te hablas mal, generas culpa dentro de ti con según tipo de pensamientos, te manipulas con el miedo, a la hora, por ejemplo, de tomar una decisión… te estás maltratando. Si estás muy acostumbrada a tratarte así, te será mucho más difícil detectar la señal de alarma cuando otra persona lo haga, porque lo habrás naturalizado. Por lo tanto, para protegernos de la violencia invisible en nuestras relaciones, lo primero sería averiguar si tú la estás ejerciendo contra ti. Para ello, hay que revisar qué relación tienes contigo misma. Cuando te levantas, ¿vas en piloto automático a hacer tus rutinas o te das los buenos días como se los darías a alguien con quien te cruzas? ¿Te preguntas cómo estás o empiezas el día imponiéndote: Tienes que hacer esto, tienes que hacer lo otro? ¿Te dedicas unos minutos para chequear cómo has amanecido y ver qué necesitas para que tu cuerpo y tu mente funcionen sin tener que forzarlos, para que tus emociones no te desborden, para elegir la vida que vas a llevar en lugar de dejar que otros la elijan por ti? Hay días que te levantarás acelerada y necesitarás relajarte. Otros te levantarás cansada y necesitarás activarte para hacer frente a tus responsabilidades.
Una de las formas de ejercer violencia sobre una persona es ignorarla, utilizar el arma de la indiferencia. Y puedes estar haciendo eso contigo sin darte cuenta.
Hace poco le sugerí a un cliente hiperempático: recuérdate por las mañanas que tú también existes. Empatiza contigo para poder luego empatizar con los demás sin desaparecer.
Tomar conciencia de que hay “alguien” dentro de mí que piensa, siente y ejecuta y alguien que es testigo de ese sentir, pensar y actuar y que existe una relación sagrada entre esos dos aspectos de mi ser nos ayudaría a sentirnos más a salvo, más seguros con nosotros mismos. Si siento que puedo contar conmigo incondicionalmente y que mi seguridad es prioritaria y puedo manejarla, seré mucho más capaz de identificar la violencia invisible cuando alguien pretenda ejercerla sobre mí y para responder de manera adecuada, es decir, sin caer en la trampa de esa violencia.
Puesto que, como decía antes, nuestra forma de hablarnos a nosotros mismos está muy influenciada por cómo nos hablaron y trataron nuestros adultos, es conveniente pararse a explorarlo y ver qué patrones cargamos sin haberlos elegido conscientemente. A continuación, tomarnos el tiempo para descartarlos si nos están perjudicando.
Lo que en una época determinada de nuestra vida pudo servirnos para sobrevivir en el entorno en que nacimos y nos desarrollamos, puede estar saboteando nuestras relaciones en la actualidad.
Si yo aprendí a complacer a todo el mundo para que me vieran y me aprobaran en mi familia numerosa y sigo con el patrón de chica complaciente cuando establezco una relación de pareja, es posible que surja un conflicto, ya sea porque llega un momento en el que me canso de complacer o porque el otro no me complace tanto como yo esperaría y entonces me cuestione por qué lo hago si él no me lo ha pedido nunca. Si soy honesta, estoy enfadada con él, para evitar el reconocer que estoy enfadada conmigo misma por haberme entregado tanto, convencida de que lo hacía por amor, cuando en realidad era mi miedo a ser rechazada o abandonada si no era complaciente o si daba problemas. Y sólo entonces me doy cuenta de que una vocecita interna me había estado susurrando al oído día tras día, año tras año: Si no eres complaciente, no te querrán. Y otra más sibilina: Si te haces imprescindible, no te abandonarán.
Dejo aquí esta breve reflexión, con el deseo de que dentro de cada uno, de cada una encontremos un aliado incondicional que no permita que nadie desde dentro ni desde afuera ejerza violencia sobre nosotras.
Marita Osés
Febrero 2026
