6.3.25

Tengo un pitbull dentro

El cliente entra en la consulta y cuando le pregunto qué trae hoy a la sesión, responde: “Tengo un pitbull dentro. ¿Cómo lo ato?” Y relata varias situaciones en los quince días anteriores en las que una persona o situación le sacaron de quicio y, más tarde se sintió mal por no haber podido reaccionar desde la serenidad, o por lo menos, sin violencia verbal.

“El problema del pitbull es cómo te sientes después y cómo haces sentir al otro”
concluye. (Para los que no saben lo que es un pitbull, es una raza de perro con fama de ser muy agresivo, pero cuya agresividad depende del entreno que reciba. De naturaleza son valientes, inteligentes y con una energía inagotable, leales, cariñosos y muy sociables. Pero si lo entrenan para la lucha, será muy agresivo. Esa energía se convertirá en agresividad y tomará la fama de agresivo).

“¿De dónde sale este fuego que no soy capaz de controlar y que deja chamuscado a mi interlocutor, cuando no reducido a cenizas?”, se pregunta esta persona.    El caso es que también él queda muy afectado por haber actuado de esa manera. “¿Cómo es que la rabia se adueña de mi de modo que acabo haciendo y diciendo lo que no quiero hacer ni decir?”

Vamos a ver dónde puede  estar el origen de eso que hace y dice y de lo cual se arrepiente casi de inmediato.
Cuando la reacción es desproporcionada en relación al detonante que te ha llevado a saltar y se repite en el tiempo, es decir, es una reacción recurrente, suele tener que ver con nuestras heridas de infancia.

Son situaciones que nos hacen entrar en contacto con una emoción que en su día experimentamos y etiquetamos como dolorosa o desagradable (negativa, para entendernos) y nuestra mente nos traslada sin que nos demos cuenta a nuestro pasado alejándonos del hecho real que estoy viviendo en este momento.

💬Puede ser un sentimiento de que me ignoraban porque no tenían en cuenta mi opinión, de rabia porque se me trataba de manera diferente que a algún hermano o compañero de clase, de humillación porque se me comparaba con otros y yo nunca daba la talla…lo que sea. En algunos casos, puede que  ya en tu infancia reaccionaras  con violencia a esa sensación incómoda o dolorosa que te invadía y entonces te etiquetaran  de “rabioso”, “tiene muy mal carácter” o si te encerrabas en ti mismo “es un lobo solitario”, “es más raro que un perro verde”.
💬En otros, tal vez no te permitiste expresar esa emoción y la fuiste acumulando hasta tu edad adulta. El adulto ya no está en situación de inferioridad como el niño y se permite ventilar su fuego, soltar al pitbull y dejarle ladrar todo lo que no ladró en su momento.

¿Qué pretendes conseguir con ladrar de esta manera?
  • Mantenerte a salvo.
  • Proteger tu vulnerabilidad.
Pero ¿qué consigues en realidad? Sentirte alterado, fuera de control, tal vez arrepentido, y en algún caso avergonzado y miserable, especialmente si la persona que se ha visto afectada es una persona a la que quieres y sabes que no solo no se merece este trato sino que puedes dañar o incluso romper un vínculo que valoras mucho. La confianza se ve afectada y rompes la sensación de seguridad que toda relación afectiva necesita para mantenerse viva. En adelante, es posible que esta persona esté a la defensiva y no puedas acceder a ella como querrías o como habías hecho en otros momentos. Es un precio muy elevado el que pagas por no controlar a tu pitbull.

Por eso vale la pena pararse y preguntarse:
¿De qué me quiero proteger cuando suelto a mi pitbull? ¿De qué tengo miedo?
Si reviso las distintas ocasiones en las que ha saltado mi pitbull ¿Qué tienen en común?
¿Qué indicadores tengo que me pongan sobre aviso de que el pitbull va a saltar?
El cuerpo es un gran aliado en estas circunstancias. Puede ser una sudoración repentina, o la nuca agarrotada, una bola en la garganta, una presión en el pecho, una aceleración del corazón, un temblor… Conviene estar atentos para no dejar que se nos dispare el automático y cuando aparecen estos indicadores físicos, respirar hondo varias veces y recordarnos qué es lo que queremos de verdad y qué no.

Otra pregunta que nos puede acercar al origen de nuestra reacción agresiva es:

¿Qué es lo que no soporto
Que me contradigan? Que me mientan?
Que me ignoren? Que me tomen el pelo?
Que no me obedezcan? Que no me escuchen?
Que me impongan cosas?
Si identificas aquello que activa tu reacción, te dará una idea de por dónde va tu herida. Todos tenemos una o varias heridas de infancia y conocerlas es un paso imprescindible para entender nuestras reacciones. Por poner un ejemplo, Clara conecta con la sensación de “no pintar nada” cuando su pareja toma decisiones sin consultarle. Puede ser algo tan irrelevante como tomar una calle en lugar de otra durante un paseo a pie. Esta sensación de “no decidir nada” procede de su infancia en la que iba a remolque de sus hermanas, mucho mayores que ella, quienes no solo no la tenían en cuenta para decidir sus planes sino que se aprovechaban de su buena fe y de sus ganas de ser útil. Eso generaba en ella una impotencia que ahora se despierta en situaciones que aparentemente no tienen nada que ver y generan conflictos con su pareja.

¿Qué hacer entonces con el pitbull?
Al pitbull no hay que atarlo, hay que amansarlo. ¿Qué es lo que le hace agresivo? La agresividad. ¿Qué es lo que le hace manso? La mansedumbre, la ternura, la amabilidad.
El primer paso para apaciguarlo es dejar de identificarnos con él y de tenerle miedo. Agradecerle que nos haya querido proteger pero despedirlo porque ya no lo necesitamos. Y hablarle con amabilidad. No es más que una estrategia defensiva que nuestra mente construyó para protegernos del dolor en un momento en que nos sentíamos indefensos frente a las personas y situaciones que nos lo provocaban. Ahora tenemos más recursos que en nuestra infancia y probablemente nos hayamos fortalecido o en el mejor de los casos, hemos empezado a sanar las heridas que nos hacían ser tan reactivos. Si ya no necesitamos el pitbull, la siguiente pregunta es ¿De qué otra manera puedo conseguir lo que deseo sin enseñar los dientes, ladrar o lanzarme a la yugular de mi interlocutor? Si el pitbull viene azuzado por el miedo a sufrir y lo contrario del miedo es la confianza, tendría que ver qué necesito para actuar desde la confianza y no desde el miedo.
Las personas que tienen un pitbull dentro necesitan más ratos a solas para hablar con él e imaginar con antelación situaciones en las que prevén que el pitbull va a activarse.

En espacios de tranquilidad, hacerse las preguntas que hemos ido mencionando para sentirse dueñas seguras de su perro en lugar de dejar que el perro se adueñe de ellas.

Tengas o no tengas un pitbull dentro, reservar espacios a solas contigo para ver qué es lo que duele y qué es lo que da vida a tu existencia es una práctica muy recomendable si queremos vivir en paz. Ojalá los encuentres y los disfrutes.

Marita Osés
Abril 2025

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30.1.25

CON AMABILIDAD

 
Últimamente, en las sesiones de coaching, me llama mucho la atención la dureza con la que se tratan muchas personas. Reconozco en ellas la intransigencia de mi juventud y me sabe mal que tengan que pasar por ello, porque no sirve para nada.


Dicen que nacemos unificados. Pero aterrizamos en una sociedad, en una familia, en un entorno determinados, que juzgan y clasifican las cosas como buenas o malas, aceptables o inaceptables. Entonces, ese ser que somos oculta como puede las partes que no resultan aceptables y de esa manera se divide.

¿Por qué lo hacemos? Para no perder la conexión y el sentido de pertenencia al grupo de cuya protección depende nuestra supervivencia.

Pongamos por ejemplo un niño que nace en el seno de una familia muy formal, en la que su espontaneidad puede ser considerada mala educación, exceso de impulsividad o incluso agresividad. Es muy probable que esta criatura esconda su espontaneidad para no sentirse excluido del grupo; y eso que han etiquetado como impulsividad o mala educación pasará a formar parte de lo que llamamos nuestra sombra. A base de controlar sus emociones, es posible incluso que llegue a olvidarse de haber sido espontáneo alguna vez. 

Un niño muy sensible que nace en una familia cuyos miembros, por las circunstancias que sea, han tenido que hacer de tripas corazón, imitará esa forma de abordar la realidad ocultando lo que le afecta tras una máscara de seguridad o impasibilidad y acabará creyendo que no tiene sentimientos. “Yo es que soy muy frio, las cosas no me afectan como a mi mujer”, me decía un joven bordeando los cuarenta con una infancia tan baqueteada por las tensiones entre sus padres antes, durante y después del divorcio que se había blindado para poder sobrevivir. Una reacción parecida aunque con otro matiz aparece en una persona cuya una familia valora por encima de todo la armonía y el bienestar, hasta el punto de que si hay conflictos se ignoran o se tapan y si alguien está anímicamente mal tiene que disimularlo porque los demás “no tienen por qué aguantarlo”. “Que cada cual aguante su vela”, era el lema de su padre. Este niño se cerrará a sus emociones negativas (si es que eso existe), colocará una sonrisa en su cara que le garantice el visto bueno de su entorno y sus tristezas, conflictos y sus heridas quedarán dentro de él sin expresarse, pues se arriesgaría a ser rechazado si lo hiciese. Esto no ocurriría por el contrario, en una familia donde sí se permiten las malas caras o el mal genio porque se comprende que el ser humano puede pasar momentos mejores y peores y tiene derecho a expresarlos y no la obligación de disimularlos.
Así, depende del lugar que nos ha visto nacer y crecer, ocultaremos unas reacciones y expresaremos otras hasta el punto de que nos resulte difícil saber quiénes somos.

 Todos tenemos rasgos que pertenecen a nuestra esencia y otros que responden a estrategias de supervivencia en el entorno que nos ha tocado en suerte. Eso hace que el trabajo de conocerse no sea pan comido y requiera tiempo y paciencia. Por lo general, estamos tan ocupados haciendo cosas que no solemos tener o buscar tiempo para no hacer nada, es decir, para escucharnos.

Cuando nos escuchamos, descubrimos esa parte de nosotros que hemos ocultado y nos sorprendemos recuperando rasgos de nuestro ser que siempre estuvieron allí, en estado latente. Pero nosotros, identificados con nuestro personaje y nuestras estrategias, no los veíamos.

En el proceso de conocernos, es decir, de montar ese puzle a fin de poder ir por la vida cómodos con nosotros mismos, hay momentos difíciles, que llamamos crisis. Suelen aparecer cuando las cosas no suceden como habíamos pensado. Y justo entonces solemos ser muy críticos con nosotros mismos, debido a nuestra sensación de fracaso, decepción, insatisfacción o tristeza. Es precisamente en esos estados de mayor bajón cuando hay que suspender el autoanálisis. Todos caemos en eso:

Cuando peor estamos, más analizamos qué podemos haber hecho para estar así, en lugar de cuidarnos con más cariño y reponer fuerzas.

Es como si te rompes una pierna y antes de escayolarte o de operarte, te pones a analizar cómo te la has roto. No, primero atiéndete, y una vez atendida la fractura, ya analizarás qué ocurrió para que no vuelva a sucederte, si es que depende de ti evitarlo (en ocasiones, no tenemos control sobre lo sucedido).

Nuestra crisis personal se debe tal vez a una pérdida, o a haber experimentado una decepción, a haber cometido un error, o a haber perdido la confianza en que algo suceda. Cualquiera que sea el motivo,

nuestro estado de ánimo :

No necesita dureza sino amabilidad. 

No necesita juicio, sino comprensión.

No necesita condena, sino perdón.

¿Para qué? Para recuperar las fuerzas, volver a levantarse y ponerse en camino. Ya miraremos hacia atrás cuando estemos mínimamente recuperados, en caso de que lo necesitemos. Si estamos emocional (y a veces físicamente) afectados,  el análisis que hagamos será sesgado y las acciones que emprenderemos para subsanar la cuestión estarán lastradas por la negatividad del momento.

Un ser desanimado no necesita dureza para reaccionar. Necesita un respiro, necesita sentirse acompañado, comprendido y que vuelvan a confiar en él.

Tú necesitas confiar en ti mismo cuando te has fallado y eso no lo vas a conseguir castigándote o hablándote con desprecio.

Es más, no hace falta estar deprimido para que nos tratemos con amabilidad. También vale para el día a día. La vida ya nos sacude lo suficiente como para que encima nos tratemos con exigencia, en lugar de con consideración y afecto.

De la misma manera que ahora nos parecen inaceptables los castigos corporales que eran práctica común en las escuelas y familias de épocas anteriores y que se han demostrado contraproducentes y más generadoras de miedo y rencor que de aprendizajes, así también el maltrato psicológico que nos autoinfligimos no es lo más adecuado,  tanto si lo que queremos es conocernos como levantar el ánimo y  restaurar la confianza en nosotros mismos.

Repito la idea porque ignorarla tiene consecuencias:

Si estás en un momento crítico, no es tiempo de autoanalizarte, sino de cuidarte.

Y si no estás en una etapa especialmente difícil ¿por qué no empezar a hablarte con amabilidad para que cuando venga la adversidad, ya hayas incorporado una forma de tratarte que proteja tu seguridad, tu confianza, tu bienestar, y por lo tanto tu crecimiento?


Sería un bonito propósito para este 2025 que todavía se está estrenando: dejar de machacarme y empezar a atenderme teniendo en cuenta mis necesidades. Con cariño y dedicación. Porque saber quién soy es una tarea lo suficientemente ardua, como para lastrarla además de severidad  e intransigencia.

Marita Osés

Enero 2025



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